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TRIBUNA

Ante la nada otro balance de nada

martes 15 de enero de 2019, 20:15h
Actualizado el: 15/01/2019 20:20h

La esperanza, enseña un refrán popular, es lo último que se debe perder. Pero nos ha tocado una época extraña, menos incómoda que apasionante y aterradora, donde el confort, sin que resuelva el enojoso asunto de la desigualdad económica y social nos proporciona algunas alegrías; sin embargo, como en la Edad Media, donde se creía resueltamente en los hechos sobrenaturales y en los maleficios o portentos de la brujería, nuestra realidad no es menos inquietante. No sólo en esta Argentina alarmante, sino en todo el Planeta. Los medios tecnológicos de comunicación, con elementos que por el uso cotidiano se nos han vuelto familiares, son mágicos y obran de maravillas sobre nosotros en cuanto a la comunicación; pero también son temibles por la dependencia que nos imponen. Todo funciona a nuestro alrededor y sin saber ni preocuparnos demasiado en el porqué, lo aceptamos y nos resignamos naturalmente. Esto ha hecho que en demasiados aspectos vivamos pendientes de la tecnología aunque la mayoría de nosotros no tenemos demasiada idea sobre esos modus operandi del malware o los virus informáticos.

Cierto. Todo se ha vuelto común y socializado tanto en el bien como en el mal. En sus remotos días, Anaxágoras conjeturaba que “todo está en todo”; nunca más verdadero que ahora y en los casos mencionados. Lo cual, a través de una paradoja inevitable, muy al estilo de Chesterton, puede significar que “nada está en nada”. Conclusión que si se la analiza sigue haciendo de la vida una aterradora fantasía. Sensibles al espíritu de nuestra época, mediante estos elementos tecnológicos, se nos han acortado el espacio y el tiempo que obraban como una circunstancia restrictiva de comunicación y, entre tantas placenteras cosas a nuestro alcance, nos entregamos a los viajes con imaginación y seguridad. Como los pájaros o la bruja de Tolima, sentados confortablemente en las butacas de los aviones, volamos con liberal destreza por el mundo. Un mundo que nos depara instantáneas sorpresas a cada tramo. ¡Y qué sorpresas!

De poco sirve intentar un relato histórico de las situaciones que nos afligen. La política, por citar un ejemplo, el que nos ocupa ahora, asume sus abusos sin tener en cuenta que cada vez más se deterioran las instituciones; con el mismo nombre pudimos fundar industrias primero al servicio de la comunidad para destruirlas luego en un proceso vertiginoso donde nada es permanente, y todo se vulnera en la improvisación y el interés personal. Vaya pues el ejemplo de la Argentina, sombría y decadente donde los gobiernos conservadores construyeron una sociedad integrada hacia fines del siglo XIX y principios del XX. Vinieron luego los reclamos de los que tienen menos, y el radicalismo y el peronismo, sin olvidar al desarrollismo y, en alguna medida hasta las dictaduras militares de los generales Onganía y Lanusse, asumieron esas banderas con sus vertientes nacionales y contradictorias. Llegó después la época de los destructores seriales, con el último golpe uniformado que a través del terrorismo de Estado asesinó, endeudó y fundó bancos y financieras retaceando posibilidades a la industria nacional con falsas perspectivas de crecimiento, en especial por las materias primas que se ofrecían generosas para ser manufacturadas, y se quedaron allí y ahí están. Pero como todo es blanco y negro en esta República del irrespeto, la división hizo que hacia fines de 1990 se privatizara y se pusiera en manos extranjeras todo aquello que con gran esfuerzo habían forjado las generaciones anteriores. Es decir -y para hacer un resumen-, ambos bandos actuaron en favor del bien y del mal, siendo verbigracia por vías separadas, más o menos lo mismo, Menem y los Kirchner, ambos gobiernos corruptos, depredadores e impulsores de muchos odios sin tener en claro los objetivos.

Fue así que las privatizaciones, con sus correspondientes subas de impuestos, no crearon desarrollo y millones de familias cayeron en la pobreza. La falta de proyecto de país, las venales divisiones ideológicas fueron la matriz de la decadencia Argentina que hoy se transita de manera estremecedora. Paulatinamente cayeron en manos extranjeras las telefónicas que, por ejemplo, ni Chile ni Uruguay necesitaron ser privatizadas. Desde el birlibirloque divertido de los aeropuertos pasando por los peajes en rutas, que los beneficiarios no construyeron ni ayudan a mantener, todo se transfirió a manos del negociado y la complicidad entre uno y otro bando. Ese saqueo descarado, con pretensiones ideológicas, ese sueño de las dictaduras de “achicar el Estado para dimensionar la Nación”, sin imaginar una reforma seria y pertinente; esa demencia, digamos, de la codicia de quedarse con las propiedades de todos, llevó también al gobierno menemista a la destrucción de los ferrocarriles, y a privatizar aquello que se debe subsidiar porque de lo contrario tiene un solo destino que es la concentración de riquezas con las correspondientes coimas hacia pocas manos. Antes de Menem podíamos conocer a los grandes grupos económicos y ellos eran mayoritariamente productivos, después de ese robo de nuestro patrimonio, miles de nuevos ricos se quedaron con la salud y con toda la cadena de servicios públicos; al tiempo que se destruyó una burguesía industrial imaginativa y se instaló la llamada “Patria contratista”.

