Los vestidos de las princesas
Martín-Miguel Rubio Esteban
miércoles 06 de agosto de 2008, 21:52h
Para la diseñadora de modas Coco Chanel el lujo no es lo opuesto a la pobreza sino a la vulgaridad, y “la vulgaridad suele ser ostentosa”, seguía diciéndonos la genial esteta de la imagen. Un lujo vulgar puede ser, además, subversivo desde el punto de vista social si la cúspide del poder hace ostentación de un lujo desafiante en medio de una grave crisis económica o que no se compadece para nada con las dramáticas situaciones del país o con diversas desgracias nacionales.
En la Atenas Clásica el general Nicias, un eupátrida de recio abolengo, obligaba a su hijo a estudiar de memoria los poemas homéricos. Y esto era considerado un elegante lujo ( “ruphel” ) por la aristocracia ática, como el hecho de pagar a Protágoras para que enseñase al joven Hipócrates. Un lujo que la Democracia ática soportaba mejor que la masiva tenencia de caballos. Saber tocar el aulós – especie del óboe actual -, bailar, componer canciones, cantar y practicar el deporte eran otros lujos consustanciales a los príncipes. Pero siempre el lujo – incluido el más civilizado y de mejor gusto – tenía que justificarse con las obligaciones y responsabilidades que debía acarrear el hecho de estar en la “summa crusta” de la sociedad.
La República Romana, con sus “Leges Suntuariae”, jamás permitió que las hijas de los más grandes aristócratas vistieran una túnica distinta a las del más pobre civis rei publicae, pues consideraban que el vestido era una representación política material de la igualdad de los ciudadanos.
Una Democracia saludable no puede corromperse por el lujo ( “ruphel” ) que transciende la materialidad icónica de sus líderes. Y a veces los lujos de una monarquía, por exquisitos que sean ( los caros diseños de los ropajes de las princesas ) podrían convertirse en agentes corruptores de una democracia, y agentes corruptores de muy mal gusto si además el país sufre una crisis.
Así, yo estaría irritado – lo digo como hipótesis de elucubración política, como mero supuesto de lógica política -, por ejemplo, verbigracia, for instance, si la mujer del Jefe del Estado de un país con graves problemas económicos fuese la mejor vestida de las primeras damas del mundo. Me parecería una descocada e indecente falta de sensibilidad por parte de ella. Además de constituir una horterada desaprensiva. Y los ciudadanos de ese país no deberían consentir que la suntuosidad placentera de quienes viven en la cima del poder político no guardase la discreción debida y una mínima compostura.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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