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El horror de la gente: Beauvoir y Primo Levi

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 02 de agosto de 2019, 19:39h

Setenta años de la publicación de El segundo sexo y cien de la muerte de Primo Levi: escritores ajenos al populismo y a la masa sudorosa, escritores de la hipotaxis o subordinación, sin la que Sánchez Ferlosio no entendía la literatura, escritores del interior y su cosecha. Beauvoir caminaba cuarenta kilómetros diarios -se dice pronto- por París. Escribía en los cafés –por el calor- y siempre a ritmo lento y seguro. Tuvo amores contingentes (varios amantes) e imprescindibles (Sartre). No dio importancia al dinero y fue una escritora más de buhardilla parisina (Cioran, Beckett, etc) y pequeños lujos, esporádicos, a título de festividad, como comer o cenar fuera.

¿Se duda hoy de la condición clásica del El segundo sexo? Setenta años –veintidós mil ejemplares su primera edición en una semana- son muchos años. Sus tesis, feministas aparte, son de una limpieza luminosa: no se nace mujer, se hace una mujer, sí, la vieja oposición entre Naturaleza y Cultura, una es más mujer con estudios superiores, con un sueldo, culta y en sus lecturas, en desafío y alerta permanente de sí misma. Todo Beauvoir es un debate sobre el cuerpo, de ahí el primer tomo de su librito donde largos párrafos sobre biología y zoología nos traen el sueño del verano eterno y pacífico. Corporalidad de la mujer y su rol social, el significado social, la situación entre sus semejantes con respecto a su existencia e identidad, ése y no otro es el punto de partida. El cuerpo –de otro modo- ajeno a estereotipos y tabúes, fuera de toda discriminación.

El viaje del libro es de lo físico a lo íntimo, de lo externo a lo interno, de la coraza a la emoción: los usos amorosos, en el segundo volumen, la mujer en matrimonio o vejez, la mujer en vanguardia, son temas apasionantes de su óptica. “Lo personal es político”, emblema de todo Beauvoir. Todo es discurso, no hay frontera entre lo público y privado, sí trampa, sí anzuelo o excusa para la discriminación, necesidad frente a naturaleza sería otra oposición que permite el abuso. Ciudadanía pública en los varones, esfera privada en las mujeres, donde se presume que el terreno de la cosecha son los afectos, los deseos y mirar por la ventana. No, el feminismo bien entendido comienza por un sueldo, y eso Beauvoir lo tiene claro desde la primera línea. No hay vulnerabilidad en la mujer, sí ganas, y su conquista social no debe conocer frenos, teniendo bien claro que la mujer, al igual que el hombre, es su cuerpo. Otra vez lo de antes: la fisicidad, el discurso de la periferia al centro. Lo que vendría a decir, sí, que por abajo en pirámide social, la mujer debe encontrar un sueldo acorde con sus condiciones, igual que por arriba, la mujer más preparada o estudiada. Se convierte en poeta cuando habla o empieza a derivar sobre el cuerpo vivido y tantas otras maravillas, superada las oposiciones varón y hembra, masculino y femenino, del principio tedioso, donde escribía sin la estufa al lado, caminando, y se nota.

Las nuevas feministas hablan que su retrato sobre la fisicidad, esa foto, no es más que la aparición primera del cuerpo en la esfera pública. Visibilizar a la mujer, como primer peldaño, para evitar su crecimiento: es mujer, vemos que es mujer, no ha de taparse, y puede crecer hasta donde se proponga; experiencia corporal como escudo ante el mundo pero también como significación social, causa de desarrollo de la persona, vacuna contra la desigualdad social. El cuerpo femenino, no como vitrina a proteger, porque eso siempre será debilidad sino todo lo contrario: conocimiento de una misma e independencia entre el gentío. La palabra maldita de sus textos sabemos ya cuál es: patriarcado. La confabulación o complot de los hombres y varones (desde los progenitores) por no tener que lidiar en su discurso con el género contrario. Algo que, nominalmente, también debería separarse: hombre no solo como parte masculina de la humanidad sino también como la humanidad entera como género.