Ya no era necesario fabricar, pues el mejor negocio era la prebenda de la obra pública regenteada por el Estado, importar e intermediar. Y así caímos es esta debacle donde, como dice el famoso tango de Discepolín,
“el que no llora no mama y el que no afana es un gil…”

Vivimos ahora la atroz realidad de un gobierno que en lugar de limitar las ganancias de los grandes grupos corporativos imagina una sociedad donde el ciudadano sea tan solo un mendicante o un mero esclavo. Como ha quedado demostrado en estos tres años de gobierno, la coalición Cambiemos es la concentración definitiva de las riquezas en manos de los empresarios improductivos, de los intermediarios financieros (llámeselos agroimportadores o banqueros), al tiempo que el kirchnerismo es una suerte de contracara simétrica que cambia explotadores por cómplices, amigos o familiares.

Hemos constituido de esta manera una sociedad inviable, donde las ganancias de los grandes empresarios son mayores a la riqueza que generamos la mayoría contribuyente que pagamos religiosamente los indebidos impuestos. Es tal la explotación y esa falta de consideración del ciudadano que ya hasta muchos grandes grupos industriales comienzan a correr riesgo de quiebra. El ingeniero Macri sueña con un paraíso donde los ricos otorguen trabajo a los pobres que no necesiten subsidiar. Las tarifas actuales que no paran de aumentar geométricamente son solo la muestra del fracaso de las privatizaciones impuestas por este modelo y de un Estado que en sociedad con funcionarios, gremialistas y políticos obtiene abultados beneficios mediante jugosos negociados.

Las fortunas que engendraron las pasadas privatizaciones intentan ser ahora el límite al poder del Estado, que ni siquiera puede resistir con la moneda. Mientras las ganancias no tengan contención tampoco la tendrá la miseria que generan. Y por ahora, de eso, los funcionarios del gobierno –cuya mayoría son parte del negocio como ha quedado demostrado- no se dan por enterados o, mejor dicho, están muy bien enterados. En fin, la Argentina es un país donde los poderosos que se convierten en proteccionistas tratan de convencer a la mayoría de que la libertad de mercado restaurará la bonanza con la simple buena intención y donde, mientras tanto, crece la deuda exterior, aumenta la inflación, cierran las pequeñas y medianas empresas y la desocupación -y en consonancia la pobreza- se agrandan, y se insiste en mentir que vendrán inversiones y habrá un rebote con hipotéticos brotes verdes como si ignoraran que los éxitos tienen techo, pero las decadencias difícilmente encuentran su piso. Y en el mientras tanto seguimos y seguiremos en picada vaya uno a saber hasta cuándo… El espacio es infinito y, como conjeturaba con su lucidez habitual Borges, también podemos seguir cayendo infinitamente.

De tal modo la inflación y las tarifas, que ya casi nadie puede pagar, han puesto a la sociedad en pie de lucha con movilizaciones y cacerolazos diarios, que muy al margen de las conveniencias gremiales, son el síntoma que marca la impotencia de este sistema que, como el anterior, se diluye en nada. Las tarifas no son más que la expresión clara de que los Estados están para ponerle un límite a la codicia de los privados y no para asociarse con ellos. Pareciera que los que se fueron mostraban su corrupción en los ya famosos “cuadernos de la coima” y estos no los necesitan, pues son los dueños de las acciones. A este enojoso asunto se suma la indiferencia, ese pecado que condena Dante en su Comedia; mientras tanto funcionarios y políticos gozan de vacaciones en Punta del Este o en El Calafate, y a un mismo tiempo se suman las catástrofes naturales con sequías e inundaciones que agregan desazón a la alicaída ciudadanía.

Doloroso al fin, pero cierto. El gobierno de Cambiemos ya demostró la imposibilidad o la inexistencia de un proyecto coherente con sentido de desarrollo para sacar el país adelante. En el terreno político y partidario, la
ex presidenta Cristina Kirchner, solo sirve para sostener al desprestigiado Mauricio Macri. Es que mientras no aparezcan alternativas de unidad nacional todo se deshace en el cada día insostenible, vacío de toda sustancia y carente de sentido patriótico. Ante tal fracaso es casi imposible recuperar la esperanza. Como decía Thomas Carlyle con un dejo de pesimismo “la democracia es el fraude provisto de urnas electorales”. Nada menos. Ojalá que no, ojalá que todos los sectores se unan para salvar a la vapuleada Argentina. Ojalá tengamos derecho a otra esperanza. El sufrido pueblo, víctima de su dirigencia, la merece.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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