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TRIBUNA

Licencia para cantar

Miguel Ángel Gómez
lunes 25 de noviembre de 2019, 20:34h

El poema es una llama secreta de un sueño y un conjunto de influencias. El poema está oscuro como boca del lobo o es tan claro que nos embelesa y siente la necesidad de mostrarnos algo inmediatamente. Cada noche de insomnio el poeta abre su caja fuerte donde guarda la conciencia. Las vidas que no va a tener el poeta respiran hondamente. La poesía es profundizar en lo más escarpado de la luz. En todo poema, caben muchos poemas. Licencia de apertura (BajAmar) es el nombre que Alejandro Garmón Izquierdo (Bilbao, 1981) da a su primer poemario, novedoso, al que se entrega como un niño, sollozando, confesándose; o como un hombre que se comunica con el cosmos, con lo cósmico. Todo él representa un mundo distinto, un mundo que seguramente sólo nace cuando la esperanza serpentea sin ser demasiado brusca.

Los linces son extraños –como un sueño que se repite-, su territorio está lleno de pisadas y sangre en los bigotes mientras se oye “¡Oh, vamos, vamos!”. Los linces miran atentamente alrededor. “La palabra es una suerte de engaño”. Ellos lo saben. Me gusta insistir en que Alejandro Garmón Izquierdo es un poeta inmenso que no se deja llevar a la deriva. Es un artesano muy natural que se aleja de los poemas vacíos, lúgubres y siniestros. Un ejemplo es “Diorama”: “Contempla el panorama / delante de tus ojos. / Es sencillo mirar / para otro lado, / redactar sin esfuerzo / una licencia de apertura”. El bastón del recuerdo empieza a ser consciente de su individualidad. La literatura, por una cadena de circunstancias, descubre que no conoce el miedo: es decir a nuestros hijos que no estamos agotados con el peso de tantas cosas, un poeta tapado por un gran sombrero de fieltro gris, un abrigo lleno de nieve, una aguja de morfina, etc. En Licencia de apertura se escribe con la inteligencia que dan los años, repleta de nubes de la infancia, de amores, de alondras heridas en el ala. Ya no hay prados que nos deleiten a la luz de la realidad, no hay caminos en un sentido perdurable ni charcas que nos cuenten algo sobre nosotros mismos, como en “Las campas de Viesques”: “Para aprender el olor de la hierba / antes de entrar al colegio, / para fundir la mirada con aquel paisaje, / para ser tan alto como mi padre. / Ya no hay prado, no hay camino, / ya no hay charca ni bocadillo / a la salida, no hay muralla / ni lagartijas”. El lirismo no conoce leyes ni límites.

Le gusta a Garmón Izquierdo escribir poemas de viaje, su camino está a veces lleno de vapores de tren, espuma de cerveza, el calor de los suyos y compromisos personales: “A su regreso / descubrió la razón de su partida, / la trayectoria del viaje trasciende / la naturaleza del círculo, / no existe el escalofrío de la perfección / y si así fuera / ya no sería bello”. Cerca del poeta José Hierro que permanece y dura, su mayor logro es “Under the Brooklyn bridge”: “El jazz de la mañana atiza el fuego / atraído por los chistes de un comediante umbrío, / asustado por un espíritu gregario / atado al contrabando de muñecas / de porcelana por un millón de yenes”. Escribir es que las palabras no se asfixien para siempre jamás. La impaciencia es no saltarse ninguna fase para ver las ramas cuando se abren. Hay poetas a los que les entra un escalofrío que les baja por la espina dorsal cuando escriben. Hay poetas que experimentan extraños cambios. Alejandro es uno de ellos: “Cada día que pasa escribo más / y duermo menos. / Planeando escapar de las novelas tristes / llegué por accidente a este rincón / donde la palabra mansa despierta”, véase en “Personaje sin nombre”.

En el suelo industrial las sombras son como monumentos, algunas se mueven en un gentío incesante y confuso. El yo es un frenesí, una hoja de arce, la calima, las líneas de los mapas derribándonos de un sablazo. Quiere Alejandro Garmón Izquierdo que su libro sea considerado como una licencia para cantar en el tono más apasionado, el que le lleva a suprimir poemas antiguos, añadiendo nuevos disimulados e insinuantes. Aquí se hace acopio de las horas que llenan silencios (“Coney Island”), la bruma sobre Alejandría (“Sarajevo”), la atmósfera congelada (“Auschwitz-Birkenau”). La nieve se siente obligada a sacarnos algún recuerdo. Buena parte de los poemas que nos presenta el ganador de “El mejor poema del mundo” son haikus o tienen aire de haiku: “Sangre en la piedra / de armónico silencio / luz en un haiku”; “El puerto es una bossa nova / de veleros / bailando con el ritmo de las olas”, en “El desembarco”. Garmón Izquierdo concibe el poema como una barca y una red de pescador que le permite acceder a lo profundo de la realidad: “Mecido en tus manos / extraño recitarte aquel instante / la vida que entregué aunque no quería / labrar el laberinto de mis labios”. En Licencia de apertura recrea una y otra vez lo que vendrá: “El futuro ante nuestros ojos / y escondido en su puño / la figurita despegada / de una maqueta inmensa”.

La poesía viajera, ya está dicho, la arquitectura que da forma a las vidas, el bosque como un declinar de hoja y rama marchitas sustituido por murallas y capiteles, torretas y bastiones de la modernidad, el amor que da a muchas ventanas de bisagras, la poesía que nos aleja del mundo torturado para llevarnos a un viaje poético, el culturalismo que nos seduce sin engañar al espejo, de todo eso encontramos aquí. Alejandro Garmón Izquierdo confirma con su primer libro que es uno de los poetas más interesantes de su generación.

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