Quizá, empezar con este axioma resulte menos polémico que provocador. Pero, se me ocurre ahora, que los artífices que se expresan manipulando palabras son (somos) auténticos impostores. Sean políticos o literatos. Estos últimos, por supuesto, deliciosos impostores que a través de la imaginación o la emoción, sólo buscan la belleza para encantan a sus lectores. Escribir un poema o una historia de ficción, ya se sabe, es alterar decididamente la realidad, crear un mundo paralelo al que vivimos. “El poeta es un pequeño Dios”, pretendía Huidobro con gravedad. Borges, menos solemne, se refería a sí mismo con ironía: “¿Cómo puedo tomarme en serio si sé bien que soy un embustero, un temerario impostor que inventa historias”, y a continuación daba la pincelada literaria correspondiente a su oficio: “Bernard Shaw decía que a la larga todo será humorístico, hasta lo más dramático que imaginemos”.
Situación que no sólo se da en la fábula, sino también en este valle de lágrimas y sonrisas que es la existencia cotidiana. Verbigracia, un hecho que nos sucedió en el pasado, y acaso fue terrible en su momento; hoy, al evocarlo, puede resultar hasta divertido, libre de toda severidad. Claro, ocurre que con el paso del tiempo las cosas se modifican, pierden dramatismo y hasta se vuelven amables.
Por otro lado, el acto de vivir (aquí, allá, acullá, en cualquier época) fue siempre arduo y complejo. “Me dices que ves mal el mundo, te digo que ves el mundo”, se resignaba con sabiduría don Francisco de Quevedo. Es así que los decepcionados somos muchos, y a lo largo del tiempo ya formamos un poderoso ejército, que pueden encabezar Sócrates, Cicerón, Schopenhauer, Nietzsche, el mismo Quevedo…, y en un tiempo más cercano, Franz Kafka, Jean-Paul Sartre y este Emil Cioran, que durante años recorrió el Barrio Latino de París enfundado en su gastada gabardina azul, con el pelo enmarañado, ajeno a su celebridad y a su propio envejecimiento.
-Ese que va ahí es Cioran, vamos a saludarlo -me propuso mi amigo, el entrañable “Mondi” Eichelbaum, periodista y compatriota, exilado en Francia durante la dictadura militar de la Argentina-. Don Emil vive por aquí, a la vuelta de mi guarida, en la rue de l’Odeon, y nos cruzamos bastante seguido.
No sólo estreché su mano. Fue un casual encuentro memorable. Durante la dilatada mañana, el vigoroso café, que se parece a la confesión y a la infinitud del tiempo, nos hermanó. Emil Cioran era un hombre cordial, buen conversador y con particular sentido del humor.
-¿Así que usted colabora con Borges? -se interesó-. ¡Qué felicidad la suya, cómo lo envidio! Yo le debo a Henry Michaux el privilegio de haberlo conocido cuando la Sorbona le otorgó el doctorado honoris causa. Borges tradujo al español Un bárbaro en Asia, el libro de Michaux. Son amigos. Yo no lo imaginaba así, Borges es un hombre divertido y humilde, que no se toma en serio. Estaba emocionado e hizo unas bromas irónicas sobre la distinción. Yo creo que no tiene conciencia de la influencia de su obra en toda la literatura contemporánea, y menos de la revolución que su manera de escribir significó en la lengua española. Yo no dejo de leerlo, ¿sabe? Fernando Savater me pidió que escribiera algo sobre él y le he puesto como título “El último delicado”. El estilo de Borges es inteligente, de una concisión matemática, en el que no sobra ni falta nada, su escritura nos hace rozar a cada paso ese inquietante misterio que es la perfección. Creo haber escrito que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un apátrida intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado, por supuesto.
El hecho que revivo, según registra mi cuaderno de apuntes, sucedió en París, en una primaveral mañana del 15 de mayo, allá por el año 1983. Emil Cioran había nacido en Rasinari, una aldea de Transilvania, el 8 de abril de 1911. Su padre era pastor ortodoxo y la familia, según su propio recuerdo, era atormentada, ansiosa, siempre negativa respecto de la existencia. Sin embargo, como él lo recuerda en unas memorias, ni impidió que él fuera un niño feliz. También evoca su fascinación morbosa por la muerte.
