Hace unos años, durante la noche anterior a una importante cita, tuve una pesadilla que me hizo despertarme sobresaltado al soñar que un pinchazo me impedía llegar a tiempo al lugar convenido. Pues bien, antes de dormirme de nuevo decidí por si acaso adelantar una hora la alarma del despertador, y ello resultó providencial, pues al día siguiente la premonición se cumplió con desconcertante exactitud nada más incorporarme a la autopista. Mientras atornillaba la rueda de repuesto daba gracias a los hados por haberme inducido la cautela que a la postre me permitió levantarme con antelación suficiente para acudir puntual a mi destino.
En otra ocasión, me encontraba también en el coche escuchando un CD de un grupo cuyo nombre lo constituyen unas siglas, alusivas, por cierto, a una potente droga consumida habitualmente en EEUU en los años ochenta, lo cual denota asimismo escasa originalidad por parte de los rockeros. Mientras hacía cola en un semáforo, me fije de repente en el vehículo situado delante de mí y observé con estupor cómo las consonantes de su matrícula coincidían con las del conjunto de marras que sonaba por los altavoces.
Estos hechos, aparentemente incomprensibles, no resultan en realidad tan inusuales, pues ¿quién no ha pensado, así, en esa persona con quien hace tiempo se ha perdido el contacto que aparece de pronto al doblar la esquina?
La Real Academia ha incorporado recientemente al diccionario la palabra “serendipia”, definiéndola como un hallazgo valioso producido de manera casual o accidental. Los británicos ya venían denominando con el término serendipity a este tipo de casualidades que en español traducíamos como “carambola” o “chiripa” con anterioridad a la asunción del nuevo palabro, sin duda más eufónico.
Ante la irrupción de la serendipia se suele reaccionar con justificaciones de índole mágica o religiosa, suponiendo que bajo la costra de la realidad subyacen energías que le confieren un sentido a la existencia. Por el contrario, los racionalistas a ultranza confían en que la ciencia terminará por desentrañar cualquier misterio inexplicable y colmará los intersticios que horadan la normalidad obviando así el fácil recurso a la superchería o a cualesquiera revelaciones místicas. En fin, una corriente más escéptica y a la vez más inquietante concluye que la mente humana carece de capacidad suficiente para aprehender el fenómeno de la realidad misma, algo así como si a un armadillo le diéramos a interpretar una partitura de Schoenberg o incluso de la propia Leticia Sabater.
El ensayo Conviértase en brujo, conviértase en sabio, de G. Charpak y H. Broch, aborda estas cuestiones. Considerando una serie de variables como la población mundial, la media de edad, los acontecimientos que le ocurren a una persona durante su existencia y el abrumador número de interrelaciones a que ello da lugar, los autores infieren que lo realmente improbable consiste en no verse afectado a lo largo de toda la vida por unas cuantas casualidades que abroguen de modo manifiesto las reglas de la estadística.
Mal que bien, fui tirando de este constructo un tanto artificioso —¿cómo se aísla conceptualmente un suceso?— para afrontar el fenómeno de las serendipias, pero algo en mi fuero interno no quedaba satisfecho. Disponía de un sugerente y estético placebo que sin embargo no abordaba el fondo del problema y, sobre todo, dejaba sin respuesta a la pregunta esencial: ¿por qué carajo se producen?
Pues bien; el libro, Realidad daimónica, de Patrick Harpur, me proporcionó una solución más convincente, si bien al terminarlo no tenía claro si el autor me había estado contando paparruchas a lo largo de cuatrocientas páginas o más bien me vería obligado en lo sucesivo a reconsiderar mis propias certezas. Con una neutra toma de posición no exenta de escepticismo, Harpur le encuentra explicación a fenómenos en apariencia incomprensibles. Como neoplatónico de pro, considera la realidad una burda representación de un universo ideal de formas manifestadas a través de los arquetipos, unas categorías absolutas que trascienden la mente —la nada, la muerte, la oscuridad…— y que se no solo se manifiestan en la psique individual sino que emanan al exterior de cada uno de nosotros en un fenómeno que Jung, de quien también se confiesa deudor, ha denominado “proyecciones”, y, como tales, perceptibles por los demás. Expuesto de modo un tanto pedestre, pues soy lego en la materia y el formato no permite profundizar: todo cuanto percibimos a través de los sentidos depende del sistema operativo instalado en nuestro cerebro, de modo que la realidad, un conjunto indiferenciado de ondas y partículas, no puede sino ser subjetiva y vulnerable por ello a las proyecciones. Por eso, en los años cincuenta, durante la Guerra Fría y la carrera espacial, diferentes sujetos sin relación entre sí avistaban OVNIS en puntos distantes del globo: el inconsciente colectivo proyectaba un patrón de imágenes arquetípicas manifestadas a través de señales en el cielo y relacionadas con la situación social del momento. En España, donde aún pugnábamos por salir del subdesarrollo, por aquella época continuábamos viendo a la Santa Compaña, quizá una manifestación carpetovetónica y mucho menos pop del imaginario alienígena, que no respondía sino al mismo arquetipo del anhelo de trascender la propia existencia humana. Por eso, en fin, yo pinché en la autopista aquel día después de haberlo soñado; proyecté mis temores y generé una espectacular serendipia.
En definitiva, amigos, se acabó elegir entre Monarquía o República, el Betis o el Sevilla o uno de los dos Pecos, el rubito o el moreno; lo que ahora se lleva es pronunciarse sobre la manera de afrontar lo extraordinario. Mójense: ¿jungianos o antijungianos?