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TRIBUNA

David González, rigor y boxeo

Miguel Ángel Gómez
lunes 26 de agosto de 2019, 20:13h

Corren y saltan los chicos del boxeo en veladas nada superficiales, los reiterativos y respondones bajo las luces cansadas. Eligen los equipos. Arthur Rimbaud y David González se ponen juntos ‒siempre ocurría lo mismo, a David González lo elegían el penúltimo, a Arthur, el último, y jugaban en diferentes equipos‒, ya van los chicos ardiendo en la hoguera de la historia. En la poesía de David González hay muchas etapas que son para él refugio de la libertad individual, denunciando y desembuchando cuando llega la ocasión. En esta nueva etapa nos anuncia, lanzándose a lo mismo, su poética: “Nunca me lavo las manos / antes de sentarme a escribir”. Cuando David González está descontento con la vida, hundiéndose hasta el último peldaño, madruga rebelándose, a las seis de la mañana, su estado de humor no es el rabelesiano, sino el estado de humor de Charles Baudelaire o Louis-Ferdinand Céline. Se va al gimnasio a dar sopapos. Es un boxeador que observa si alguien da señales de enfermedad o debilidad para pegar con ganas. El boxeo literario es como una herida que no cura hasta convertirse en un agujero sin fondo. David González arroja al agujero afirmaciones, frases de Truman Capote, citas, algún Judas, situaciones que traen dolor y angustia: “De momento, Manuela y yo nos vamos arreglando gracias a que Aguirre, amigo, lector y en ocasiones mecenas, me ha hecho una transferencia bancaria por importe de mil euros, que de no ser por eso...”. Lo que hay en “Lo que se puede contar” (Entropía Ediciones) son unos ojos de mirada fiera, unas manos nada cuidadas. El boxeo tiene una afición dura y poco entendida, a veces te obliga a retroceder a través de los años, por un túnel que no te entiende, y exaspera y deforma los espejos a ambos lados.

David González no abandona su estética inicial. Ganó a ligeros con dos combates con una pegada excelente. Tuvo el privilegio de editar y salir de editoriales, cuando le apetecía. Sin preparador, con su ansia de triunfar, era uno más de la familia. Vuelve una y otra vez en sus versos al mismo tema: “Escribir entraña una gran dificultad / y una responsabilidad aún mayor: / se trata de devolverle al papel / su condición de árbol”; “escribir, al menos para mí, consiste, las más de las veces, en realizar profundas y dolorosísimas prospecciones en mi memoria y en mi conciencia”; “mejor les echas / a esos pájaros / de los que tienes llena / tu linda y loca cabecita / unas migas de pan duro / y después presta atención / y escucha: / tienen algo que contarte: / tienen algo que cantarte / escúchalos / escúchalos te digo”. En el boxeo sólo existe el hambre. Lo anticipaba Henry Miller, en Sexus: “¿Por qué no escribes en el tiempo libre? Siempre has querido escribir. ¿Por qué no lo haces? No necesitas venir a buscarme tan a menudo. Mira, prefiero venir a casa y encontrarte trabajando en la máquina. No vas a estar toda la vida en ese empleo, ¿verdad?”. Muchos de los poemas están dedicados a la venta, al menudeo, que me recuerdan al mejor Julio Ramón Ribeyro, aquel que escribió “Prosas apátridas” y “La tentación del fracaso”, donde decía, sedante e hipnótico: 1) Si mañana no ocurre ningún milagro, me veré obligado a vender mis libros, es decir, el centenar de volúmenes que desde hace años me acompañan, a través de mil peripecias, y por los que siento un amor que no me atrevo ni siquiera a descubrir; y 2) ¡Se salvaron mis libros! ¿Hasta cuándo?

David González organiza su caos nunca sintiéndose solo, y menos que nunca, cuando está solo. Lo da todo, sabe, pegando sin miedo a herirse las manos, que “un libro es como un hijo: nunca sabes cómo ni cuándo ni por dónde te va a salir el día de mañana, cuando crezca y se haga mayor”. Jamás querrá ser contratado para dejarse caer en el segundo asalto, quiere que la estructura de su esqueleto, y su cerebro, y su cerebelo, y su coxis, y su laringe, y su páncreas, y su hígado, y su intestino grueso, y su intestino delgado, den batalla en el ring. Así, nos dice sin curar su afán de trazar planes aparentemente irrealizables: “Lucero, la hija mayor de Manuela, me regala unos auténticos guantes de boxeo de color negro sin los cordones, de los años treinta o cuarenta. Los calzaba cierto boxeador asturiano, en paz descanse, que no ganó, que Lucero sepa, ningún título pugilístico. La tela del forro pone a la vista, bien a las claras, la dureza de los combates y sus huellas más de setenta u ochenta años después: cercos de sudor, linimento y sangre”.

Entre los núcleos nada contradictorios que vertebran este libro ‒que no lanza a quien lo quiere, oscuras miradas de Otelo‒, encontramos correcciones de galeradas, recuerdos de anteriores parejas, otros libros (“El lenguaje de los puños”, “Campanas de Etiopía”), automedicación, documentales (“Vocación de perdedor”), arena seca, ceniza del cigarrillo, el internado de San Luis de Pravia. El artículo. Acercarse al artículo con la poesía de David González, no como un estudioso que duda antes de actuar, sino como un lector que se plantea al leerlo cuáles son sus temores, sus debilidades, sus quejas, sus desilusiones. Escribe una poesía espléndida entreviendo que el mundo no está bien hecho. Sus mejores armas son sus guantes. “Un potro de tortura, la silla en que me siento a escribir, a causa de los agudos y persistentes dolores de espalda, en la región lumbar, que vengo sufriendo en silencio, hasta hoy, desde hace un par de días”. En la literatura boxística nadie pega como David González, es uno de los más grandes, espontáneo y ruidoso. Su imaginación se siente madura y dispuesta, fluida y solvente. La vida es un portátil en buen estado. Recuerdo una frase de Ernst Bloch, “La literatura es una fiesta y un laboratorio de lo posible”. Puestos a aceptar que la frase tiene sentido, quiero ver qué sensación produce estar sentado aquí sin hacer nada. Tan sólo con el libro de David González entre las manos, que escribe todo como viene. Puede escribir veinte y treinta páginas de diario sin interrupción, puede escribir los libros con la misma facilidad. “Este es un libro sin concesiones ni a mí mismo ni a la galería”.

Ya vienen los chicos del boxeo. D. H. Lawrence aguanta sopapos pero no pasa ni pisa bien y ni siquiera puede ver los golpes pero le pega fuerte. El que se abre paso como Hemingway se coloca de “sparring”. Hay gimnasios de diez la entrada y gimnasios gratuitos. William T. Wollmann es un pluma con músculo redondo. E.E. Cummings baila sobre las punteras mostrando lo extraordinario que es. Llega la hora de apalabrar combates, instantáneamente iluminados: “Tengo un ligero de dos combates”. “Tengo un pluma que aguanta las tortas”. David González siempre quiso ser una estrella del boxeo. Si le hubieras preguntado a los diez años, si lo hubieras hecho, te hubiera respondido: “Lo único que de verdad quiero es ser una estrella del boxeo”. Cada vez que miraba su cara en el espejo, le parecía estar viendo a otra persona. Les dará fuerte, David, les dará más fuerte que nadie. Con su izquierda no podrán ni siquiera verle. Sabe que no le aceptan. Ni a él ni a Arthur Rimbaud. Pero van a partir caras a lo loco, delgados y febles, serán los únicos poetas malditos con el perfil ileso.

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