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TRIBUNA

Españoles, Franco ha muerto

jueves 31 de octubre de 2019, 20:22h

De nuevo – cuando ya parecía inconcebible – se pretende instituir un programa de sistemática abolición del pasado. Ahora es el franquismo lo que se quisiera revocar, cancelar, extinguir. Pero suprimir el pasado es una operación que se hace siempre desde el presente y desde una parte de un presente jamás homogéneo y final, uniforme y definitivo.

Declarar indefendible un período histórico, una figura o una ideología supone su estimación como absolutamente negativa. Prohibir su defensa pública indica también, sin embargo, cierto reconocimiento de impotencia; parece suponer una incapacidad para contener su difusión por medios dialécticos. Pudiera suceder que la simple propaganda acaso se beneficie de la clandestinidad, de manera que desterrando a los márgenes de la legalidad la defensa de una figura, una época o una doctrina se admite – por una parte – incapacidad argumentativa y, posiblemente, se favorezca – por otra parte – la difusión en la sombra de lo que se pretende erradicar.

Sobre todo, se afirma en el acto de la prohibición un peligroso gnosticismo que divide la historia en luces y sombras, sin zonas de penumbra. Los perfectos, agentes de un pensamiento liberador y luminoso, se erigen en modelo de la verdad sin matices, opuestos a una secta de parias empecinados en defender lo indefendible. Un empeño en propagar el error y la mentira que – desde la división absoluta del bien y el mal – puede contemplarse como síntoma de una monstruosidad moral, una malformación contra la que sólo cabrían acciones defensivas – la prisión – aunque parece más bien requerir medidas de inmunización o de higiene.

A mi juicio semejante prohibición es indicio de un hundimiento terminal de la comunicación que sostiene el orden social. La dialéctica real y sustantiva, la contraposición doctrinal, el debate o la polémica sirven para mantener libre de escoria la estructura comunicativa que cohesiona el orden social. Sólo una sociedad tomada ideológicamente por la especie de hiperplasia de una parte, puede pretender poner el cuerpo social entero al servicio de ese órgano parcial, digamos del partido o del frente. Dejamos a un lado de qué parte se trate, importa solamente su condición de parte.

En el caso de la anunciada criminalización o ilegalización de toda apología del franquismo, sin entrar en el alcance mismo de tan difusas categorías (franquismo y apología), es evidente la pretensión de hacer valer como verdad total una perspectiva determinada, cuya verdad defendible no es, sin embargo, inexpugnable. Una perspectiva determinada no puede erigirse en infinita o absoluta sin destruir el soporte comunicativo de la sociedad, sin abolir el ejercicio sutil de la dialéctica. Esta dialéctica no debe, por lo demás, confundirse con el relativismo que, por el contrario, subyace a la posición de los perfectos que declaran la forzosa exclusión del antagonista. Sólo los que se han deshecho de cualquier pretensión de verdad pueden promover el destierro forzado o el silencio del opositor impuesto por la fuerza ejecutiva. La confianza en la posibilidad de la verdad inhibe, por el contrario, el gesto dictatorial y autoritario que impone un silencio obligado.

Pero quien reniega de la posibilidad de convencer difícilmente vencerá, porque su renuncia a la fuerza de la convicción manifiesta finalmente el desprecio de la población a la que se dice proteger. Sólo una población incapaz de discernimiento, inerme y pueril, puede estar necesitada de semejante protección frente a los propagandistas del mal sin matices. Y es un desprecio preocupante en quienes hacen bandera de una educación formadora de individuos dotados de capacidad crítica y voz propia, habitantes – desde la más tierna infancia – del sistema educativo, pero incapaces, por lo visto, de enjuiciar por sí mismos la verdad o la falsedad de un discurso, al punto de necesitar siempre la paternal protección del Estado.

Por otra parte, ofrecer contrapunto a los señores de la verdad autoevidente será – bajo las condiciones de la censura política – prueba de indudable valor. Con la actitud valiente del dialéctico se salvaguardará por un momento el mínimo de esta civilización residual y atormentada. En la España homologada y europea ha dejado de valer lo que valió en la España denostada de los siglos dorados: “Hoy sin miedo que libre escandalice/ Puede hablar el ingenio, asegurado/ De que mayor poder le atemorice.” Por el contrario, hemos de volver a gritar hoy: Venceréis, pero no convenceréis. Sean o no sean ésas las palabras que el rector pronunció en el 36, parecen hacerse verdaderas en este atribulado presente: Os falta – Sres. de la verdad dictada – razón y derecho en la lucha.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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