Con motivo del inicio del curso escolar, les pregunto a varios conocidos, a la sazón profesores, acerca de la tropa que les ha tocado en suerte en el presente ejercicio académico. Me interesa, sobre todo, la opinión de los docentes de secundaria, pues los maestros del nivel anterior han de lidiar con un alumnado en principio menos díscolo, siquiera por una simple razón de edad, pues aunque hay niños verdaderamente odiosos resulta difícil concebir algo más insufrible que un adolescente con el nivel freático de hormonas a punto de rebosar, presa de un comprensible cabreo existencial al ir descubriendo que el paso a la edad adulta consiste, en esencia, en hacer continuamente cosas que a uno le desagradan. Multiplíquese ese arquetipo por una treintena de individuos en diversos grados de desestructuración familiar y uno podrá hacerse una somera idea de lo duro de la profesión docente, que no envidio en absoluto a pesar de sus prolongadas vacaciones de verano.
Curiosamente, ninguno de mis amigos manifiesta sufrir especiales problemas con respecto a la disciplina, lo cual denota por su parte gran firmeza de carácter o poca sinceridad, pues yo mismo recuerdo en el colegio lo mal que se lo hacíamos pasar a ciertos profesores aun cuando en aquellos tiempos sus potestades represivas se regían por criterios mucho más laxos que en la actualidad. De vez en cuando, así, caía algún revés —algo que hoy resultaría inadmisible—, pero me consuela saber que mucho peor debieron de pasarlo los alumnos de la generación anterior. Los frailes de mi colegio, por ejemplo, nunca me afearon el hecho de ser zurdo, cuando me consta que unos años antes la posesión de este peculiar fenotipo estaba muy mal vista y se castigaba con rigor, ello cuando no trataba de erradicarse con métodos poco ortodoxos desde un punto de vista pedagógico. Y dudo que mis padres tuvieran la oportunidad de cachondearse a placer de ciertos profesores en la medida en que yo lo hice, y no me refiero al hecho de motejarlos a sus espaldas o regodearnos en alguna de sus taras físicas, que eso va de suyo, sino en la chanza despiadada, rayana en la humillación, no lejos de su calificación como motín.
Sin embargo, y aquí es donde quiero llegar, no existía un patrón a la hora de detectar a las potenciales víctimas de nuestras burlas, pues algunos profesores no lograban encauzar el desarrollo de las clases por más exabruptos que soltaran, lo cual no servía sino para azuzarnos, hasta el punto de que hoy en día me arrepiento de mi comportamiento en ciertas ocasiones. Por el contrario, otros se hacían respetar sin apenas esforzarse; había uno en especial a quien no recuerdo haberle oído jamás levantar la voz y que, de tanto como nos acojonaba, lograba mantenernos en la más absoluta sumisión durante las exposiciones de su asignatura, por otra parte bastante tediosa. El tipo, además, resultaba proclive a la burla, pues cuando no le apetecía impartir la materia nos daba una hora de estudio que solía aprovechar para echarse una cabezadita sin disimularlo, pero a nadie se le ocurría hacer la más mínima broma al respecto, pues el muy desgraciado tenía una sensibilidad especial para detectar cualquier conato de indisciplina.
En definitiva, no comprendía, y sigo sin hacerlo, las causas del respeto que imbuían ciertos profesores, sobre todo al comprobar que no se trataba de una apreciación subjetiva por mi parte, puesto que lograban sojuzgar a un grupo de personas con el desenfreno condicionando su código de conducta. Quizá los precedía la fama, o nos acobardaba su tono de voz, o una complexión física particular, no necesariamente más recia o voluminosa, o bien ocurría que emanaban un negativo flujo de hormonas capaz de contrarrestar las nuestras, por aquel entonces desatadas. En cualquier caso, nos desconcertaba la autoridad, ese misterioso atributo gracias al cual nos subyugan sujetos que nunca pierden los estribos y nos reímos a la cara de quienes solo muestran aspaviento y artificio.
Como vengo diciendo, los profesores con lo que he tratado el asunto no han sabido ofrecer una explicación fundamentada. El temario de su oposición, por descontado, no dedica una sola línea a ocuparse de la psicología docente, cuando a mí juicio se trata de un aspecto esencial de una profesión como la suya, que no deja de ser una suerte de actuación en público en la cual el mayor o menor dominio de los resortes de la función puede determinar el éxito en el cumplimiento de los objetivos docentes o, por el contrario, dar al traste con cualquier conato de curiosidad hacia la asignatura impartida por parte del alumno.
Por desgracia, la educación que yo sufrí habría que encuadrarla en el segundo supuesto, pues básicamente la conformaba un asistemático conglomerado de conceptos, fechas, autores, citas apócrifas y lenguas muertas; en general se trataba de una aprehensión irreflexiva de referencias anecdóticas, mejor cuanto más prolijas. De la extensa nómina de profesores que pasaron por mis orejas no recuerdo uno solo de quien pudiera predicarse la excelencia, aunque ello cabría imputarlo más bien a un sistema educativo mal concebido y no a unos profesionales que en general intentaban desempeñar su trabajo con un mínimo de dignidad a pesar de que en ocasiones se lo pusiéramos muy difícil. Pero lo cierto es que ninguno hizo despertar en mí la curiosidad hacia su asignatura, y hubo de ser ya de adulto cuando comencé a documentarme por mi cuenta en las ciencias que hoy me interesan de veras pero en las que no puedo profundizar por falta de bagaje, como comprobé al intentar abordar “Ciclos del tiempo”, del cosmólogo Roger Penrose, y tras haber logrado entender las cien primeras páginas tuve que desistir cuando el autor comenzó a explayarse con las geometrías no euclidianas, algo bastante abstruso para quien suscribe.
Tan mediocre enseñanza académica, cercenadora de cualquier tipo de vocación, me hizo elegir por exclusión la carrera de Derecho, que si bien me procura los garbanzos nunca me suscitó el más mínimo interés, de tal manera que en mis ratos libres jamás me pondré a leer una monografía de, pongamos, Savigny o García de Enterría, pero en cambio abordo sin complejos obras de autores no juristas como Stewart Home, Arthur Danto, Camille Paglia o Murray Gell-Man. Incluso me atreví en su día con el tochazo de Douglas Hofstadter, aun cuando no comprendí una mismísima mierda de sus razonamientos más profundos, pero aun así me maravilló.
Qué pena, joder.