Greta Thunberg, virgen y sueca, clara, clavada en sus propios senos mínimos, enferma de Asperger, otoño del existir, va, ella, desbarreta, habla como en una posdata, se sube al escenario y pronostica un recuerdo que es presente dentro del más atroz porvenir.
¿Alguien sigue sin creer que Greta Thunberg tiene un imperio dentro de los hijos de su ira? En estos tiempos convulsos, de piernas rotas y trilce, hay que armarse en alma y pensamiento de toda una revolución. La revolución -baratija de oro- de Greta es íntima, mojada, rápida y global. Greta es la virgen sueca que va armando icebergs duros como su voz contras esos señorones y mujeres mudas que se sientan en esas falsas butacas cinematográficas en este film en blanco y negro que es la sede de la Organización de Naciones Unidas.
A la ONU, New York y follada por este gansterismo que es la hipocresía, el tiempo abotonado y la derrota final, hay que desalojarla de su inanidad, de los papeles firmados con la tinta de los dólares y de todo un mundo que no es nación ni unión ni organización, ni siquiera esa tierna verdad que debería oler a tienda de jazmines.
La ONU, ladrillada tras aquellas dos terribles guerras del siglo XX, ya no es el alegre paseo por donde se cruza toda la humanidad, sino una guerra helada que constata nuestra hipermodernidad, un pene que gira en torno a Dios, una mentira, la perfección de los viejos mundos de esta vida.
Greta lo dice: “Ustedes sólo hacen negocios con nuestro planeta, hablan por hablar, urden acuerdos, falsas realidades, palabras vacías, pero no se están ocupando de la urgencia del ahora, de cambiar pase lo que pase y duela a quien duela esta Tierra en donde nosotras, nosotros, nuestros hijos y nietos seguiremos aquí cuando ustedes, viejos hipócritas, ya se hayan ido.”
El cambio climático es la Gran Palabra sobre la cual hay que establecer la Nueva Revolución -Fridays for Future, la llaman-. Este Viernes Revolucionario se erige para impedir estos pocos años que nos quedan para escapar del genocidio totalitario inventado por este ardiente Capitalismo que hoy por hoy está en manos de este mafioso Club des Hashischins en donde la alucinación irrumpe como una tormenta zapatera en el justo momento en que la primera luz del día aparece cada día: “Y la tumba será una pupila, / en cuyo fondo supervive y llora / la angustia del amor, como un cáliz / de dulce eternidad y negra aurora”, volvemos a leer en César Vallejo.
Greta Thunberg es el poema que crea, que grita, que va tragando lentamente todas las migas de pan para todas estas palomas adolescentes que regresan. Greta Thunberg, virgen dentro de un universo que no es de plástico, sino de celdas para el gas, para la barbarie que atenaza la naturaleza, la fauna, las especies de ayer, de hoy, ¿de mañana?, es la libertad al alba cruzando la felicidad de los días que nos esperan. Greta Thunberg, Afrodita vestida de Marilyn, belleza hundida en la niñez, niña que marina los inmensos crepúsculos del mundo, es, decimos, este naciente mundo que viene, un mundo peluquero de trenzas que sale en los versos de esta nueva y crisálida juventud que ya es amor leído, tiempo que no es tiempo, sino la póstuma película de Charles Chaplin con guion de un ecologismo vivo, sufriente, marxista e inicio de lo que acaba.
Y así vamos yendo, todos juntos de la mano de Greta, a su lado, contagiados de Asperger, entre su ropa, mamando de sus senos mínimos, rebelión de las masas que se han dejado ya para siempre el pelo largo, rubio, milígramos de filosofía real y la primera tilde que le va saliendo a esta Tierra cuyas plumas son de Ave del Paraíso de Wilson. Greta, virgen y sueca, Marilyn, época, etc.