www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El Caso es España

jueves 17 de enero de 2019, 21:06h

Se trata una vez más y como siempre de soborno. Una inversión en Cataluña que multiplica más de cuatro veces la destinada a ese territorio al que apenas llega el tren. Es natural: en ese rincón soleado y asolado carecen de hecho diferencial, es decir, del fundamento del soborno. Llamémosle, en la neolengua que hoy se usa, inversión asimétrica. El éxito de la extorsión reafirmará a la quejumbrosa plañidera que reanudará la letanía de los agravios recibidos de su víctima: España nos roba. Una queja que no esconderá el insulto, como el de aquel fulano que ante el déficit del 8.7% del PIB catalán – según sus cálculos – ironizaba, a la altura de su estilo,
con apadrinar un niño extremeño.

No ha de perderse el tiempo señalando evidencias. Si no se comparten los fundamentos no hay diálogo posible, el diálogo presupone principios a los que se asiente o, mejor, en los que se consiente. Sin compartir éstos no hay diálogo posible y aquí el principio es ejecutivamentenegado: Cataluña no es España. No se hable más: salvo en el caso de que se compartan principios o, sencillamente, se carezca de ellos. Repárese en que al referirme a los principios señalo precisamente a los fines, es decir, a los límites que se juzgan infranqueables. El publicista a cargo del gobierno o ignora todos o no conoce más que fines parciales, incluso subjetivos, que no pueden servir como fundamento para lo que se llama, en ocasiones, cuestiones de Estado.

Entretanto los enfáticos liberales del Sr. Rivera, que se adornan con el título como si hoy hubiera en política otra cosa que liberales, quisieran poner en cuarentena al Vox emergente y nacional. Emergente por recién ingresado en el aparato político autonómico pero también por responder a una urgencia política nacional.

Pero el problema no es ya la deslealtad política y la consiguiente injusticia económica, sino una fragmentación que alcanza el terreno elemental de la vida cotidiana. La fractura de la unión entre los españoles hace tiempo que desbordó fronteras administrativas o políticas para alcanzar, en la substancia antropológica, a la masa de una población desgarrada y rota. Véase cualquier informativo, convertido hoy en una escandalosa página de sucesos sin que parezca despertarse alarma, y se tendrá la prueba de estar ante una sociedad en proceso acelerado de descomposición.

Todas las fuerzas políticas resultan liberales en los rudimentos de una antropología común que concibe al ser humano como sustancialmente individual. Todos podrían corear a M. Thatcher diciendo que la sociedad no existe, porque se resuelve en una población de individuos sustantivos: capaces de existir y subsistir con independencia del resto. Nótese el énfasis con el que se zanjan los debates apelando al respeto a la opinión de cada uno o se pronuncia el arcano apotegma: “yo soy yo, y hago con mi cuerpo lo que me da la gana”.

Esto no impide reconocer una dependencia superficial – económico-técnica – que no alcanza las entretelas de nuestra constitución personal. Estos individuos mantienen idealmente relaciones racionales, es decir, orientadas por los beneficios privados o egoístas que los individuos, participantes en la relación, obtienen de la misma. La forma ideal de esa relación es el contrato. La pasada semana un bufete madrileño se anticipó un ápice a la acción integral del Estado proponiendo contratos entre padres e hijos en los que se fijarían los deberes y tareas domésticas de los hijos y las contraprestaciones que a cambio estarían dispuestas a dispensar
los padres. Así las cosas, nunca como hoy debemos atender al salmista que aconseja no confiar en los príncipes.

Destruido el sustrato civilizatorio, que sostuvo el mismo liberalismo político-económico que lo esquilmara, la improbable restauración que pudiera contener esta ruina no procederá del Estado. La frágil esperanza que pudiéramos conservar habría que depositarla allí donde sobrevivieran elementos de convivencia real: en el campo de esa “política apolítica” que predicaba Václav Havel. Como recuerda Rod Dreher, él mismo predicador de “la opción benedictina”. Havel concebía la esencia de esa política apolítica como “una vida en la verdad”. En la era de la postverdad el reto es absoluto. Y cada día será más difícil hallar asiento para la esperanza.

Hubo un semanario en España, de nombre El Caso, que se nutría de sucesos: homicidios, violaciones, extorsiones, corrupciones, estafas… Abandonó su actividad en el 87. Acaso cerrara ahogado en éxito: hoy podemos decir ya que El Caso es España.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (16)    No(3)

+
0 comentarios