www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Constant, el preceptor (2)

Juan A. Hernández Les
viernes 04 de enero de 2019, 20:21h

Mi entretenida ministra, continúo: el preceptor es como un profesor, pero es algo más. Fue una figura importante en el pasado. Lo fue también antes y después de la Revolución. Pero dudo mucho que logremos recuperarlo para la enseñanza a pesar de lo que se dice, pues el preceptor triunfa allí en donde fracasan las instituciones. Además, es difícil que los profesores en la enseñanza universitaria puedan derivarse en preceptores, porque mientras un niño es receptivo al conocimiento, el joven se cree ya sabido y ya formado cuando accede a la Universidad. Frente al universitario arrogante, el colegial aceptaba por lo general de buen grado ser enseñado y conducido. Naturalmente, hay excepciones, pero esta llamada a las tutorías que se produce en nuestro tiempo y frente a otras experiencias docentes que se consolidan en otros países, me parece que está condenada al fracaso.

Uno tuvo preceptores, igual que Constant. Recordé la primera vida de Constant al observar esta cuestión. En su tiempo era costumbre que los padres pudientes colocaran a sus hijos al cuidado de pedagogos que enseñaban latín o Historia de una manera privada e individual. Así estudió Constant hasta que se marchó a Escocia y a Inglaterra. Hasta ese momento Constant, que debería ahora ser convertido por los universitarios europeos en una especie de precursor -pues siendo suizo pasó su adolescencia en Holanda, y acabó estudiando en Oxford- llegó a tener hasta seis o siete preceptores diferentes. Su padre cerraba cuentas con unos y las abría con otros, pues era consciente de lo que le convenía a su hijo. Contaba Coppola que no le importaba demasiado que sus hijos lataran a clase y le acompañaran en sus viajes. Como decía Shakespeare, allí donde te encuentres hallarás el aprendizaje.

Los preceptores de aquel tiempo podían ser jesuitas con tiempo, abogados huidos de la Revolución, o monjes que habían abandonado su convento y se habían retirado al campo para pasar sus últimos años. El preceptor recibía en casa a su pupilo y a cambio cobraba una suma importante de dinero. Rousseau fue preceptor, y bueno tuvo que ser si colegimos su Emilio o de la Educación. Hay personas que sin saberlo nacieron para la enseñanza. Al final del franquismo era procedente que los miembros de la clase media tuviéramos preceptores. No eran caros y se acomodaban ad hoc.

Uno tuvo de preceptores a atletas de decatlón que enseñaban a dibujar planos euclidianos con el compás, matemáticos de volutas imperiales, que reflexionaban entre quebrados imposibles haciéndonos saber que el invento más grande del hombre era ¡la cama! mientras nos tragábamos el humo de sus deplorables cigarros. Hay que recordar que hubo momentos en la historia de Europa en los que los jóvenes estudiantes, con catorce o quince años, estudiaban en la Universidad de tal manera que no había como ahora una escisión tan profunda entre enseñanza superior y enseñanza universitaria. En todo caso, la línea de los preceptores es muy rastreable en las vidas de los enciclopedistas y, después, en la novela francesa, Lamartine, Stendhal, Flaubert, y Hugo.

Puede darse el caso de que un profesor se transforme en preceptor instantáneamente sin venir al caso. Constant fue amante de Madame de Staël, compatriota que ya se las había tenido con Chateaubriand, y que se lo llevó a Jena durante su primer exilio a Alemania, lo que hizo posible que Constant, más joven que ella, conociera a Goethe.

Cuenta Constant en su espléndido El cuaderno rojo (Sola inconstantia constants, era su lema preferido) que a veces su padre se convertía en su único preceptor debido al hecho de que viajaba por toda Europa por sus compromisos profesionales. Don Juan de Mairena, siendo maestro, fue un gran preceptor. La forma en que se dirigía a sus alumnos era, en este sentido, incontrovertible, ya que se dirigía a ellos uno por uno. Ortega era preceptor más que profesor. Y Louis Germain fue el gran preceptor de Albert Camus. Cuando estás en la Universidad comprendes quiénes son preceptores y quiénes no. El preceptor conoce a sus alumnos uno por uno, y aunque hable en público y para el público, éste sabe que aquél se está dirigiendo a todos diseminándolos y disolviéndolos en unidades fragmentadas con un arte que es difícil de revelar, pero que todos entienden.

Sócrates fue preceptor de Platón, igual que éste de Aristóteles. Homero lo fue de Virgilio y éste del Dante aunque entre ellos mediara el tiempo largo, que diría Braudel. Cervantes también necesita de un preceptor para justificar su invención y echarle la culpa a Cide Hamete Benengeli, aquel supuesto historiador musulmán. Yendo a visitar al latinista Díaz y Díaz, muchos años después de haber logrado el grado de doctor, le hallé escondido entre libros como encarnación libidinosa del hidalgo, y le pregunté su opinión sobre el riesgo de ser copiado por otros que se vendrían a hacer cargo de su autoridad. Me respondió tranquilo a esa adversidad, pues todo lo que sabemos, vino a decirme, lo sabemos por otros en una suerte de continuidad divina del conocimiento que los dioses suelen premiar, pues la modestia es la virtud que más aprecian. Cuentan que una vez Mairena hubo de soportar la querencia a tablas de un padre airado, no tanto por el suspenso de su hijo, como por el contenido del examen. ¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? Mairena, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón, contestó:

-¡Me basta ver a su padre!

Juan A. Hernández Les

Historiador

JUAN A. HERNÁNDEZ LES es historiador.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios