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TRIBUNA

La caída del régimen comunista. El colapso económico (I Parte)

sábado 01 de junio de 2019, 19:43h

Como todos saben, el día 24 de diciembre de 1991, cuando el mundo occidental estaba celebrando la fiesta de Navidad, dejó de existir, oficialmente, la Unión Soviética. El último máximo mandatario soviético, el Presidente de la URSS, Mijail Gorbachiov, lo anunció, ese día, en un discurso televisado al mundo entero. Así acabó el Régimen Comunista en el país más grande del planeta, donde fue implantado en octubre de 1917, tras el golpe de Estado dado por el Partido Bolchevique en la milenaria Rusia Imperial.

Por qué, 74 años después de su implantación, este régimen, que pretendía demostrar al mundo “capitalista”, que su sistema “socialista” era más próspero, más igualitario, más justo y que hacía a las masas populares más felices, se fue a pique desintegrándose por completo en sólo 6 años, sin ninguna revolución ni sublevación interna, y sin que se hubiese perdido ninguna guerra, simplemente a efectos de las reformas emprendidas en 1985, por el último presidente de la URSS, Mijail Gorbachiov, para “mejorar” aún más el régimen establecido?

Vamos a tratar de analizar las causas de la “mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” como la ha denominado el presidente ruso, Vladimir Putin.

EL FRACASO ECONÓMICO.
Una de las principales causas de la caída del régimen comunista soviético fue, sin duda, el fracaso de la política económica llevada a cabo durante la existencia de la Unión Soviética.

Éste era un sistema centralizado, planificado y dirigido por el propio Estado Soviético.

Una economía en la que el Estado tenía en sus manos tanto los medios de producción, como la distribución de los bienes producidos.

La propiedad privada fue excluida por completo de toda actividad económica dentro del sistema, por lo que no existía un mercado libre para la circulación de bienes y servicios. El Estado fijaba los precios de los bienes de producción y de consumo.

Para construir este Sistema Socialista, los bolcheviques tuvieron que destruir totalmente el anterior sistema capitalista en el que se basaba el régimen zarista. Tardaron casi 20 años en lograrlo.

El principal objetivo de los bolcheviques, tras la Revolución de Octubre de 1917, consistió en que la Rusia zarista, que era un país agrícola con el 80% de su población viviendo en el campo, se convirtiese en una potencia industrial.
Veamos, brevemente, cómo persiguieron este objetivo

1. El Proceso de industrialización.

Durante los primeros quinquenios se construyeron miles y miles de nuevas fábricas, se levantaron nuevas y modernas centrales eléctricas y enormes complejos industriales. Se desarrollaron más de 6.000 objetivos industriales en un plazo inferior a 10 años.

Los dirigentes bolcheviques aprovecharon, con habilidad, la crisis económica en la que se encontraban las principales potencias occidentales a finales de los años 20 y principios de los 30 – justo en pleno desarrollo de los primeros planes quinquenales – para la industrialización del país soviético y compraron en el exterior, a precios muy bajos, la maquinaria más moderna que existía en Occidente y que no podía producirse por la industria soviética aun sin desarrollar.

Así que, Alemania, Francia, Gran Bretaña, EEUU y otros países desarrollados contribuyeron a la construcción de una poderosa industria en el país soviético que sería su futuro peligroso rival. Por tanto, la idea, muy difundida, de que el primer país socialista soviético sufrió un bloqueo económico por parte de las potencias occidentales, es un puro mito creado por la propaganda soviética.

Y, ¿de dónde se sacaban los recursos para la inversión interna y para tan importantes compras en el exterior?

Los bolcheviques decidieron sacar del campo todos los recursos necesarios para la rápida industrialización del país.

En la época zarista se empezó a llevar a cabo la industrialización de Rusia con un desarrollo equilibrado entre el sector industrial y el agrario. Se dosificaba el traspaso de recursos del campo a la ciudad.

