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TRIBUNA

Hermanos en Greta

jueves 05 de diciembre de 2019, 20:42h

Es asombroso el embeleso de los amos del mundo ante la joven Thunberg. Navegante en bajel legendario, aguardan anhelantes su llegada en esta meseta casi esteparia de nuestras tribulaciones. Su advenimiento esta semana ha sido anunciado por todo tipo de signos, el más visible ha sido la “depresión aislada de niveles altos” que ha irrigado masivamente el sudeste peninsular. Más abundantemente que antes, más frecuente que antes. Un “antes” que remite al mítico “illo tempore” de una naturaleza intacta que se opone, a su vez, al apocalíptico horizonte que nos amenaza. El presidente español, en papel de profeta, ha señalado a los pocos fanáticos que, todavía hoy, se atreven a negar el hecho incuestionable del cambio climático y a rehusar su responsabilidad y su culpa. El interino de larga duración ha sido la voz de Greta en el desierto.

Yo no niego ese cambio en el clima, arquetipo – por lo demás – de la mudanza y el cambio. No es que desprecie los efectos que se anuncian, ni desoiga el grito de alarma que se extiende por Madrid estos días. Es, simplemente, que la escenografía ridícula y sentimental que lo envuelve, así como la evidente calidad de su propaganda, más que infundir alarma despierta un desprecio insuperable. La contradicción tolerable tiene un límite que ha sido superado hace tiempo por los capitanes del ejército climático. A la vez predicadores de la austeridad y viajeros incansables preocupados por el crecimiento económico, usuarios de las mismas tecnologías que su profecía exige abolir, de los mismos vehículos que su pronóstico reprueba, debeladores del colonialismo y del patriarcado en nombre de una era de plenitud consciente y armonía, de paz beatífica y sororidad salvífica. Añádase el habitual contingente de palabras, de meras palabras. No quieren oír hablar del campesinado, de las rutinas pretecnológicas, de los hábitos tradicionales, del silencio y la parsimonia de una vida off-line. Pero dicen luchar por la salvación del planeta: una lucha elegante, higiénica y perfumada.

El presidente en funciones de esta España interina quiere gobernar el tránsito de este mundo decadente y su España terminal al nuevo mundo ecológico que realizará la salud humana. Sólo esa sociedad universal cumplirá el sueño de un individuo sano y libre de las viejas determinaciones históricas y su carga destructiva. Sin identidad alguna, el hombre nuevo tomará la que desee y – soberanamente libre – será de aquí o de allí, será esto o lo otro, sin que la gravedad de ninguna tradición, sin que la insoportable presión de formas ancestrales de dominación, le definan. Greta Thunberg nos indica el camino hacia el animal superior posthumano, así como su anfitrión con aspiraciones de profeta insinúa la vía hacia una España trascendida. Acordará con los visionarios del mañana un gobierno que nos llevará – pese a la oposición de fanáticos y nostálgicos – al orden de la infinita posibilidad: sin España, sin historia, sin dominio. Seremos todos hermanos en Greta y hablaremos la neolengua más o menos anglo-americana, comeremos vegetales crudos y beberemos aguas cristalinas en sintonía con un pensamiento límpido, puro, transparente. Fanáticos y reaccionarios habrán sido abolidos y – convertidos o renegados – quedarán olvidados por el nuevo orden de la salud y la armonía. Por fin habremos logrado el propósito bien formulado por Mallarmé: “limpiemos las palabras de la tribu”. Abolida la tribu, el lenguaje se purificará según los principios de una neolengua libre de vestigios comunitarios, ancestrales y perversos. Viviremos, por fin, una vida sin contradicción, la política convertida en etología superior, la alimentación en ejercicio de nutrición consciente, el sexo en expansión lúdica saludable, el amor en acto contractual de intercambio proporcionado y libre. Será el día de la gran ecuanimidad, el tiempo sin espesura de la gran solidaridad cósmica y allí no habrá ya que habérselas con franquistas, ni con republicanos, ni con españoles, ni con extranjeros. La república de repúblicas – tantas como individuos – será la sociedad integrada en una naturaleza virginalmente restaurada.

En ese Reino del Hombre se habrá borrado toda huella de la España histórica y de la gramática binaria y patriarcal, de la dominación inherente a las viejas formas comunitarias y de los accesos de violencia incardinados por la historia en nuestros cuerpos. Seremos individuos traslúcidos, hablantes de una lengua exacta. Bendecidos al fin por el aire intacto de un paraíso que será nuestra última y más lograda obra.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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