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TRIBUNA

Te lo juro por Snoopy

jueves 23 de mayo de 2019, 20:14h

En el acto de constitución de la cámara legislativa ha quedado clara la atmósfera en que tendremos que respirar los años venideros. No hay que alarmarse, es el mismo ambiente enrarecido y turbio en que hemos venido haciéndolo durante décadas, un punto más saturado y denso por el mismo efecto de nuestro constante alentar en el espacio cerrado de la democracia española. Persistimos sin abrir de par en par las ventanas, sin arriesgarnos a que entre en nuestro ámbito aire nuevo. Como convalecientes nos protegemos de las inclemencias que pudieran disipar la bruma asfixiante en que respiramos. Pero alguna vez habremos de correr el riesgo de dejar entrar viento fresco sea para que nos mejore, sea para que nos acabe.

El aire pútrido del subjetivismo que niega la realidad o la verdad llega ya a su extremo cuando la presidenta del Congreso acepta una fórmula de juramento en nombre de una república que no existe, por parte de unos auto titulados presos políticos que no lo son. Nada nuevo: ya hace tiempo pudo investigarse a un policía por negar de manera rotunda la existencia de esa república fantástica o se viene insistiendo en llamar presos políticos a unos señores que, no sólo se presentan electos en la cámara legislativa, sino que exigen negociación y la obtienen del presidente del gobierno de esta monarquía parlamentaria que es el régimen político actual del Reino de España: el régimen político de España en acto.

No dudo de que el lenguaje no es unívoco y de que la interpretación siempre es posible. Ahora bien, tampoco puede admitirse que la interpretación carezca de límites y que toda expresión pueda acomodarse al sentido de cualquier otra. Si todo lo que se diga puede significar lo que yo pida, no sólo se viola la verdad y la realidad: se hace imposible la comunicación que es condición de cualquier vida en común. Es el efecto final de la sociedad de masas de nuestros días, en la que un ruido de fondo – sucedáneo de comunicación – crece a un ritmo acelerado de modo que la algarabía social – que se quiere libertad – impide escuchar la voz bien templada de una verdad que se ajuste profundamente a la realidad. En nuestro marasmo social todo es posible porque nada es real, cualquier fórmula vale porque no vale ninguna. La esencia del juramento – dice la presidenta Batet – ha quedado preservada. Preservada por la inexistencia de cualquier esencia. Cuando yo era más joven se oía a la gente fina jurar por Snoopy, hoy resultaría excesiva la solidez de ese juramento y parece más aceptable jurar por una república que se busca, o como preso político de la aterradora tiranía de Neverland.

Admitida la fórmula, todo puede admitirse. Si bajo la cúpula simbólica de la soberanía nacional se apela a otra soberanía, y se admite esa apelación, todo está dicho y ya no hay nada que decir. El resto es un hablar por hablar, croar de ranas, en el momento en que cualquier definición se establece ya por la vía ejecutiva de una voluntad triunfante o por el camino doloroso de los hechos consumados. La des-realización que alcanza ahora este grado extremo no es un fenómeno ni reciente, ni específicamente español, aunque entre nosotros –“raza valetudinaria”– las cosas malas que acontecen por el mundo repercutan con increíble eficacia, según escribía Ortega en su “democracia morbosa”.

Por lo demás, si el secesionismo apela a una república, es porque esa república conduciría a la secesión. Así pues, aunque en principio el régimen político resulte adjetivo, respecto de la sustantividad de España, esa república atentaría contra su realidad misma. De hecho, todos los que al hablar de España prefieren la fórmula “nuestra democracia” o se erigen antes en defensores de “la democracia” que en defensores de España, están ya sustantivando el adjetivo o relegando la sustancia en nombre del accidente. Y esto sin estimar el valor del sustantivo; simplemente por definir las coordenadas en las que nos movemos y sabiendo que todo ensayo de definición se declarará partidista, porque la confusión es programada y perpetrada por los que pretenden ejecutar de facto su programa, sobrepujando cualquier legalidad y legitimidad.

Finalmente habrá que recordar a los juramentados que, al margen de los cimientos que –desde la perspectiva del sujeto– funden su juramento, éste refiere –desde la perspectiva del objeto– a la Constitución vigente. Desde ese enfoque igual da que juren la Constitución por España, por la democracia social, por la república de sus sueños o, simplemente, por Snoopy. A nadie importa ya el nombre sobre el que fundan su juramento, toda vez que es un mero nombre desde que se eclipsó el único fundamento sobre el que cabe propiamente jurar. En cualquier caso, el objeto del juramento es la Constitución del 78, de manera que la violación del juramento les compromete jurídicamente, y de hecho les comprometería si bajo la Constitución se encontrara todavía la realidad de España.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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