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FRACASA MEJOR

Carmen Canet y Apeadero de Aforistas

Miguel Ángel Gómez
lunes 09 de septiembre de 2019, 20:01h

En los primeros días de septiembre mi relación con el mundo fue de renuncia insegura. Me fijé en la sucesión nunca igual de las horas iguales. Me di cuenta súbitamente de que la vida se entolda en una luz que nos examina como quien medita. ¡Contemplarlo todo como si fuera un viajero que hubiera vivido y olvidado! Reaparece el universo si soy quien yo quiero. “Recuso la vida real como una condenación, recuso el sueño como una liberación innoble”. De inmediato, pienso en aquella frase de Fernando Pessoa; me hace tomar unas pocas notas en seguida. Subo al autobús parado en la esquina. A mi lado hay un libro de aforismos. Me apodero de él y comienzo a garrapatear notas. A veces toda la borrosidad del aforismo se organiza en unas facciones precisas. Los aforismos nos escuchan un rato de lejos, sin sentimiento propio. Los aforismos sueñan porque sueñan y podemos verlos en la estación del metro, dentro del trasiego personal, tras una mesa de despacho, metidos en una estufa apagada, en cajas de hierro, en un banco del parque, en una habitación de hospital.

He aceptado la propuesta de publicar un diario aforístico que abarque una década de mi escritura. Se lo he prometido al editor hace tiempo. Y, tras muchas metáforas y figuraciones, pasados unos meses, he vuelto a prometérselo. Una de las entradas dice: “Qué estériles las voces. Tan cantando, desmesuradas, peculiares, patógenas, vienen de caras de frío. Se sienten deprimidas, invadidas por el pasado, en una cárcel, convalecientes del infierno. El mundo de las voces magras, si se manifiesta, es así, mediante el grito, el desafuero, el exceso. La ansiedad es el mayor asesino del amor. Mi cuerpo no es un recadero. Qué estériles las voces”. Todas las voces de los escritores, cuando publican, se parecen tanto entre ellas que nunca sabes cuál escoger entre el baratillo de los alrededores. Un día fui a las carreras y, oyendo las noticias del día por la radio, pensé: apostaré por el nº 5, Max Aub, vendió el alma a un diablo de la plebe infernal, exploró la palabra “crimen” en sus “Crímenes ejemplares”, tenía una necesidad de ella que nunca quedó satisfecha, él solía correr por el repentino silencio del bosque, y nadie oía el ruido de sus pezuñas corriendo cautelosamente. O el nº 3, S. J. Lec, caballo competente, superior, siempre estuvo metido en la trinchera de primera línea y recibiendo desde todos lados. O el n.º 6, Peter Handke, cuyas expresiones no traicionan el espíritu, o el nº 2, Canetti, que no es absurdo ni patético ni obtuvo ninguna derrota aplastante en toda su carrera.

Por si fuera poco, leo “La brisa y la lava” (Libros al Albur), de Carmen Canet. Y es más, al leerlo he vuelto a traer a Pessoa: “Cámbienme los Dioses las frases, pero no el don de escribir frases”. José Luis Trullo, el editor de Carmen, lee a sus contemporáneos sin recelo, es un escritor que se anima con sus lecturas. Inventa el progreso sin perder nunca el sentido de la realidad. Su nueva colección, Apeadero de Aforistas (ennoblecida por su nómina de autores: Elías Moro, Sergio García Clemente, Jesús Cotta) no está experimentando, sino que tiene muchos lectores en España. Todo lo que dice suena a importante, y referido a la primera Semana del Aforismo en Sevilla, a la que fuimos invitado la Dama y yo, dijo palabras que vale la pena recordar: “Se han dado cita en la capital andaluza un buen puñado de autores, críticos, estudiosos, lectores y amantes del género más breve para poner en común sus impresiones, criterios, pareceres, deseos y temores aforísticos. Han sido días intensos durante los cuales salieron a la luz aspectos que permanecían en la sombra”.

Profesora de Lengua y Literatuta, ensayista, crítica literaria, Carmen Canet (Almería, 1955), cuenta en su libro con un prólogo de Manuel Neila que, sintiéndose muy cómodo, nos habla del destino individual y el destino humano: “El aforismo”, nos dice, “hunde sus raíces en la biografía”. Y concluye: “Hasta que convertido en vocación, se hace destino”. Canet sabe en “La brisa y la lava” que el aforismo tiene rasgos humanos que corren en una vida llena de peligros, reúne aquí una colección de casi 150 aforismos sobre el aforismo que buscan la fuente de los latidos. Cada aforista tiene sus obsesiones que aumentan sus proporciones. Las de Carmen Canet son los malabarismos, el sendero perfumado para consolarnos, los silencios que en el fondo nunca se van, el impresionismo, lo inesperado que esperamos en una pequeña ciudad, y lo cuenta todo con solemnidad. No espera comentarios, sólo oyentes. Nuestra Carmen nos dice, puesto que le gusta hacer frases desde siempre: “Silencios hablando: cuando se es buen entendedor”. “El aforismo aprieta, pero cede”. “Hay aforismos de ático y de sótano”. “El aforismo une”. Recuerdo una frase de Ricardo Piglia: “Los puertos alimentan la ilusión de que es posible cambiar de vida, pero es muy difícil cambiar de vida”. No quiere cambiar de vida Carmen Canet. No puede salir sin un cuaderno con el temor de que se dañe o deteriore. En sus ojos se aprietan aforismos ingeniosos y llenos de sorpresas. En sus labios se aprieta Granada, centrada y reflexiva. Hace todo en términos de fraseología inmediata con el descubrimiento de palabras que conserven la célula del sueño y de la creación de la estética y de la intuición. Su voz femenina es brillante y resplandeciente. Lanza una mirada alrededor: “El aforismo es la lucidez de un ejercicio medido”.

Carmen Canet espera la situación perfecta para ponerse a escribir, su fuerza expresiva es el verdadero hilo de Ariadna. Sus reflexiones son como brizna de hierba, como espejismo que perseguimos, como faro que crea amor y nos ilumina con él. En Sevilla hablamos de alumnos, de los libros que ha hecho, de los que va a hacer, de los que hace, uno o dos al año. La oigo a mi espalda junto a Emma: “Es como si os conociera de tiempo, entre tantos días olvidados e iguales”. También hablamos de aquel libro que haría sobre Dionisia García. “Oh, sí, no se le puede decir que no a Dionisia. Es una escritora maravillosa”. Ah la fascinación de un silencio, de una idea lanzada al aire, de un espejo para no aburrirnos mucho, de un pensamiento que no es superficial ni escandaloso. Carmen Canet: las manos y el espíritu de niña bachiller, bravo Carmen. Iremos un día a las carreras y apostaremos por Heráclito, Renard, de la Serna, José Bergamín, Cioran. Por todos ellos.

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