-Sí, sí, como lo oyen -repitió entreabriendo las manos, buscando complicidad con su sonrisa-. Yo iba al cementerio a buscar calaveras, para jugar al fútbol con ellas. Les cuento que guardó de aquella época un recuerdo de paisajes montañosos, juegos y despreocupación. Sin embargo, el origen de mi pesimismo viene de mi niñez y adolescencia. En una época la muerte fue motivo de mis insomnios. Pasaba semanas sin pegar un ojo. Al fin, felizmente, me di cuenta de que la vida es soportable gracias a los sueños; cada mañana, tras una interrupción, yo siento que comienza una nueva aventura en la vigilia, otra forma del sueño, claro. El insomnio es terrible, suprime la inconsciencia y pretende veinticuatro horas diarias de lucidez. La vida sólo es posible si hay olvido, de lo contrario no se podría soportar.
Sin olvido, en aquellos días, quizá menos reveladores que confusos de su Rumania, el joven Cioran, contra la advertencia de su padre, se refugiaba en la lectura de un Dostoievski que lo enfrentaba con la obsesión de la tragedia y acaso le imponía ser un Raskolnikov sin la excusa del crimen. Shakespeare, era su otro recurso de ensoñación; el príncipe Hamlet y el rey Lear eran los arquetipos del hombre incomprendido por su entorno. Sus estudios secundarios, su ingreso en la Facultad de Filosofía de Bucarest, su licenciatura, fueron además la otra razón para seguir leyendo sin freno y reflexionar sobre la muerte. También sobre la vida y la inutilidad de haber nacido.
-Soy un simple accidente -reflexionó de pronto elevando la mirada y saboreando un sorbo de café-. ¿Por qué tomármelo todo tan en serio? En cuanto a la sociedad, yo creo que no es una enfermedad, sino un desastre. Es un milagro estúpido que consigamos vivir en ella conviviendo entre nosotros. El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir; es una víctima de lo que llamamos sentido de la vida
Friedrich Nietzsche fue su filósofo de cabecera, pero estudió también con fruición la obra de Bergson, Hegel y Husserl, y mantuvo una devoción vitalicia por Poe, Baudelaire y Kafka, “tres trágicos inevitables”. También esos años de juventud estuvieron marcados por la fascinación ante la Guardia de Hierro (el movimiento fascista rumano) y, a partir de 1933, cuando consiguió una beca de la Universidad de Berlín, por el nazismo.
-Lo cual no significa que no deteste a ambos. Verdaderas basuras de demagogos. Aunque me sedujeron sobre todo, no lo niego, la “voluntad de absoluto y el misticismo colectivo” que lograron estos totalitarismos. Fue, eso sí, una fascinación incómoda, sin entrega total, agregaría que hasta dolorosa. Suficiente para avergonzarme hoy mismo. El tiempo, sin embargo, lo inmuniza a uno contra todo; contra todos los credos pasados y contra todos los credos futuros.
Antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1937, Cioran había llegado a París. El pensador políglota (en rumano, alemán, inglés, ruso, italiano y español) buscaba otro destino y quería en realidad desplazarse más lejos; su objetivo era España, por ejemplo, un país por el que decía sentir una atracción atormentada.
-Mi amigo y traductor Fernando Savater, vive repitiendo que yo estoy hecho para España, para la lengua española, sobre todo; quizá también para algún país sudamericano, como la Argentina, la tierra de Borges y de ustedes… Pero tiene razón con respecto a España; ya que con ningún otro lugar de Europa tengo tanta afinidad. Soy un fanático de santa Teresa de Ávila; me fascina de ella el exceso, un exceso procedente de esa locura particular, inconfundible y tan propia de España. En mi juventud, lamenté no haber sido español. España me fascinaba, además, por ofrecer el ejemplo de los más prodigiosos fracasos. No se puede creer tanta tragedia junta. En la Guerra Civil se mataron entre hermanos. Uno de los países más poderosos del mundo, hundido en esa decadencia que sigue aterrando; pero son así las cosas.
