El 27 de enero de 1944, un año antes de llegar a Auschwitz, el Ejército Rojo liberó Leningrado. Hoy se cumplen 75 años. Atrás quedaban 872 días de un asedio despiadado -comenzó el 19 de julio de 1941- y de una batalla feroz por una de las ciudades más bellas de nuestro continente. Fundada por el zar Pedro el Grande en 1703, la denominaron la “ventana a Europa” y, desde ella, se gobernó el imperio entre 1712 y 1978.
Antes de dudar de la europeidad de Rusia, uno debería pasear unos días por la avenida Nevsky, frecuentar sus librerías, admirar los tesoros del Hermitage, entre cuyos seis edificios está el antiguo Palacio de Invierno y que es hoy uno de los grandes museos de este planeta. En “El arca rusa”, la maravillosa película de Sokúrov, rodada en un único plano secuencia a lo largo del museo, este museo simboliza la embarcación que porta a la cultura rusa a través de la eternidad del mismo modo que antes salvó a Noé del Diluvio.
En 1941, sobre la URSS cayó un diluvio de fuego. Shostakovich compuso las primeras líneas de su Séptima Sinfonía mientras los nazis bombardeaban ya la ciudad del Neva. Empieza con un aire que recuerda la música de los juguetes mecánicos. Como si no pudiese tomarse en serio el temor de una invasión ni la destrucción de cuanto es bello. Como cuenta Moynahan en “Leningrado. Asedio y sinfonía”, Stalin se había ensañado con la intelectualidad de la ciudad que, en los primeros años de la Revolución, había simbolizado la efervescencia creativa de un tiempo nuevo en esa ciudad vibrante. Durante más de dos años, los nazis la matarían de hambre, la incendiarían, la cañonearían sin piedad. El plan era matar a todos sus habitantes y tomar una ciudad sembrada de cadáveres.
La invasión del Reich y la rapidez de su avance -la fuerza aérea de la URSS fue destruida casi por completo en sus aeródromos en las primeras horas del ataque- habían conmocionado a Stalin, que poco tiempo antes había descartado las advertencias de un ataque inminente. En esa melodía infantil -Andre Huth la llama “pastoral”- del segundo grupo de la sinfonía, palpita el horror de lo que se avecina. Poco a poco todo se vuelve más tenebroso. Este músico, nacido y criado en la ciudad, compone en estos primeros días del asedio los primeros tres movimientos. En octubre de 1941, lo evacúan a Moscú y después a Kúibyshev (llamada hoy Samara), donde está el gobierno soviético. El ataque a la ciudad llega con toda la orquesta sonando como las trompetas del Juicio Final.
Nada le fue ahorrado a la antigua capital de los zares. Los bombardeos de los primeros días acabaron con buena parte de las reservas de comida, dañaron gravísimamente el suministro de agua y sembraron el terror entre los habitantes. Todo parecía perdido y así hubiese sido si los nazis y sus aliados hubiesen cerrado por completo el cerco. Casi lo consiguieron. Estuvieron muy cerca de unirse los alemanes y sus aliados finlandeses en un círculo mortal en torno a la ciudad asediada. Pero fracasaron. Con sus más de tres millones de habitantes -que ascendía a más de seis si se contaban las poblaciones de la periferia- Leningrado podría haber sido
sometida por hambre. Hoy sabemos que Hitler ordenó al general Alfred Jodl no aceptar la rendición. Leningrado debía ser destruida. Sin embargo, a través de una ruta de transporte conocida como “La carretera de la vida” que los soviéticos lograron retener, el cerco no fue completo. Por ella, podían llegar algunos alimentos y evacuarse civiles hasta la otra orilla del lago, que los invasores no habían tomado.
