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TRIBUNA

Después de la Gran Guerra (1919)

Alejandro San Francisco
jueves 07 de febrero de 2019, 20:48h

El término de la Primera Guerra Mundial significó, en noviembre de 1918, una ola de algarabía en Europa. El continente había sido devastado por un enfrentamiento terrible, que tuvo más de drama, muerte y sangre que de ese heroísmo que se reclamaba de la juventud, para ir a los campos de batalla a luchar para que nunca más hubiera guerras. De esta manera, terminar el conflicto significaba culminar también con las trincheras y los tanques, las carnicerías en que se convirtieron algunas batallas, la amputación de una generación que dejaba los estudios y el trabajo para asistir a contemplar la muerte de sus compañeros. La hora de la Paz había llegado a fines de 1918, por lo mismo era necesario celebrar.

Por lo mismo, 1919 se presentaba como la posibilidad de una paz perdurable y anhelada. La edificación de nuevas formas de gobierno podría ser el comienzo de sociedades mejores y de una Europa próspera y en paz. Ese fue el sentido de dos documentos fundamentales de ese año. El primero fue el Tratado de Versalles, suscrito el 28 de junio de 1919 entre los vencedores y Alemania. Desde el comienzo señalaba, con ambición e ilusión, la convicción de que se requerían esfuerzos y obligaciones para “desarrollar la cooperación entre las naciones y garantizarles la paz y la seguridad”. Paralelamente, imponía gravosas condiciones económicas, políticas y militares a Alemania, acusada de ser la gran causante de la guerra. El tiempo mostraría las debilidades del Tratado.

El otro documento es la Constitución del 11 de noviembre de 1919, que dio inicio a la República de Weimar, el primer gran esfuerzo democrático de Alemania. Sin embargo, por diversas razones que será conveniente analizar más largamente, pronto se mostraría un intento fallido, siendo atacado por los dos totalitarismos que campeaban en la política de entreguerras: el comunismo y el nacionalsocialismo, ideologías que vivieron momentos importantes precisamente ese mismo decisivo año de 1919.

El comunismo se estaba asentando en Rusia, bajo la dirección de Lenin y del Partido Bolchevique, pero con una dimensión más amplia, como probó la realización de la III Internacional, que comenzó el 2 de marzo, en Moscú. En el discurso de apertura el líder soviético rindió homenaje a Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, ambos asesinados el 15 de enero en Berlín, tras el conato revolucionario de los comunistas alemanes. Por un momento pareció que la revolución se extendería por otros lugares de Europa.

Por otra parte, Adolf Hitler en 1919 era parte de los derrotados y comenzó a esbozar sus primeras ideas políticas y sus primeras características como líder. Demostró ser un gran orador, característica que se iría acentuando y perfeccionando con el tiempo, y que sería una de las armas más poderosas del futuro Führer del Tercer Reich. Adicionalmente, ese mismo año se inscribió en el Partido Obrero Alemán, fundado por Anton Drexler, con quien compartía ideas como el antisemitismo y el nacionalismo, entre otras.

No era el único nacionalista que emergía tras la Gran Guerra. En marzo de 1919 el socialista italiano Benito Mussolini creó los Fasci di Combattimento, en Milán. El grupo, en un principio conformado apenas por unas cien personas, sería el antecedente del futuro Partido Fascista que gobernaría el país durante más de dos décadas. Su proyecto político inicial se expresaría en el Programa de San Sepolcro, del 6 de junio de ese mismo año, que llamaba a los italianos a realizar reformas para enfrentar los problemas políticos, sociales, militares y financieros que tenía Italia.

Unas semanas antes, el 1° de mayo, Italia había tenido otra novedad histórica y política. En el día del Trabajador, Antonio Gramsci comenzó a publicar el periódico L’Ordine Nuovo, a través del cual expresaría el pensamiento marxista italiano, en sintonía con lo que estaba ocurriendo en la Unión Soviética y con la III Internacional, pero también con capacidad para plantear temas nuevos y una forma renovada de presentar las ideas de izquierda, que con el tiempo daría especial énfasis a los temas de la cultura y la educación. Italia, como Alemania, también enfrentaba su propio problema de polarización política, que sería una de las características más visibles de la Europa de entreguerras.

Como se puede apreciar, después de la fiesta de 1918 comenzó la realidad de 1919. La vida no fue, como muchos pensaron a la luz del fin de la Gran Guerra, el comienzo de una era de paz y prosperidad, sino que comenzó una gran reconfiguración de Europa, que se expresó tanto en el plano de las ideas (nacionalismos y marxismos especialmente), como de la política (emergieron democracias y corrientes originales y que tendrían gran relevancia en el futuro). El esbozo de solo algunos de los sucesos de 1919 –con sus documentos principales, sus figuras emergentes y el mundo que anunciaban– marca sin duda la importancia superlativa que tiene 1919 en la configuración del siglo XX, especialmente de las tres décadas que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

Sin duda, se trata de factores que hay que tener en cuenta este 2019, cuando se cumple el Centenario de aquel año decisivo. Temas, cada uno, que merecerán una revisión con mayor detalle y en su real dimensión.

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