Cuando leemos del bilbilitano Marcial los ludi spectaculorum sobre el Circo Favio o Coliseo – por una gigantesca estatua de la época de Nerón – nos parece que estamos participando de las actuales redes sociales, en
donde lo más abyecto e innoble se propaga como una tendencia espiritual de almas corrompidas, e invade de calumnias y difamaciones el mundo de la información internética. El hecho de que la utilidad de internet sea enorme, encontrándose en esta galaxia eviternamente creciente todo aquello que un día fue escrito o dicho, de modo además gratuito, no puede compensar aún el hecho incuestionable y terrible de que las canalla y las “harcas” de envidiosos y malnacidos se enseñoreen de las redes, y que el odio no sea perseguido por las más populares plataformas, como Facebook. Quizás porque la plebe, las masas retroanalfabetizadas por los media, como la romana que acudía al Circo Flavio, no busca información en el Pauly Wissowa o en la Enciclopedia Británica, sino en los pozos malolientes y mefíticos de la sangre derramada, el sexo mercader y la difamación del prójimo. Internet básicamente es hoy un inmenso estercolero desde donde la canalla anónima – no tienen redaños para atacar con su nombre verdadero - impregna con su roña nativa la piel de los hombres honrados, y sólo una minoría lo usa para ilustrarse y satisfacer su curiosidad intelectual; pero pequeñas islitas verdes y aseadas en un inmenso océano de estiércol sin orillas no son capaces aún de alterar la esencia de este paisaje dantesco. Los romanos, al decir del agudo y ya españolísimo Marcial, veían remedos de lúbrica Pasifae copulando con un toro de verdad, un oso devorando vivo a un delincuente, un rinoceronte lanzando por los aires un toro de 500 kilogramos como si fuera un muñeco, un gladiador rematar a otro del modo más cruento y espeluznante, un tigre despedazar a un feroz león con colmillo rabioso (“se acrecentó su fiereza al vivir con nosotros”, termina el epigrama Marcial ), o los miembros de un crucificado desgarrados por las fieras y palpitando aún teñidos de sangre y lo que antes era cuerpo humano ya no tenía la menor forma de tal. Pero para los estómagos recios la red hoy puede ofrecernos espectáculos más fuertes y nutritivos. Sin embargo, se debe combatir el insulto torticero y babosamente maligno. Y yo siempre denuncio ante la siempre benemérita Guardia Civil cuando un alma hedionda ha lanzado contra mí, cargado de odio, un escupitajo en la red. Y animo a que lo hagan todos los injuriados, aunque no se esté versado en las sutilezas de la logomaquia jurídica. Nuestro combate contra el mal y la barbarie debe ser continuo y pertinaz.
Ahora bien, ha sido precisamente el whatsap de un amigo el que me ha informado de la muerte del genial intelectual españolísimo Rafael Sánchez Ferlosio, persona a la que tuve la suerte de conocer y admirar profundamente, y cuya vida se consagró desde sus inicios al puro placer del conocimiento, a una insaciable curiosidad intelectual sobre todo lo que lo humano abarca. Lector voraz de libros de todos los géneros, y jamás de páginas web, Sánchez Felosio era un ejemplo del estudiante vitalicio, que estudiaba noche tras noche para saber y no para conseguir títulos que colgar en la fea pared de la vanidad. Las anfetaminas las usaba para prolongar sólo las horas de estudio. Los últimos treinta años de su vida los dedicó al ensayo, olvidándose de la literatura de ficción. Sobre todo a partir de su obra Mientras los dioses no cambien, nada habrá cambiado, pequeño ensayo en que Ferlosio se yergue como el gran gonfaloniero de la intelectualidad no políticamente correcta. Repudiaba que le conociesen como el autor de El Jarama, magnífico experimento conductista, en el que Ferlosio usó el magnetofón. Por el Cuarto Centenario del descubrimiento de América escribió Esas Yndias equivocadas y malditas como contrapunto a los fastos oficiales. Mal entendida esta preciosa obra, se puede caer en la chata ordinariez intelectual del Papa o del Presidente de Méjico, torvo producto de una descontextualización interesada. Pero nada más lejos de la intención del romano Sánchez Felosio. Pintada en el vasto lienzo de las gavias de los galeotes españoles la “Mater Misericordiae” era el auténtico “black jack” de la mentalidad española. El matrimonio entre indios y españoles fue ya reconocido en 1514 por voluntad del Rey católico Fernando V. Y el único caso de genocidio propiamente dicho de que se tenga noticia en la América de lengua castellana fue el decretado en Uruguay, después de la independencia tanto de España como de la Argentina, contra los últimos inadaptables grupos marginales, probablemente tupiguaranís.
La curiosidad intelectual del travieso Ferlosio se proyectaba sobre los objetos más familiares que le rodeaban. El mismo se hacía las americanas, como algunos filósofos clásicos se hacían la ropa, y no siendo para nada un sastre, pasaban con bastante decencia ante los ojos de los que las veíamos, por su destreza en el corte y la hechura. Generoso hasta el vaciamiento total, gastó la herencia de su padre, el también gran novelista Rafael Sánchez Mazas, miembro fundador de Falange Española, invitando de forma pantagruélica a los amigos durante varias semanas. Ríspido y distante ante la modernidad listilla, soslayó todo acto de la cultureta progre este gigantesco intelectual y eximio escritor, que debió haber recibido el Premio Nobel, además de todos los honores que esta España siempre tacaña con la grandeza no suele dar. Herido de modo vitalicio por la muerte de sus dos hijos, Sánchez Ferlosio les dedicó las páginas más nobles y delicadas de la literatura española de la segunda parte del siglo XX. Hombre de sensibilidad cercana a la hiperestesia, el autor de Alfanhui parecía a los extraños huraño y hasta mal educado, pero era su choque con un mundo falso y profundamente hipócrita lo que le hacía abrazar su soledad roqueña y franciscana para no sufrir más la nauseabunda barbarie con la que los demás estamos preparados para convivir. En ese sentido quien escribiera Vendrán más años malos y nos volverán más ciegos fue siempre un aristócrata, que su hado cruel fue intensificando y llenándolo de dignidad gloriosa.
Amigo íntimo de otro gigante, Agustín García Calvo, estará ahora paseando con el sabio zamorano por las verdes praderas de asfódelos de dura espiga, y discutiendo sobre cuestiones literarias como en aquella comedia de Aristófanes, tan cara a ambos genios.
Uno, que tuvo el honor de conocerlo, nunca olvidará los sentimientos profundos y delicados que anidaban en su alma buena y española.