Por el contrario, los bolcheviques, con Stalin a la cabeza, decidieron hacerlo con un ritmo vertiginoso, dentro de un clima de terror político y de persecución de todos los que se opusiesen a la idea de Stalin de llevar a cabo una industrialización muy rápida y a cualquier coste.

Uno de estos costes fue la desestabilización del tradicional sector agrario ruso, producida por la segunda gran reforma económica bolchevique: la reforma agraria llamada la colectivización que comentaremos a continuación.

2. El proceso de Colectivización.

Los bolcheviques colectivizaron absolutamente toda la producción agraria. Obligaron a millones de campesinos “libres”, que cultivaban sus propias parcelas, a integrarse en unas granjas colectivas, llamadas “koljoses”. En ellas, la tierra, los medios de producción y el fruto del trabajo de los campesinos ya no pertenecían a ningún miembro del “koljoz”, sino que teóricamente pertenecía a toda la colectividad sometida al control directo de su “nuevo amo”, el Estado.

Al Estado Soviético le resultaba más fácil controlar y dominar unos cien mil “koljoses” que varios millones de haciendas individuales. Ahora toda la producción agraria estaba en manos del Estado, y este podía dedicar el principal recurso del país para financiar los objetivos de la industrialización. Los productos agrarios, principalmente los cereales, se destinaban a la exportación para obtener divisas fuertes con las que poder comprar la maquinaria occidental necesaria para la industrialización.

Como resultado de la política de colectivización bolchevique, los campesinos soviéticos vivieron en una miseria tremenda. Sus ingresos anuales se aproximaban al sueldo mensual de un obrero. Por tanto, la población rural intentó, por todos los medios a su alcance, fugarse a las ciudades para buscar trabajo en el sector industrial, lo que, precisamente, favorecía los planes bolcheviques.

La productividad del campo colectivizado cayó tanto que muy pronto la URSS tuvo que empezar a importar más y más productos agrarios, principalmente, cereales.

Entre 1896 y1913, durante el régimen zarista, Rusia exportaba más cereales que EEUU, Canadá y Argentina juntos. En el decenio 1928-1938 (los dos primeros quinquenios bolcheviques), la productividad de la agricultura soviética bajó un 25%, lo que no había ocurrido nunca. Y no se recuperó el nivel de producción previo a esta crisis hasta 1954.

Pero lo más grave de la colectivización del campo fue que produjo tres hambrunas masivas y numerosas víctimas. Entre 1921 y 1922, 5,5 millones de muertos; en 1932 y 1933, 7 millones de muertos; y en 1946 y 1947, otros 2 millones. En total, casi 15 millones de vidas humanas, mayoritariamente entre la población campesina, producidas porque el Estado exportaba la mayor parte de los productos “confiscados” a los campesinos, luego abastecía las ciudades y los centros industriales – ¡la industrialización por encima de todo! – y sólo, al final, lo poco que quedaba se destinaba al campo, pero en los periodos de las hambrunas no quedaba nada para el campo devastado.

El régimen soviético, en sus 74 años, nunca pudo recuperarse de este hundimiento de su tradicional sector agrario. Esta circunstancia jugó, como vamos a ver a continuación, un papel fundamental en el colapso económico de la URSS previo a su desintegración.

Y todo esto se produjo a pesar de que el Estado soviético, con el tiempo, hizo grandes inversiones en la agricultura, intentando aumentar la producción agrícola para satisfacer el consumo interno, disminuir la importación y volver a la exportación.
Así en el periodo 1971-1985, las inversiones estatales en el sector agrícola superaron los 579.000 millones de rublos, pero el crecimiento “real” del producto agrícola resultó ser cero. Las cosechas medias de cereales desde 1981 a 1985 no superaron los índices de 1971 a 1975.

¿Por qué tenían tan poca efectividad los enormes recursos invertidos por el Gobierno soviético en el sector agrícola?

