El Museo Nacional del Prado inaugura el próximo día 28 de mayo la exposición “Fra Angelico y los inicios del Renacimiento en Florencia”, donde podrá admirarla la Anunciación restaurada. Como anuncia la propia pinacoteca, “la exposición estudiará los inicios del Renacimiento florentino en torno a 1420 y 1430, con especial atención a la figura de Fra Angelico (Guido di Pietro Muguello, 1395/1400 – 1455)”. Los días posteriores a las elecciones al Parlamento Europeo son, sin duda, una buena ocasión para visitar al gran maestro florentino y reflexionar sobre las raíces de Europa, que son mucho más hondas y antiguas que la Unión Europea.
Para Leonardo Bruni, uno de los grandes humanistas del Renacimiento en Florencia, el ciudadano libre es el hombre verdaderamente auténtico, que él consideraba el florentino por antonomasia: “todo oprimido, todo perseguido, todo exiliado, todo combatiente por una causa justa es idealmente florentino”. Sin la libertad y la dignidad del ser humano sobre la que se fundamenta, todo el edificio europeo se viene abajo. La Anunciación representa una de las decisiones libres más trascendentes de la Historia: el “fiat” de la Virgen María. El humanismo florentino hizo de la libertad una virtud cívica en la que resonaba el eco de Grecia y Roma, donde la ciudadanía era una condición honrosa no sólo por los derechos que comportaba, sino por las responsabilidades que llevaba consigo; por ejemplo, la de luchar por la ciudad hasta dar la vida. No en vano Horacio escribió que era “dulce y honorable morir por la patria”.
Este humanismo surge de la herencia grecolatina y la filosofía judeocristiana con su legado bíblico a las espaldas y la universalidad como divisa. Giovanni Pico Della Mirandola comienza su célebre “Oración sobre la dignidad del hombre” recordando a Moisés y a Timeo. Sabe árabe y hebreo, latín y griego. No rompe con el humanismo medieval, sino que lo continúa. El Renacimiento florentino forma parte de una tradición que se remonta a la antigüedad y que se prolonga hasta nuestros días entre innumerables dificultades que van desde el declive de la enseñanza de las Humanidades hasta el desprecio de la dignidad humana.
Parte de la evidente crisis que atraviesa la Unión Europea proviene, precisamente, del olvido -y peor aún, del desprecio- de sus raíces. El adanismo de nuestro tiempo pretende que todo lo hemos creado nosotros, pero no es cierto. Europa la construyeron hombres como San Bonifacio y mujeres como Santa Isabel de Hungría. A partir del Limes, la frontera del Imperio Romano, la influencia del humanismo antiguo y medieval llegó hasta el Báltico y el Mar Negro, hasta el Mar del Norte y los grandes ríos de Rusia y Ucrania. La tradición bizantina resplandece en esta pintura de Fra Angélico que atesora el Prado. Es la misma cuya huella podemos ver en la Anunciación de Novgorod (S. XII) o en la Trinidad del Antiguo Testamento de Andrei Rublev (S. XV) de la Galería Tretiakov de Moscú.
Por eso, podemos ver esta Anunciación no sólo como una obra de arte sacro -y esto ya sería muchísimo- sino como un espejo en el que contemplar el rostro de la civilización occidental. Europa, cuna de esa civilización, nació en los monasterios y la corte de Carlomagno, en Roma, en Moscú y en Kiev, en Bolonia y en Salamanca. Sin duda, en cada lugar tuvo peculiaridades, pero enriquecieron el fondo común que unía a los pueblos de Europa en lugar de borrarlo.
Así, el Parlamento Europeo que surja de estas elecciones tendrá que enfrentarse al reto de nuestro tiempo: devolver a Europa su verdadero sentido como comunidad de valores y principios enraizados en la propia Historia.