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TRIBUNA

Arda el leñador, no el árbol

sábado 16 de noviembre de 2019, 20:25h

Albert Rivera no es santo de mi devoción. Está claro que se equivocó en su estrategia electoral y de ahí el resultado desastroso de su partido. Cuando alguien falla de manera tan estrepitosa en su cometido y es la cabeza visible del proyecto que representa, debe tomar decisiones drásticas. El pueblo suele pedir la cabeza en una bandeja, y Rivera ha entregado la suya sin poner ninguna excusa. Él mismo ha cogido un hacha, ha colocado su cabeza en la bandeja que sostenía Toni Cantó, político que “actúa” como un gato, sigiloso, que se come los ratones crudos y que observa lo que pasa a su alrededor tumbado en una hamaca que dé al sol que más calienta, siempre boca arriba, aunque en su caso habría que decir panza arriba, que es como él se defiende de sus propias ideas. Tiene siete vidas, una vez se quedó en coma, pero nadie tuvo que decirle nunca más como alimentar su estómago vacío. El talento se le iba por las tripas, mala cosa para el que no quiere mover su culo gordo del escaño. Hay que comer mucho para que no logren levantarte de él. En su primera vida se llamó UPyD, murió pronto, Willy Toledo hubiera intentado que ese momento llegara antes si hubiera sabido en que se convertiría un actor igual de malo que él. Ambos se han creído tanto el personaje que ya no saben cuándo actúan y cuando están siendo ellos mismos. Su jefa, Rosa “mala espina”, dejó las flores rojas por las que llevaban su nombre. Dejó la sangre y se llevó el capullo. De sus tripas surgió un jardín botánico, un árbol llamado Rivera que no le dejaba ver el bosque. En su segunda vida, en la que está, se llama Ciudadanos, pero sabe que la muerte se acerca de manera vertiginosa, que la está rozando con sus patitas de gato demasiado domesticado por un sistema que le ha hinchado a comer de él. Ha conseguido su objetivo, medio culo se le sale del escaño, ya sea valenciano o nacional. En la tercera vida tiene que elegir entre llamarse PP, PSOE o VOX. Los tres nombres le parecen bonitos, en los tres podría seguir actuando como si no pasara nada, lo mismo que hacía en el teatro o en las series de televisión.

Parece como si me hubiera ido por los cerros de Úbeda, pero nada más lejos de mi intención. A veces perderse en el camino que uno mismo se había marcado, ayuda a hacer el trayecto algo más interesante, coger atajos que te alejen del objetivo, pues a veces llegar demasiado pronto no gusta ni a los lectores exigentes ni a las amantes que quieren que les dé tiempo a leer un cielo de placeres. La cabeza de Rivera ha rodado por el suelo hasta acabar a los pies de Doña Inés, futura madre de los hijos que no tendré. Se agacha con dificultad, el embarazo empieza a hacerle difícil realizar ciertos esfuerzos, pero consigue recoger la cabeza del suelo y la coloca entre sus brazos de manera “pre-maternal”, la acuna con suavidad, empieza a acariciarle el pelo con suavidad, pero pronto empieza a desmelenarse y se le antoja despeinarle, moverle el cabello en todas las direcciones. Busca que las ideas que se supone que hay debajo caigan al suelo para poder pisarlas y acabar con ellas. La que se sabe nueva líder no quiere nacer intoxicada. Doña Inés sensata y contradictoria, como el amor, como su amor. Amar España y querer a alguien que no quiere seguir perteneciendo a ella. El resultado de ello, el hijo políticamente incorrecto, la verdadera democracia. Al amor no hay que entenderle ni hacerle caso, sino hacer porque quiera acompañarte el mayor tiempo posible.

Pero yo este texto no lo estoy escribiendo para hablar de los temas que he tratado. Quiero que sea un homenaje a la forma que ha tenido Rivera de abandonar la política y de criticar con toda mi vehemencia a los que aprovechan su momento de debilidad para asestarle el golpe definitivo. Puede que mi primera forma de hacerlo, sea esta dispersión que he mostrado para poder llegar hasta el lugar donde quiero contar lo que realmente me parecía interesante sobre la figura del único líder que ha tenido hasta ahora Ciudadanos. Me sigo dispersando, no me centro, mira esto también le pasaba a Rivera, un día le daba por dar dos pasitos a la izquierda y otro por dar tres hacia la derecha. Un día se “ajuntaba” con Pedro Sánchez, más conocido como el “terminator guapo” de la política española, y otro, le daba la espalda y le amenazaba con no jugar más con él. Pero yo no quería escribir este texto para echar en cara nada a Albert Rivera, sino todo lo contrario. Espero llegar en algún momento a donde quiero hacerlo. Rivera quería llegar a La Moncloa y se ha quedado en la calle y con Malú. Sin-puesto y con novia. Enamorado y libre, qué más puede pedir. De poder ser vicepresidente en un gobierno, a alguna vez presidir la mesa en las cenas que comparta con amigos y familiares, cuando le deje la cantante. Elegir suele significar equivocarse, la libertad en estado sumo, el héroe es el que toma sus decisiones sabiendo que casi seguro que va a caer en la batalla. Un romántico, la bala perdida siempre acaba en su corazón.

Equivocarse está mal visto en este país de seres perfectos. En mi caso uno no tiene suficiente con saber que lo hace todos los días, a todas horas y que cuando se va a la cama cansado de tanto hacerlo, no encuentra descanso en el sueño. La pesadilla de despertarse y saber que cualquier cosa que hiciera me haría más productivo, se me repite en mi estado de duermevela eléctrica constante. Doy chispazos imperfectos, una electricidad que no conduce a ningún sitio, un coche que necesita llegar a una gasolinera que solo existe en mi cabeza.

A Albert Rivera le están “curtiendo el lomo”, ahora que no puede levantarse del suelo. No les vale con que haya aceptado su equivocación y decida marcharse a su casa a jugar al karaoke con Malú. Tiene tan mala suerte que seguro que gana. España, un país donde nadie dimite por muy mal que haga las cosas. Y como va a hacerlo, si en vez de agradecer la decencia de llevarlo a cabo, se aprovecha para hacer leña del árbol caído, y machacar aún más al que no ha conseguido el objetivo que se había marcado en su menester.

Arda el leñador, no el árbol. Y que ese fuego no se apague nunca.

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