¿Hasta dónde nos merece la pena participar en una formación política de una política interna sin honor? Más aún, ¿es decente participar si quiera de lejos en una política así? Cuando un Partido ha perdido su honor, no por el programa político, sino por el comportamiento sectario y patrimonializante de sus dirigentes – por ejemplo, regionales –, es imposible que exista el entusiasmo moral que pueda mover con ímpetu a los afiliados al combate democrático para imponerse como mundivisión en la sociedad, y sólo se moverán aquéllos a los que los amos del Partido hayan concedido algún privilegio, sinecura o corruptela ( cargos de representación en órganos políticos, o simplemente trabajo remunerado en el propio Partido ), y jamás desde luego por el citado entusiasmo moral. Es así que en ocasiones son los propios partidos las implacables máquinas trituradoras de ese entusiasmo moral y honradez radical que fundamentan una verdadera sociedad democrática.
Sólo en el caso de Partidos que abrazan una verdadera escatología política, es decir, aquellos que dividen la Historia en dos eras, la era de la opresión, y la era dichosa en que ellos tendrán todo el poder, y, que, por tanto, liberarán al hombre de sí mismo, como son todos los partidos de la izquierda, que nos vaticinan un paraíso futuro, se podría “sobrellevar” o “tragar” las corrupciones humanas del Aparato en aras de ese futuro sagrado y prometido. Pero en un partido liberal, es decir, en el partido en que la única fe se fundamenta en las personas singulares y su honradez supuesta, no se puede tragar en aras de nada ni el deshonor ni la doblez. Los liberales no creemos en un futuro paraíso terrenal, pero si queremos y combatimos por la actualización diaria de la democracia formal, que defiende la libertad individual, el modo de vida particular, la igualdad ante la ley y el derecho a buscar la propia felicidad, en palabras de Thomas Jefferson, entendido en un sentido más profundo, más pleno y menos economicista – para los medievales la “proprietas” también atañía a la posesión de bienes espirituales
Para un liberal honrado no merece la pena militar en un partido de la derecha liberal sin honor; y sólo merece la pena en todo caso, y cuando el amor al Partido es sinceramente grande, para precisamente combatir en la entraña del Partido, y así conseguir extirpar el deshonor. Y es que la derecha liberal se fundamenta en el honor de las personas afiliadas al Partido, y la izquierda se funda en la pura escatología política, que prescinde del perfil moral de cada militante. La izquierda se ha quedado en las eras, dos para los judíos veterotestamentarios ( olàm hazzaehy//olàm habbah ), y cuatro para los griegos de Hesíodo – oro, plata, bronce y hierro -. Se explica que Marx fuera judío, además buen doctor de Filología Clásica. Pero saltó desde la escatología bíblica a los “foedera fati” de Epicuro, sin pasar por el advenimiento del lógos jonio.
Los conservadores, por su parte, a diferencia de la izquierda, y del realismo liberal y humanista, tienen una mundivisión parecida a la de las profecías egipcias, que no se orientan hacia un futuro escatológico, sino que miran hacia atrás, y constituyen una forma especial de concepción del eterno retorno cíclico de la naturaleza con su casi regular separación de los tiempos ( eones ) de salvación y calamidad. El genial Eugenio D´Ors participaba un poco de esta milenaria visión egipcia.
La ley estructural de la promesa y cumplimiento se convierte en puente y origen de la escatología marxista y veterotestamentaria. Una tierra que mana leche y miel ( o que todos tengan un sueldo por nacer ). La dicha perpetua en una tierra fértil con abundantes lluvias ( o que todos tengan subvencionado su ocio ). Todos los “reyes” mesiánicos como Maduro pertenecen a la dinastía davídica, fundando su triunfo final en una esperanza puramente intramundana. Contra este proceso escatologizador de la izquierda los liberales apostamos y proponemos el exacto cumplimiento performativo de la mayor revolución de todos los tiempos: la democracia formal. En lugar de ocultar nuestras vergüenzas y codicia bajo las banderas de un futuro invisible nos fiamos de un mundo presente en que deambulan muchas personas con honor. No pudiendo ser jamás un partido liberal mesianista, y esto por definición, se acaba siempre disolviendo si en él no prevalece el honor y la nobleza moral.
Un Partido de derechas no puede tener dirigentes de izquierdas, “ni siquiera” comerciales con apabullante mediocridad intelectual. Las derechas sólo pueden volver a vencer no prometiendo futuros bíblicos, sino cuando de nuevo sean, como a mediados de los años 90, la vanguardia cultural de España, y dote al país de una mundivisión mayoritaria. No hay derechas triunfadoras si sus líderes no son cultos y técnicamente solventes. No hay derecha triunfante sin afiliados con sentido del honor y de la dignidad propia de las personas.
Con seguir vitoreando al líder neciamente envalentonado, que por sectarismo fue derrotado y causó mayoría absoluta socialista, el centro-derecha no va a recuperar el poder, sino que se seguirá hundiendo en el deshonor. Convertir los comités provinciales y regionales en foros para una clamorosa ovatio a los líderes derrotados, y no en lugares y momentos para el análisis crítico y los balances, supone a la corta enquistarse en la derrota, y a la larga el suicidio y desaparición del Partido. La derrota del PP en algunas regiones tiene unos rasgos de responsabilidad mayor que en los Partidos de Izquierda, pues para los conservadores y liberales en general lo que importa sobre todo es la ejecutoria y comportamiento personales, y para la izquierda los siempre inalcanzables ideales mesiánicos y la evanescente esperanza escatológica, que justifica cualquier cosa y cualquier pacto criminal y antipatriótico. Enfrentarse a las urgencias y problemas reales del hoy – sobre los afanes del mañana ya nos advirtió Jesús qué teníamos qué hacer – precisa reclutar hombres honrados, no cobistas, e intelectualmente capaces, no cuervos aduladores – kórax/kólax -. La fe en la Democracia exige pensar que el pueblo tiene sabiduría inmanente, y que es ridículo amonestar o reñir al pueblo por votar a quien vota. Hacer eso supone una impertinencia despótica, y es tanto como expresar impícitamente la megalomanía de los dirigentes que lo dicen. “Este pueblo tonto no es merecedor de mi grandeza”.
Hay una edad para todos, a la que uno ya ha llegado, en la que ya no merece la pena inclinar la cerviz por nada ni por ningún Alejandro o Nabuconodosor, salvo por el honor. Esa edad en un liberal de raza debería corresponder también a la juventud.