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TRIBUNA

La Argentina ante la decepción y el miedo

miércoles 12 de junio de 2019, 20:52h

En su República, Platón razona que la forma en la que debe gobernarse un pueblo es a través de la observación permanente y pragmática de la realidad; a lo que se suma la puesta a prueba de cambios y mejoras idealistas, a cargo de los seres más sabios de la sociedad; luego Aristóteles, su brillante discípulo, propone un enfoque científico de la política, donde el análisis social se haga tomando en cuenta diversos elementos que van desde lo económico a lo mental y de lo cultural a lo jurídico, estableciendo relaciones de causa y efecto. En ambos casos, maestro y discípulo coincidían en la necesidad de alentar una clase media que atenuase la brecha existente entre los más ricos y los más pobres. Difícil equilibrio aún no resuelto del todo que sigue preocupando al mundo. También la oligarquía y la oclocracia, puntualmente formuladas por Polibio, se presentan como variables de un sistema democrático que no ha encontrado un centro equidistante de intereses. Tal vez (¿por qué no?) para gobernar se necesite la actitud estabilizadora y humanista del artista.

Melancólico camino el de nuestro tiempo, que aún en la indefinición y en manos de líderes ecuménicos desconocedores de estas básicas premisas, preocupados menos en el bienestar de sus pueblos que en las inmediateces electorales, sumadas a la codicia del poder por el poder mismo, hacen que la política tenga poco en cuenta los valores históricos, éticos y morales, acaso cada vez más en desuso. Es así, como en este momento de la historia, con los vaivenes de un juego de toma y daca donde vale todo, la Argentina se apresta, “ante la decepción y el miedo”, a navegar en aguas tormentosas de cara a las próximas elecciones presidenciales; también ante un precipicio de incoherencias que se profundizan cotidianamente entre la incultura y la falta de escrúpulos.

Como corresponde, todos en campaña, enfatizan sobre el mejor de los mundos y entre acusaciones cruzadas se sumergen en frívolas negociaciones, con menos definiciones, que magros programas que no alientan un futuro propicio, sobre todo para los más necesitados. En ese abanico los hay de todos los colores y hasta los neutros que se diluyen en sus propios grises donde aparecen los que intentan seducir a los electores y proponen enfrentar lo que se viene, equidistante de ellos mismos como de los resignados ciudadanos que los eligen; simultáneas partidas de ajedrez, que se limitan a inicios de decisiones tomadas en muchos casos sin garantías jurídicas o, incluso, en contra de los propios candidatos. Estas urgencias, a menudo se incumplen a raja tablas con falsas promesas que parecían hechos consumados y se produce una confusión de bastardas sospechas, intrigas y teorías conspirativas. Todo, rozando siempre hasta lo disparatado, con protagonistas inverosímiles y propuestas que exhiben y operan en consecuencia.

Eso sí de un programa común, generoso y patriótico para sacar la nación adelante, nadie habla con propiedad y sin propuestas concretas todas son conjeturas que se volatilizan, mientras cada cual echa agua para su propio molino denostando al enemigo y exhibiéndose como el mejor. Pareciera que dependiendo de quién gane será posible determinar quién tiene razón; las posibles victorias a través de contradictorias alianzas minimizan las dudas previas y hacen olvidar las miserables circunstancias en las que se exponen debilidades en un panorama nebuloso y repleto de interrogantes. Las derrotas, por el contrario, agigantan los cuestionamientos.

Muchas de las propuestas giran en torno a las fórmulas que para nada hacen la diferencia y donde se mezclan las candidaturas a presidente o gobernadores, bajo el descontrol de una realidad abrumante y arrolladora, con mayor endeudamiento, volatilidad cambiaria e inflación cada vez más galopante, y bajo índices de pobreza que condenan al hambre a miles de niños. Otro de los elementos que caracterizan la actual situación es la incertidumbre respecto de la dinámica económica, en particular entre las primarias que se juegan ahora y las elecciones de octubre. Los optimistas del Gobierno consideran que lo peor ya pasó y el presidente, principal vocero de su gobierno, pronuncia desaforados discursos que, según las cifras, parecen referidas a países como Suecia o Finlandia. Si bien se admira a los Estados Unidos, las políticas económicas que se aplican, definitivamente regresivas, parecen provenientes del Congo o Mozambique. En el país de la incongruencia todo puede ser posible.

En definitiva esto es la democracia, muy ligada hoy a los titulares de los medios de comunicación, y donde, como dice el tango, aparecen todos “manoseados en un mismo lodo”; en nuestro caso bajo un sistema de disparates sin demasiadas ideas y expuestos a las venalidades y lugares comunes que contaminan a la política argentina.