La respuesta es clara: la razón era que el daño causado por la política de colectivización bolchevique en los años 20 y 30, a la hasta entonces próspera agricultura rusa, resultó irreparable. La brutal degradación social que se produjo en el ámbito rural en los primeros tiempos soviéticos, quitando a los campesinos “colectivizados” todo incentivo para trabajar bien y eficazmente, como ellos habían estado haciendo en sus propias parcelas antes de la colectivización, hizo totalmente ineficaces las inversiones posteriores.

Otro factor importante fue el propio sistema socialista en el que el precio se establece centralizadamente según decisiones de los órganos gubernamentales. Se carece de los mecanismos de mercado para regular los desequilibrios entre oferta y demanda, y no se permite que la subida del precio incentive la oferta y por tanto incremente el interés de campesino para producir más productos alimenticios.

Comienzo de la crisis social.

La ineficacia del sector agrario afectaba seriamente a la economía soviética y al bienestar social del pueblo entre los años 60 y 80. Se convirtió en un auténtico problema político-social, que dio enormes quebraderos de cabeza a los dirigentes del país. Porque, como todos sabemos, “con el pan no se juega”.

En el sistema económico socialista el abastecimiento de la población depende de los acopios de productos agrícolas que realizan los organismos estatales, vendiendo luego dichos productos a la población a través de la red de tiendas estatales. El Gobierno es el único responsable de dar a comer al pueblo. Y cuando no lo puede hacer, el pueblo empieza a dudar no sólo de la competencia del Gobierno, sino del propio sistema.

Desde los años 30 al principio de los 50, esto es, durante la época estalinista, la estabilidad del régimen comunista se basaba en el temor de la sociedad ante el poder bolchevique que reprimía brutalmente cualquier atisbo de oposición a su régimen, y cualquier expresión del malestar y descontento de los ciudadanos.

Pero después de la muerte de Stalin (en marzo de 1953) y el comienzo, en 1956, de la política de desestalinización y “deshielo”, puesta en marcha por Nikita Jruschiov, la población dejó de temer nuevas represiones masivas por parte del Gobierno.

Así que las protestas contra la escasez de productos de consumo se manifestaron abierta y atrevidamente. La represión, al estilo de Stalin, era ya imposible. La utilización de la fuerza de la policía y del ejército fue cada vez más limitada y resultaba contraproducente.

Las manifestaciones de protesta surgidas en la ciudad de Novocherkask, en 1962, así lo demostraron. En ellas participaron miles de personas, indignadas por la subida de los precios de los principales productos de consumo popular. Las autoridades intentaron reprimir la manifestación utilizando las tropas acuarteladas en la propia ciudad, pero los soldados, en lugar de enfrentarse a los manifestantes, se pusieron de su parte, abrazándose y besándose con ellos.

Para mantener la “paz social” las autoridades seguían manteniendo el principio de no subir los precios, ya que la propaganda soviética, siempre, señalaba que la estabilidad de precios era un logro indiscutible de la economía socialista, a diferencia de la economía capitalista que producía una escalada de los precios de los artículos de consumo popular. Y el pueblo soviético lo aceptaba como una inquebrantable “norma socialista”.

Así que, la subvención de los productos alimenticios se convirtió en una norma generalizada dentro de la economía soviética. Un dato muy relevante: a finales de los años 80, la subvención de los productos agrícolas costaba a las arcas del Estado soviético entre el 10 y el 12% de su PIB, esto suponía la quinta parte de todos los gastos del Estado.

Así que al no poder subir los precios mientras escasean los productos, el Gobierno optó por recurrir a la importación de cereales y de otros productos que no podía proporcionar, en cantidad suficiente, la agricultura propia.

La dinámica del crecimiento de las importaciones de cereales fue vertiginosa: 2,2 millones en 1970, 29,4 millones en 1982, 46 millones en 1984. ¡Un fracaso absoluto de la agricultura soviética!