Cioran visitó varias veces España. Pero se quedó a vivir en París, donde asistió con indiferencia a la entrada de las tropas nazis y, con la misma pasividad, a la Liberación. En 1947, decidió cambiar de lengua. Había escrito ya seis libros en rumano, pero el primero en francés, Précis de décomposition (Breviario de podredumbre, 1949), fue un éxito inmediato de ventas. Su pesimismo, su indiferencia, su desprecio por las circunstancias de la vida, tuvieron una enorme repercusión en una sociedad francesa que abrazaba el existencialismo de Sartre. “El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”, auguró Cioran en su desencanto.
-A partir de ese libro, mi vida cambió bastante -reflexionó con una sonrisa que buscaba cierta complicidad-. Fui becado en la Sorbona y hasta me permitieron comer gratis en el comedor universitario. Una maravilla para un desocupado como yo que antes comía salteado, día por medio. Mi vida, si tengo que hacer un resumen, diría que ha transcurrido en hostales juveniles donde compartía habitación, hasta que conseguí mi buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio. Me mantengo, no obstante, como un eterno estudiante pobre y en soledad, y hasta me enorgullece rechazar todos los honores que me quieren conceder. Llevo una vida muy discreta junto a Simone Boué, mi compañera, y desdeñó toda forma de éxito; es más, me incomoda. Ahora no me va mal y gano bastante dinero con mis libros. La editorial Gallimard reeditó recientemente mi obra completa y la retribución fue generosamente exagerada. Jamás imaginé algo así. No puedo quejarme.
La muerte, para él, “la conclusión de una locura”, como la definió, lo alcanzó en un hospital. Falleció a los 84 años. Pesimista y desesperanzado, ajeno a las pompas de la cultura oficial, Emil Cioran casi no concedió entrevistas. Prefirió hablar con sus amigos y con su obra, manteniendo una coherencia con ella. El pensamiento de Cioran, atado a la de amargura e ironía, lo sitúa entre los pensadores más provocadores e iluminados de las últimas décadas. Si debo mencionar un libro suyo, no dudaría en inclinarme por De lágrimas y santos, ensayo atrevido y esclarecedor sobre el misticismo y la religión, en el que con acidez inquisidora nos depara extraordinarios aforismos de gran belleza poética, en los que su juego con el cinismo pareciera no tener límites. Allí lanza esta famosa sentencia: “En el juicio final solo se pesarán las lágrimas”.
Merecidamente, durante las últimas décadas, su reconocimiento se tornó planetario. Me inclino a conjeturar que Cioran escribió en absoluto estado febril su vertiginosa obra donde prima la pasión casi por encima de la reflexión. No creó ninguna ideología, ni su pensamiento ha dado lugar a ningún tipo de movimiento filosófico. Fue un hombre consecuente con sus ideas, sincero a carta cabal. No dio clases, no escribió tesis ni doctorados, no firmó manifiestos ni dio conferencias y no ha sido recordado (ni en vida, ni tras su muerte) más que por un puñado de amigos. Mircea Eliade, Eugène Ionesco, Henry Michaux y Fernando Savater fueron algunos de ellos, y uno que otro estudioso que en un momento determinado se interesó por su obra. Admirable en su conducta, fue un hombre que durante su larga vida no dejó de pensar y, sobre todo, hizo y hace pensar a la gente. “Mondi” Eichelbaum, ese amigo del alma que murió solo en París, como ya señalé, era su vecino en la rue de l’Odeon y se encontraban muy a menudo para comer o conversar un vino. A él le debo ese fortuito y memorable café con Emil Cioran.
-Por favor, Alifano, ni se le ocurra escribir sobre mí, es una manera aburrida de perder el tiempo. -me advirtió al ver que yo anotaba sus pareceres en una servilleta del café-. La mía es la historia de un vulgar ocioso que jamás ha trabajado; he preferido ser un parásito a ejercer un oficio. He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad. ¿No le parece muy poco o nada esto?
Todos sus libros, a veces contradictorios, siempre seductores y pletóricos de belleza, versaron sobre el fracaso, la indiferencia, la lucidez y la muerte. Temas tan humanos e inherentes a la vida, también. Emil Cioran era un poeta y, en el mejor sentido, un auténtico y entrañable impostor.