Entre las cosas que se estilan en el tiempo nuevo de la ultramodernidad se encuentra el acto de presentación de los recién nacidos ante el poder constituido bajo figura de alcaldesa que entrega solemnemente al joven ciudadano – aunque habrán de recogerla todavía sus padres – una “carta municipal de ciudadanía”.
Ya presente en otros municipios, pronto empezará a celebrarse en Getafe esta ceremonia cuya liturgia está por precisarse. Los votos de socialistas y poderosos, con la abstención de ciudadanos (PSOE, Podemos y Ciudadanos) han hecho posible una celebración que, sin duda, consagra o simplemente exalta, la dignidad cívica o política de los nuevos españoles. Pero también aquí habría de corregirme para encarecer simplemente la dignidad política de los nuevos ciudadanos. Queda patente que ciudadano, socialista y poderoso son atributos visibles del poder constituido.
Se nos predica que ha de romperse la asociación entre nacimiento y bautismo. Asociación que los tres momentos del único poder constituido juzgan propia del franquismo. Si retrotraen al pasado como proyectan el franquismo al presente, no extrañará que el gran poder juzgue franquista a Juan el Bautista cuyo nombre ostenta el de un acto litúrgico que ya era antiguo hace dos mil años. La asociación entre bautismo y nacimiento no es evidente y así lo muestran los debates acerca de la edad apropiada para su ejecución. De cualquier modo el bautismo resulta – acaso lo ignoran los defensores de la apoteosis del César – estrictamente libre y voluntario. No dudo que toda familia reciba con su hijo una profunda alegría natural, que puede querer compartir enteramente al margen de la Iglesia. Más oscuro me resulta el interés que pudiera llevar a los padres a exaltar su alegría ante el más próximo representante del Estado y me parece que tiene algo de aberrante que una familia celebre la llegada de un nuevo ciudadano.
Esta ceremonia llamada de “bienvenida a la ciudadanía” resulta especialmente repugnante como síntoma de lo que llamaba Ortega politicismo integral o democracia morbosa. El Estado – a través de sus tentáculos administrativos locales – desconoce todo límite a su acción y cae sobre los ritos de paso, los nudos medulares, de nuestra vida personal y comunitaria. Estos nudos de nuestras vidas están señalados por la liturgia que envuelve los sacramentos: Bautismo, Confirmación, Matrimonio y Unción de enfermos. Vaciados de su gravedad sacramental, diríase secularizados, tendremos ahora: bienvenida a la ciudadanía, mayoría de edad, unión reproductiva y despedida civil. Pronto el Estado se cernirá sobre la Penitencia, la Eucaristía o la Ordenación para adornar actos de contrición política, de militancia o adhesión y de ingreso al sagrado cuerpo de funcionarios de la administración central del Estado.
Estos simpáticos positivistas que nos gobiernan formulan sin saberlo un sucedáneo del sucedáneo de religión que diseñó Augusto Comte en todos sus detalles, reproduciendo con exacta precisión la forma de la Iglesia católica, pero suprimiendo el elemento de una fe – fundamento de nuestra tensión vertical – que constituye el nervio intangible de la única Iglesia Católica. Estos egregios representantes de la voluntad popular a cuyo través se quiso, no en vano, escuchar la voz de Dios (vox populi, vox Dei), pueden presentarse como auténticos ateos católicos aunque habrá para quienes simplemente resulten bufones del Anticristo.
La apoteosis política es aterradoramente abstracta cuando, como en el caso presente, se trata de un Estado sometido a un vaciado perfecto, resultado de un completo proceso de desnacionalización. Un Estado convertido en una estructura técnico-administrativa que alcanza las entrañas de nuestra vida personal y comunitaria sin dejar espacio para su libre respiración y lo hace en nombre de entidades tan vacuas como la Razón o, su correspondiente fantasma exangüe: la Libertad. En esas ceremonias no se pronunciará el nombre de Dios, pero tampoco aparecerá el nombre de España. Los bienvenidos serán acogidos en el seno de la Democracia; y su indeterminada Ciudadanía habrá de serlo de una Cosmópolis pánica de individuos sin patria y sin sustancia. En el nombre de la Nada.