Otros interrogantes se centran en el potencial equilibrio de poder entre los integrantes de una determinada coalición electoral; aunque están también quienes buscan mayor protagonismo en una eventual segunda administración del actual gobierno de la coalición Cambiemos (ese fue el reclamo central del radicalismo en su reciente convención partidaria) y, fundamentalmente, quienes dudan de la independencia o autonomía que tendría el delfín de la señora Kirchner en el caso de ganar la elección. La añeja consigna: “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, parece repetirse entre bambalinas de presentaciones de libros y tierra bajo la alfombra. Todo reflejado en el espejo de agua del país del eterno retorno, que sigue proyectando la misma vieja y gastada película.

Así, la oxidada cadena de suspicacias crece como consecuencia de la forma en que se consagran las candidaturas; nunca a través de un congreso partidario ni de un proceso deliberativo para sacar el país adelante, con políticas de Estado coherentes, sino como resultantes de una decisión personalísima de los deteriorados candidatos sean de un lado o del otro, tirios o troyanos. Habrá elecciones, sin duda, puede haber cambios, pero pocos se preguntan qué quedará después del 10 de diciembre, la fecha en que asumirá en nuevo gobierno. ¿Se podrá revertir la situación con un contexto internacional adverso? Nadie lo sabe. Con especulaciones, todos comparten un mismo pecado donde nadie captura las características centrales de tan repetido y peculiar escenario. Se habla de otra regresión a lo anterior; pero, sin tener en cuenta de que todo es regresión y decadencia, y que, lo peor puede siempre suceder a lo malo, enojosa cuestión que se repite en la Argentina como un teorema de Pitágoras.

No caigamos en la torpeza de dar nombres. Cualquiera por más complicidades que busque, suponiendo que encuentre un sendero, no le será fácil gobernar; sino, por el contrario, le será demasiado arduo. Habrá que caminar por un estrecho y tramposo desfiladero, para lo cual se deberá desplegar una gran capacidad de negociación, persuasión, disuasión y disciplinamiento.

Todos sabemos que la elección de autoridades mediante el voto constituye el momento estelar de toda democracia. Mediante el voto se legitima a la vez que expone al poder político. Quienes lo manejan deben rendir cuenta de su actuación. En cierta forma, en un país normal la elección democrática invierte el orden de prioridades del sistema, colocando en primer lugar las demandas sociales y no el interés de los grupos dominantes. Mediante los comicios, la decisión del pueblo determina la suerte de los proyectos de las elites políticas y económicas. Aunque el sufragio esté condicionado por distorsiones cognitivas, manipulaciones u otras asimetrías, el dictamen que arroje definirá la conformación del gobierno y la oposición. El elector no tiene demasiado control sobre lo que harán los elegidos, pero es decisivo para determinar quiénes serán y cuánto durará el mandato.

Ahora bien, elegir por métodos democráticos no garantiza ser gobernados democráticamente y esa es la base del desencanto que sufren los argentinos expuestos a las obscenas intrigas de los servicios de inteligencia y la manipulación de la justicia. Las fórmulas, en conclusión, no son más que una herramienta para constituir coaliciones electorales más o menos posibles con las que se pretende llegar al gobierno. Lo que consolida y ofrece una salida va por otro camino. ¿Cuál? No lo sabemos aún. “Se hace camino al andar”, dice el famoso verso de don Antonio Machado. El país, mientras tanto, con tasas de interés que superan el 70 por ciento, se encuentra sumergido bajo la hegemonía económica de financistas y banqueros que rigen el mercado. Como siempre, todo está en veremos. Eso sí, todos lo saben, sin unidad ciudadana no hay salvación posible.

En estas condiciones poco inviables, la Argentina parece una nación difícil de encasillar. No será Venezuela ni lo puede ser. Pero tampoco Brasil, Chile o México, a los que no se asimilará mientras su amplia clase media aun dando manotones de ahogado se mantenga a flote. Esta república posee, además otras singularidades perturbadoras, la de tener, como si fuera poco, un Papa es argentino con marcada tendencia hacia lo popular, que se inclina abiertamente por los pobres. Con estos antecedentes, es probable que al FMI, que ya se las ve venir, no le quede otra posibilidad que renegociar en 2020 más allá de quién gane la presidencia. Acaso esta transacción ayude a la síntesis entre racionalidad económica y justicia social que el capitalismo global le debe a la democracia.

La conclusión es que la grieta se agranda. Las huestes del gobierno de Cambiemos parecen desconcertadas, porque el Presidente, arrasado por la crisis económica no levanta cabeza en las encuestas ni en las anticipadas elecciones provinciales, y hasta es probable “que pierda por goleada”, para usar un término futbolero. Los opositores, aún divididos, no están en una situación más cómoda. En tanto los ciudadanos de a pie, como siempre, “ante la decepción y el miedo”. Y acaso con muy poco derecho a la esperanza.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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