La escritura, como el cine o la pintura, es una de tantas herramientas empleadas por hombres y mujeres para generar y trasladar historias. Cada uno de estos instrumentos cuenta con elementos que lo caracterizan y diferencian de los demás y, cuando es concebida una creación que reúne todas estas particularidades, el consumidor de arte sabe que está ante una obra maestra. El momento determinante sucede cuando, tras alcanzar el último carácter de la narración, invade al lector la solemne y regia certeza de que no habría existido otro medio para acceder al espíritu de los personajes, y, en el caso de Voss, al alma de la Australia decimonónica.
Patrick White (1912-1990), el único autor australiano que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, escribe sin pudor, arriesgándose, manipulando el lenguaje para crear imágenes y realidades tan hermosas y complejas que solo pueden ser comprendidas con el corazón. Es capaz de transformar una tormenta o un paseo por el bosque en un acontecimiento metafísico que tiende un puente entre lo humano y lo divino. Por ello, para disfrutarla en su plenitud, esta novela no puede ser doblegada bajo los condicionantes de la razón. El lector debe entregarse a ella sin miedo, atreverse a formar parte de la relación que vertebra el relato y que queda concretada en un Amor que trasciende las fronteras de lo material.
La historia de la abnegada joven Laura Trevelyan y el explorador alemán Johann Ulrich Voss comienza con su separación física cuando él parte en una misión suicida a descubrir las zonas aún vírgenes del continente australiano. La conexión que los mantiene unidos queda retratada en diversos momentos de una belleza sobrehumana, y, mientras esta se fortalece, ambos intentan sobrevivir a sus respectivas miserias, rodeados de una fauna de personajes tan diferentes como ricos en espíritu. Precisamente eso, la convicción de que todos los seres humanos, sean de la condición que sean y provengan de donde provengan, albergan en su interior una complejidad casi divina parece ser una de las ideas fundamentales que subyace a la narración.
Por esto y porque el lenguaje es la herramienta encargada de modelar la esencia humana, White asocia sintácticas, semánticas y léxicos distintos a cada personaje, creando una suerte de polifonía que sirve a su vez como complemento y contraste de las dos entidades protagonistas. Los sentimientos y los pensamientos, desde los más sencillos a los más axiomáticos, son expuestos de un modo implacable e intenso, y las relaciones que se van estableciendo adoptan colores y formas bien diferenciadas en función de quiénes estén involucrados.
En Voss todo está vivo, así que todo es susceptible de morir. Cada una de las personas que integran la novela emprende su particular camino de redención para expiar los pecados cometidos. Laura necesita redimirse en Voss y Voss en Laura. Así, además de realizar un rico retrato de la sociedad colonial decimonónica, White plantea una historia de viaje físico y espiritual, de búsqueda teleológica de algo que, sin haberse perdido, nunca ha sido encontrado. Y recuerda que, finalmente, dentro del universo que habita en todos los seres humanos, cada uno encuentra su forma particular y válida de alcanzar la paz.