Sin embargo, el sufrimiento de los defensores de la ciudad fue espantoso. Se dio la orden de ejecutar a quien se rindiese o retrocediese. Hubo algunos casos de antropofagia, que fueron castigados. La disciplina era férrea e inmisericorde. El general Zhukov, encargado de la defensa de la ciudad en septiembre de 1941, dictó instrucciones apocalípticas para un tiempo apocalíptico y el NKVD fue despiadado. El 22 de septiembre de 1941 Hitler ordenó “borrar de la faz de la tierra” a Leningrado. Miles de habitantes murieron de hambre y frío aquel primer invierno. Dice Richard Overy que, aquellos meses, murieron de 4.000 a 5.000 habitantes todos los días.
Pero la ciudad resistió. El castigo implacable de los derrotistas, la voluntad tenaz de no ceder pero también la educación en el patriotismo y el heroísmo que los jóvenes aprendían en la escuela soviética dieron sus frutos. En su monografía sobre el Ejército Rojo -me refiero a “La guerra de los ivanes. El Ejército Rojo (1939-1945)”- Catherine Merridale subraya cómo se identificaba al Partido Comunista con la lucha militar y a las fuerzas armadas “como su instrumento de progreso entretejiendo guerra de ideología”. Los nazis minusvaloraron la capacidad de sufrimiento del pueblo ruso y de los restantes pueblos de la URSS. Esos soldados eran capaces de combatir sin calcetines -en realidad, no se les proporcionaban- sino con unas especies de polainas de tela enrolladas en torno a los pies y los tobillos para protegerlos del frío. Todos tenían, en cambio, chaqueta, abrigo y botas. Los marineros se granjearon un merecido prestigio como defensores de la ciudad martirizada. El amor a la patria y el odio al fascismo inspiraban una resistencia que, por otro lado, no esperaba cuartel alguno. Todos conocían las atrocidades cometidas por los invasores en el territorio ocupado.
El 9 de agosto de 1942 se estrenó en Leningrado la Séptima Sinfonía que celebraba el heroísmo de aquel pueblo inquebrantable. La alegría de las “suites de Jazz” de 1934-1938, quedaba ya muy atrás. El horror, el dolor y la grandeza de una defensa heroica lo inundaba todo. Karl Ilyich Eliasberg, director de la Orquesta de la Radio de Leningrado, advirtió que sus músicos nunca podrían interpretar esa partitura, que había llegado por avión y requería un esfuerzo físico inmenso -el viento, la cuerda- para unos músicos desnutridos y debilitados. Más de la mitad de ellos habían muerto en el invierno de 1941. Se cursaron instrucciones a los soldados del frente que supieran tocar algún instrumento para que se uniesen a los músicos supervivientes. Se ordenaron descargas de artillería antes del concierto y se continuó disparando para impedir un ataque del enemigo que pudiese interrumpirlo. El concierto iba a retransmitirse por la radio. El programa citaba la dedicatoria del compositor que encabezaba la obra: “A nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra inminente victoria sobre el enemigo, a mi ciudad, la ciudad donde nací, Leningrado, dedico esta sinfonía”.
Moynahan recoge las palabras que pronunció Eliasberg al presentar la obra: “Camaradas, éste es un gran acontecimiento en la vida cultural de nuestra ciudad. Es la primera vez que vais a escuchar, dentro de unos momentos, la Séptima Sinfonía de nuestro compatriota Dmitri Shostakovich. Su sinfonía nos invoca a la fuerza en el combate y a la fe en la victoria. La interpretación de la Séptima en la propia ciudad sitiada es el resultado del invencible espíritu patriótico de los leningradenses. De su fuerza, su fe en la victoria, su voluntad de luchar hasta la última gota de su sangre y de lograr la victoria sobre sus enemigos. Escuchad, camaradas”. Añade Moynahan, agudo, “no hizo mención ni a Stalin ni al Partido”.
El director escribió que, al terminar el concierto, “la gente estaba de pie llorando y llorando. Sabían que aquello no era un episodio pasajero, sino el comienzo de algo. Lo habíamos oído en la música. El auditorio, la gente desde sus casas, los soldados en el frente -la ciudad entera se había reencontrado con su humanidad-. Y en aquel momento triunfamos sobre la desalmada máquina de guerra nazi”. Esto es lo que significa recordar este asedio, este sacrificio y esta victoria.