Estas compras masivas de cereales exigían gran cantidad de reservas en divisas o en oro. Las reservas de oro en la URSS nunca fueron grandes. En 1937 se declaró que estaban en torno a 374 toneladas y se mantuvieron en este nivel durante mucho tiempo, llegando a 720 toneladas, en 1985. Casi todo el oro producido se gastaba en la propia industria y en compras en el extranjero de todo lo necesario para la industrialización del país. Por ello las reservas se mantuvieron siempre en un nivel mínimo.

Obtener divisas por medio de la venta de productos manufacturados producidos por la industria soviética, no era factible, ya que dichos productos eran de muy baja calidad y poco competitivos con los análogos occidentales, como comentaremos más adelante.

El conseguir el volumen necesario de divisas fue un verdadero quebradero de cabeza para los dirigentes soviéticos. Pero, de repente, se produjo un milagro. La salvación. Por lo menos, así lo parecía. Este milagro fue …

El maná petrolífero.

En efecto, en los años 60 se descubrieron enormes yacimientos de petróleo en la Siberia Occidental. El Gobierno apoyó decididamente la explotación del petróleo siberiano. Una parte sustancial de él se destinó, inmediatamente, a la exportación, para paliar la escasez de divisas, tan necesarias para la compra, en el extranjero, de productos alimenticios y de las avanzadas tecnologías occidentales, como ya se ha dicho.

El crecimiento de la producción de petróleo siberiano fue vertiginoso. En sólo diez años, de 1965 a 1975, su producción creció de 1 millón de toneladas a 148 millones, o sea, se multiplicó por 148. Y en 20 años, de 1965 a 1984, creció 378 veces, desde 1 millón de toneladas a 378 millones.

Empezó la exportación masiva de petróleo y gas a los países occidentales que pagaban con divisas fuertes.

El crecimiento de las exportaciones de crudo fue impresionante. En 1975 se exportaron 93,1 millones de toneladas; en 1980, 119 millones; y en 1983, 130 millones. Más del 20% de la producción total.

En el año 1980, el petróleo y el gas suponían ya el 67% de todas las exportaciones de la URSS a los países de la OCDE. La URSS, gracias al crudo siberiano, se convirtió en solo 24 años, los que van de 1960 a 1984, en el primer productor de petróleo del mundo. Era un verdadero maná que brotaba de las heladas entrañas de la tierra siberiana y se convertía literalmente en panes, salvando al país de una quiebra alimenticia total.

Pero no sólo alimenticia. Las divisas obtenidas con la exportación de crudo permitían al Gobierno soviético aumentar las compras de todo tipo de artículos de gran consumo que escaseaban en el país, de maquinaria occidental y de los componentes tecnológicos necesarios para renovar su industria, cada vez más obsoleta y, además, proporcionaron los recursos necesarios para seguir la carrera armamentística, consiguiendo la paridad nuclear con los países occidentales.
Así que, los dólares norteamericanos no sólo permitieron mantener la estabilidad de la economía soviética durante los años 70, sino que, también, ayudaron a crear una falsa imagen de la URSS. La imagen de una gran potencia mundial comparable con los EEUU.

Hay que subrayar que a este aluvión de petrodólares que entró en las arcas del Estado soviético, contribuyó el inusual crecimiento del precio del crudo en el mercado internacional, especialmente, en 1973-1974 y luego en 1979-1981, debido a las crisis en Oriente Medio. La entrada de divisas subió de unos 2.500 millones de dólares en 1972, hasta 26.000 millones en 1983.

Pero este maná petrolífero, como veremos más en adelante, se convirtió, al final, en una maldición para la economía de la Unión Soviética. No solucionó sus problemas endémicos y estructurales que eran la ineficiencia, o sea, la baja productividad en la agricultura y en el sector industrial; la baja calidad de sus productos; los altos costes de producción; y un retraso tecnológico generalizado.

Vamos a analizar estos aspectos con más detenimiento en la II Parte de este artículo.

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