www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

El Elegido

jueves 02 de mayo de 2019, 19:30h

El electorado ha dictado sentencia. El Partido Popular ha perdido – acaso definitivamente – el papel hegemónico que ha desempeñado desde hace décadas sobre la derecha española. El PSOE, liderado por el tenaz Sánchez, recupera una posición mayoritaria y esto, parece plausible suponer, le sitúa en un centro-izquierda que no arriesgará inclinándose a uno u otro extremo, sino acomodándose levemente a uno y otro extremo. Podemos no se ha condenado todavía en estas elecciones, pese a continuar cayendo y Vox tampoco ha triunfado pese a entrar en el Parlamento con un notable número de diputados. El vencedor parcial parece ser Ciudadanos en la medida en que pasa a hegemonizar el centro-derecha en detrimento del PP. La representación que nuestra ley electoral concede a los partidos nacionalistas ofrece una vez más un papel determinante a éstos, cuando una parte importante de sus cuadros de mando se encuentra fugada o detenida. Cualquier alianza exigirá la concesión de contrapartidas en este terreno, como es evidente.

Esto se aproxima a una descripción distanciada de los datos que la voluntad popular ha producido, al menos quieren consignar la estadística electoral. En estas condiciones, la nave del Estado no parece que vaya a poder cerrar la vía de agua abierta por el paso adelante que el nacionalismo catalán diera al convocar el referéndum del primero de octubre. Ni hay capacidad de viajar de la ley a la ley, es decir, para modificar la estructura del Estado a través de una reforma extrema de la Constitución que ha de ser una nueva Constitución, ni la hay para contener la herida que parece conducir al hundimiento inexorable de la España que hemos conocido los últimos decenios. Habrá que buscar una conllevancia que cada vez se parece más a la melancólica resignación con que sufren sus dolencias los mayores, la alternativa a esa paciente mansedumbre es una beligerancia que podría resultar atroz. Decimos que la estadística electoral refleja la voluntad popular, en cuyo caso parece ser la voluntad de un pueblo contrario a sí mismo, o bien la voluntad de naciones larvadas por efecto de un Estado que las niega. Naciones que no se reconocen inmersas en pueblo alguno que pueda titularse “español”: basta mirar el color divergente de las provincias vascas o catalanas en el mapa que recoge el resultado de las elecciones

Con estos mimbres hay poco que hacer. La tan pregonada diversidad característica de España, no es ya siquiera una diversidad de Españas, sino una multiplicidad enfrentada de unidades que se quieren políticas o soberanas, ninguna de las cuales pretende recibir como epónimo el nombre de España. Frente a esa posición la de los que reclaman el título con honores de españoles de verdad y que, siendo un número respetable en un orden en que el respeto procede del número, carecen de toda capacidad para restañar la herida abierta.

Buscar orientación en el análisis erudito, en el estudio paciente, en el esfuerzo por definir las categorías políticas o establecer la validez de la interpretación histórica, es hoy una forma de huida. Parece imponerse una determinación simplificadora que conduce a la desoladora oposición de ellos y nosotros. Y esa polarización simplificadora, una vez más, no parece ejecutarse en términos de clases socio-económicas sino en términos nacionales, entre la nación canónica y las naciones crecidas en su seno. Los nacionalismos fragmentarios no hablarán aquí de crecimiento, sino de una pluralidad de naciones sometidas a la forma vacía del Estado. Y hablamos de naciones cuando concedemos que la estadística electoral parece sancionar su presencia.

Nos hallamos, en fin, en un impasse en el que el paso a dar pudiera romper de hecho el marco jurídico a través del cual hemos venido gestionando los conflictos parciales, las pugnas partidistas, las demandas particulares. Es el marco mismo lo que pudiera estar en entredicho y, sin embargo, la fuerza de las partes enfrentadas resulta insuficiente para afrontar la suspensión de las coordenadas fundamentales. Ninguno de los frentes – que desbordan los partidos – se impone de manera suficiente y la resolución del enfrentamiento no puede ser resuelta en términos de los viejos partidos. Si la idea del partido procede del terreno que llamamos político, la idea de frente remite – evidentemente – a otro terreno. Si la política es la guerra continuada por otros medios, una política de frentes parece la antesala de una transformación radical en los medios. Pero el resultado podría – como señalaba en estas páginas A. Maestre – quebrar la aparente solidez de los frentes, en un juego que liderado por el PSOE prolongue nuestra forzada conllevancia. Lo que, en cualquier caso, está del todo desaparecido es todo orden metapolítico que fuera capaz de sobreponerse a la voluntad popular. Sólo cabe esperar que el juego de equilibrios de la mera política nos permita vivir, es decir, ir tirando.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (17)    No(0)

+
0 comentarios