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FRACASA MEJOR

Me imagino a Henry Miller

Miguel Ángel Gómez
lunes 04 de noviembre de 2019, 20:07h

Me imagino a Henry Miller haciendo esfuerzos frenéticos por regresar a la tierra firme del lirismo. Tengo un portátil y construyo un edificio sin que se tambalee. Me imagino a Henry Miller dotado de cierta tranquilidad, volviendo a la vida, viniendo con las manos llenas de pintura asegurando de Van Gogh: “Se familiarizaba con todo lo que era común y cotidiano para, más tarde, cuando hubiera adquirido la habilidad y la técnica necesarias, poder interpretar ese mundo de lo ordinario, lo vulgar y lo cotidiano a la luz de una realidad divina”. Vendría sangrando respuestas completamente distintas a las del resto sin convertirse en un agitador. Si Henry Miller siguiera vivo sus confesiones me embriagarían. Diría: “Comparado conmigo, el ser humano parece una criatura indefensa”. Henry Miller no estaría turbado lo más mínimo, anunciaría la intención de escribir, escribir, escribir, y no hacer “mutis”. Copiaría otra vez páginas y páginas de sus extractos. Demostraría que las cosas buenas llegan si la silla y la mesa colaboran. Iría una y otra vez al espantoso campo de batalla. Charlaríamos y la comida se prolongaría hasta las tres o las cuatro de la madrugada. El cielo se desmoronaría con la presencia de Henry Miller. Estaría aquí, mirando a todos los gatos que no conoce en absoluto. Pediría un mendrugo en caso de que murieran de hambre, sin tiempo que tuviera que escapar.

Hay curiosos, pululantes, temblorosos, locos, genios. Henry Miller tendría el aplomo de un sonámbulo. Volver. Respirar hondamente y comprender lo que necesito con calma y naturalidad. Quisiera que hubiera un café para ver a Henry Miller. Quiero vomitar sus obras sin ensuciar, que se arrastre por mi cerebro y las dificultades del problema de escribir algo bueno o no, no me derroten. Mis relaciones con el artículo se producen a un nivel creador, imaginativo, impersonal. Es algo continuo que me hace disputar en lo literario lo indisputable. Hablo y bebo con Henry Miller presente. Magia de pensiones de sombra: “Soy un cazador de cabelleras”, dice el viejo Henry. Todo el mundo instruido para recibir sus consejos. Abro Big Sur y las naranjas de El Bosco, al azar, y me encuentro con esto: “Hace dos años que llegué, un día de febrero, a Big Sur… en pleno diluvio. Hacia el atardecer de aquel día, tras un baño rejuvenecedor al aire libre en las fuentes de aguas sulfurosas (Slade’s Springs), cené con los Ross en la antigua y pintoresca casa de campo que ocupaban en Lisermore Edge. Fue el comienzo de algo más que una amistad. Tal vez sería más justo llamarlo la iniciación de una nueva vida”. Henry Miller parlanchín, bañándose en el idioma completamente despierto, mirando con ojos muy abiertos. Se reencuentra con el lugar, con uno mismo.

Pienso en el aislamiento de algunos escritores sobresalientes. Uno puede vivir el momento más importante de su vida en Big Sur. Henry Miller gusta de recrear sus vivencias con libertad de expresión, primero, allá en 1930, en París. Los beat, en medio del caos y el animal acorralado del recuerdo, tienen a Henry Miller. Implora fuerza. Nunca se le va la mano a la hora de hacer descripciones: “Abajo, en Lucia, algún tiempo después de que Norman Mini se largara, un tipo llamado Harvey ocupó su puesto… como cocinero y lavaplatos. Montó una tienda de campaña entre la maleza, el zumaque venenoso, las serpientes de cascabel, la niebla y los moscardones y allí hizo morada con su mujer y dos hijos pequeños. En dicha tienda intentaba pintar, practicar el violín y escribir. Lo que más quería era escribir”. Tiene una estrategia contra los enemigos: sin perder tiempo, replica en los términos más ofensivos con su escritura. ¿Qué pensaría si viera esto? Sus llamas literarias se agitaron hasta que murió. Voy andando por Santander con pasos veloces y las manos cruzadas a la espalda. Abro de nuevo Big Sur: “En Anderson Creek fue donde acabé el ensayo sobre Rimbaud, nacido de un intento fracasado de traducir Una temporada en el infierno. Era en el comienzo de mi tercera o cuarta “temporada en el infierno”, aunque en aquel momento no me di del todo cuenta de ello”. Un mensaje alentador para mis temporadas en el infierno, quiero conocerlo todo directamente de Henry Miller. Diría que me pusiera a trabajar en un empleo fijo y no me impediría respirar ni volar ni huir de la tierra. Miraría sus manos que seguramente serían más largas que la de la mayoría de los poetas. Me vería como a una persona que hay que proteger.

En el nido de la bestia Edgar Allan Poe, hambriento y caminando sin rumbo fijo por un rato se va a un pozo rebosante de nada irreal. Tú cambiaste mi vida, ¡eres mi chica! Bebamos el vaso de agua de Henry Miller cuando tengamos sed. Nos traerá el lenguaje de los bajos fondos. Al despertarnos por la mañana con una canción de Sgt. Pepper’s Lonley Hearts Club Band metida en la cabeza, recitaremos un poema de Eluard. Los matones del barrio sin especial originalidad envidian nuestros nombres grabados en la arena. Seamos Millerianos, regresemos a su inocencia, a su cierta pureza. Sexus, Nexus y Plexus. Hay novelistas que espían horas y horas a la vida y otros novelistas que no toman nota de ningún detalle sin observar. Miller fue un novelista que se granjeó antipatías inmediatamente, sus libros fueron censurados. A veces no aguanto sin tocar tu belleza, ¡eres mi chica! Eres buena porque todo te da lo mismo, excepto lo íntimos que somos. A veces no aguanto la fealdad del mundo pero me centras maravillosamente. A veces no aguanto si se disuelven nuestras sombras. A mi poni se le antoja un sándwich de carne picada y quiere cambiar toda mi casa.

Aquí estoy, como tantas mañanas que olvido todas mis responsabilidades en un café, con autores que pecan, confiesan, obtienen la absolución y vuelven a pecar. ¿No es duro decidir lo que hacer cuando eres un diamante que desea convertirse en polvo? ¿No es duro cuando aumenta la confusión y el forastero rumia lo perteneciente al pasado como una vaca mirando de reojo? Bendito sea Henry Miller, que no quiere dejarlo como está y me ata los zapatos. Lo llevo en la sangre, quiero enterrar enseguida la corona de oscuridad. Bendito sea, que me enseña que no debo desear ningún rango con mi abrigo consagrado. Los amos se enfrascan en conversaciones con una cobra y quieren retorcerme el dedo meñique. Bendita sea la alfombra de Big Sur que se mueve debajo de nosotros sin manera brusca.

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