Después de jurar y perjurar que no apoyaría al PSOE de Pedro Sánchez, Ciudadanos ha anunciado que no se sentará a negociar con Vox; lo que es lo mismo que decir que sus melindres centristas mantendrán a Manuela Carmena al frente del Ayuntamiento de Madrid y que la Comunidad será presidida por Ángel Gabilondo, además de favorecer que los socialistas gobiernen las Comunidades de Castilla y León, Aragón y Murcia e infinidad de Consistorios. Porque no solo se niega a negociar con Vox, si no que se postula para hacerlo con el PSOE.
Albert Rivera ha logrado situar a Ciudadanos como el tercer partido en el Congreso de los Diputados por su valentía al denunciar al PSOE por humillarse ante los separatistas para mantenerse en el poder. Ha obtenido una histórica victoria en las elecciones autonómicas de Cataluña por su atinado discurso contra los que intentaron subvertir el orden constitucional. Ha acertado en sus planteamientos liberales. Pero todo ese bagaje se desmoronará si se arruga ante la propaganda progresista y permite que la izquierda se imponga en Comunidades y Ayuntamientos por el complejo de negociar con Vox.
Es verdad que el partido de Santiago Abascal tampoco ha ayudado a culminar los pactos de centro derecha. Sus balandronadas, exabruptos y memeces ultras han permitido a los voceros progresistas calificarlo como un partido de extrema derecha. Y Ciudadanos ha preferido mantenerse impoluto. Pero resulta evidente que pagará cara su cobardía. Porque hay un abismo entre sentarse a negociar con Vox, un partido extremista pero que defiende la Constitución y la Monarquía parlamentaria, a echarse en brazos de Gobiernos Frankenstein por doquier.
Albert Rivera comete un grave error si cree que Ciudadanos seguirá alimentándose de los desencantados del PP pactando con el PSOE. Puede ser el principio del fin del partido naranja. Porque si las astracanadas de Vox y los centrismos de Cs permiten al PSOE gobernar a su antojo en toda España, al final, ambos partidos lo pagarán caro. El uno, por su imaginario centrismo; el otro, por su estúpido extremismo. Y Pedro Sánchez, feliz. Ya sabe que puede elegir entre Ciudadanos y los golpistas para gobernar allá donde quiera.