Élite intelectual Beauvoir desde el 24 de mayo de 1949, fecha en que sale el libro al mercado, todo lo contrario a hoy, jamás como promesa de literatura o escritura facilona y vacua. El subtítulo parecía otra novela: Los hechos y los mitos. El sello Gallimard, sobrio pero elegante, fue el mejor vestido para el baile. Convirtió a la mujer en sujeto de conocimiento, no objeto, todo aromado con el lema filosófico de la época (“La existencia precede a la esencia”) y quiso una sociedad de mujeres en libertad, democracia y crecimiento. Lo consiguió, vaya sí lo consiguió, y todas las ópticas poliédricas del libro (teológica, biológica, social, histórica, psicológica, psicoanalítica…) convergen en esa única y totalizadora. Empezó, a su aire, a su manera, explicando qué es una mujer, a partir de una hormiga, y tiene su gracia. Todo es vida, todo es hacerse para la mujer, todo es vida femenina en infancia, madurez, iniciación sexual, trabajo, y la propia casuística de la misma (la madre, la prostituta, la narcisista, la enamorada, la mística…) es la mejor literatura posible dentro del género. La puta respetuosa (1943) de Sartre nace de aquí, aunque pocos se han enterado todavía. Beauvoir quiere escribir unas memorias (esa literatura memorística/confesional de la luz, tan francesa, desde Proust, Víctor Hugo o Balzac) y le sale este libro raro, donde se da cuenta que el nudo gordiano es la condición femenina. Mujer siempre creativa –rechazo incluso de la maternidad a este respecto- y obra convulsa, ajena a la masa, porque es una confesión sin confusión: un tajo, la mejor autopsia, abrirse en canal y vomitona.

Primo Levi, a su aire, no se separó de los parámetros anteriores. Su condición de testigo del horror de Auschwitz perfila cada letra impresa, incluso las menos presumibles. Si esto es un hombre (1947) es crónica, es reportaje, es preguntarse igual que Beauvoir qué hace una persona común en mitad del genocidio nazi sin explicación racional. Es sobrio, es judío y es fino: su pensamiento es diálogo transparente con sus lectores, a la manera de Montaigne o Voltaire, por hilarlo con Beauvoir, donde la comunicación siempre reemplaza a la certeza. Fue químico de una fábrica de pinturas y trabajó durante treinta años en la literatura a modo de secreto o paréntesis (juntaletras de los que se ocultan, sí, a la manera de los ya dichos, Beckett o Cioran). Fue partisano en la Italia de Mussolini, tímido con las mujeres, superviviente del horror nazi y gestor, a su manera, de una biografía intelectual en todos sus libros, el río de la curiosidad y sus meandros. Hace memoria colectiva, sin querer hacerla, a partir de su intimidad, como Beauvoir, y por ahí todos los premios posibles y los imposibles. El mundo tras el señalamiento del terror nazi es otro, igual que el pensando para otra mujer desde su propio yo.

Ambos fueron escritores aislados y secretos (Beauvoir, Levi) ajenos a los gritos y rebuznos de la masa, más allá de la puerta del café junto a la estufa o en el barracón de al lado en Auschwitz. Ambos se separaron del horror de la gente para hacer una vida mejor para cada persona. Son la mejor vacuna contra el neopopulismo actual, contra la mentira de la gente desde la gente misma: el fake social. Los comunistas, de Lenin a Trotsky, querían hablar de pueblo y no de gente o gentío, y ahora viene la misma matraca, tal vez porque hablar de gente, en abstracto, es más fácil que de ti o de mí. Nadie quiere poner el discurso en su boca, como se hizo en la Transición, tal vez para que así no se nos descubra el chalé de cien kilos, el dinero de Suiza, los billetes arrugados bajo el colchón, la poltrona, la doble moral o vaya usted a saber qué. Nada de eso en los anteriores (Beauvoir, Levi) y tan solo honestidad brutal: la vida entera por la letra, muchos folios y plumas estilográficas, más ganas y poco dinero.

Diego Medrano

Escritor

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