Poseo más fotos de mi autoría dedicadas a la Torre Eiffel que de París a sus pies, avistada la capital francesa desde ella. Hechas deambulando por sus sólidos metálicos niveles superiores, puede parecer extraño, pero es que se trata de mi monumento favorito y cuanto le acontece y alude, me entusiasma.
La Torre Eiffel es la victoria de la utilización industrial del hierro –pudelado– icono del siglo XIX, de la Bella Época, el símbolo imperecedero de la Exposición Universal de París de 1889 –conmemorativa del centenario de la Revolución Francesa– y es el emblema por excelencia de la Ciudad Luz y en buena medida, de Francia misma. Construida en dos años, dos meses y cinco días, ha cumplido sus primeros 130 años y luce estupenda.
Iba a quedarse solo por 20 años, implicando desestimar los ocho millones de francos que costó y desmontar sus 18,038 piezas, dos y medio millones de remaches, sus 1,710 peldaños que Eiffel ascendió el día inaugural (31 de marzo de 1889), y que hacerlo privaría de disfrutarla a los actuales casi 7 millones de visitantes anuales que ya suman unos 250 millones en total, 75 % de ellos, extranjeros. Aún me pregunto si existe la pieza de toque que permitiera desarmarla y me imagino desprendiéndola, pese a que ha inspirado tantas obras plásticas de mil y una maneras como acaso ninguna otra. En 1999 se le instaló un efímero reloj cuya cuenta regresiva nos acercaba al año 2000. Cada jornada una personalidad distinta lo acompañaba. Algún día, la familia Eiffel posó al completo y una leyenda decía que la Torre no estaba inventariada por el ayuntamiento parisino. ¿Será? ¿Qué dirá Europa que la usa invariablemente para promoverse en folletos y páginas web?
Para mí es arquitectónicamente perfecta. Simétrica. Cuanto libro cae en mis manos lo atesoro porque todos cuentan de ella cosas extraordinarias y diferentes, cual inagotable veta. Tiene la singularidad de ser tan magníficamente equilibrada, que aun aproximándote a ella y conforme lo haces, crece su voluminosidad, pero no se distorsiona su silueta ni se desenfoca. Ello solo ocurre justo al momento de situarte ya al pie de sus pilares, pero no antes. Para mí eso es la prodigalidad y la magnificencia de su acertado esbozo y de su materialización insuperable.
Ya se sabe que Eiffel no estaba tan entusiasmado con ella en un inicio; que el afamado fue parte de un alud de proyectos más o menos similares y que, incluso, el que miramos fue acortado en su dimensión y tamaño. Por ejemplo, se eliminaron unos heraldos alados situados a sus lados empuñando trompetas que anunciaban su glorioso nacimiento y permanencia. Y cuán dificultoso fue construir la mole junto al Sena y cabe reconocer que Eiffel fue ayudado por los ingenieros Maurice Koechlin y Emile Nouguier y por el arquitecto Stephen Sauvestre, coartífices de la idea.
Y que no fuera aceptada por una parte de la intelectualidad francesa, denostándola con un sentencioso “Nuestra Señora de las Chácharas”. Su airado y estridente desplegado de 1887, muy temprano, traducido por Ramos González, firmado entre otros, por los destacados Charles Garnier, Alexandre Dumas (hijo) Guy de Maupassant –de quien Ripley dice que frecuentaba uno de sus restoranes por ser el único lugar desde donde no podía verla– empleando duras palabras condenando tal cual si fueran nuestros rijosos contemporáneos “losabajofirmantes”, iban deslizando frases tales como “[…] (Protestaban) En nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel […] la torre Eiffel, que incluso la capitalista América no querría, es sin dudar ¡la deshonra de París! […] Cuando los extranjeros vengan a visitar nuestra Exposición, exclamarán asombrados: ‘¡Cómo! ¿Es este el horror que los franceses han encontrado para darnos una idea de su gusto tan halagado?’ […] si París se obstina en la idea de deshonrar París, al menos ustedes y nosotros habremos hecho escuchar una protesta que honra.”
La requirente y asaz querellante misiva fue respondida por el mismísimo Eiffel, expresando que “[…] Me gustaría saber sobre qué fundamentan su juicio. Pues, dense cuenta, señores, que esta torre nadie la ha visto y nadie podrá decir lo que será antes de que esté construida. Solamente se la conoce hasta ahora por un simple dibujo geométrico […] El primer principio de la estética arquitectónica es que las líneas esenciales de un monumento estén determinadas por la perfecta adecuación a su destino […]”. Capoteó con elegancia.
En otro tenor diré que si ha dedicado usted unos momentos a observar la célebre Torre de 1889 comparándola con la de 2019, constatará que hay diferencias sutiles en su estructura y en su entorno. Han desaparecido los abombados contornos de su primer estrato, que albergaba restaurantes como el afamado ruso y su figura actual corresponde a las líneas rectas de art decó y del funcionalismo, heredadas de la Expo de 1937, la última efectuada en París. El palacio del Trocadero desde donde se obtuvieron excelsas fotografías del admirado armazón, ha desaparecido para dejar su lugar al actual palacio de Chaillot, otra herencia de la Expo del 37. A mí me agrada más el modelo original, debo confesarlo.
Iluminada o a plena de luz del día, la Torre Eiffel es majestuosa. ¿Sabe usted que los fierros retorcidos a manera de elegantes florituras que bordean los arcos reconocibles de su basamento, que van como cintas que los delimitan, existen para que dieran cierto toque de belleza a un cuerpo feo y despreciado por tantos? Iluso intento de inocentes alcances y motivaciones. Como sea, ella triunfó.
Como la Torre Eiffel me supone una consagración arquitectónica e ingenieril, una apuesta audaz en su día, que diáfana nos ofrece el reto conseguido hacia las alturas, en un equilibrio ecuánime entre la maravilla de construirla y la estética que puede ponerse al servicio de la funcionalidad, no obstante que llegase un instante en el cual solo se ven entibos, soportes, piezas de mecano inacabables, cual suerte de aguilones, entramados de mecano y soldaduras imperceptibles, pese a ello tiene su aquel.
Es imposible olvidarla y saberte solo uno de millones que por 130 años han pasado por ella, ascendiéndola, y sin embargo, es tu oportunidad, única; siendo un sitio donde hallarás como pocos, todos los idiomas posibles y que no deja de sorprender a quien la visita. Tanta genialidad me subyuga. Que si te agrada un suvenir allí te lo mercas, porque afuera no lo hallarás. Subir de noche desmerece, considero. Verás puras lucecitas. Un atardecer sí que lo merecerá, pudiendo apreciar París de día y de noche. Su iluminación cambiante siempre nos asombra y la sensación de un dejà vu al subirla me lo produjo al recordar las tomas en blanco y negro filmadas en ese mismo ángulo ascendente en la Expo de 1900. A veces parece un sueño haber estado allí. Mas sabes bien que así fue.