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FRACASA MEJOR

Amanda Castro: Sylvia Plath no se acaba nunca

Miguel Ángel Gómez
lunes 16 de diciembre de 2019, 20:10h

Encuentro un buen libro de poemas que leo: “Las fuentes resecas, las rosas / terminan. / Incienso de muerte. Tu día se acerca. / Las peras engordan como Budas mínimos”. Estoy en el café Charlotte pensando en pequeñas aves, acuosas nieblas que tienen muchas zonas de distanciamiento de todo, la locura consciente de que la gente no juzga la poesía con objetividad.

Ya de nuevo en casa abro el sublime Sylvia Plath, la luz del genio silenciado (Anthropos, 2017), de Amanda Castro. Se nos dice en la contraportada: “¿Puede el biopic acercarse a la verdad de la vida de un genio? La responsabilidad del cine es inmensa ya que la visión de la vida ofrecida al público permanecerá en el imaginario cultural colectivo durante generaciones”. Y es que el cine, situado a veces en un ático frío pero lleno de gente, construye casas de cristal usando la literatura. Tal ha ocurrido con Sylvia, biopic de 2003 dirigido por Christine Jeffs y protagonizado por Gwynet Paltrow y Daniel Craig, en el papel de Sylvia Plath cuya poesía tiene fuerza, y el laureado Ted Hughes que tejía sonoras guirnaldas de fiesta tras el éxito. La película nos habla de su romance con sonrisa ambigua y su final trágico, con el suicidio de Sylvia en 1963. No creo que sea casual que constantemente se estén reeditando los libros de Sylvia Plath. Me gusta sentarme en un taxi y mirarme en el espejito retrovisor de sus poemas.

Amanda Castro me habló de Sylvia Plath cuando estaba intentando hacer algo para conseguir la publicación de mis escritos. Leí Winter trees [“Árboles en invierno”]. “Llegas tarde lamiéndote los labios, / ¿Qué dejé intacto en el umbral, / blanca Niké, / aullando entre mis muros?” (en su poema “La otra”, uno de los más conmovedores). Amanda Castro me trajo mi expresión como escritor. Mi amiga, de auténtica nobleza, imaginaba a Sylvia Plath a su lado en un sillón muy hondo, acogedor. Ninguna tormenta podía hacerla naufragar por estar anclada en el mundo de la inteligencia. Como sabe ver, el biopic Sylvia se centra casi exclusivamente en el matrimonio tormentoso, las preguntas que se responden conciernen a su relación amorosa con Hughes, pero Sylvia Plath tiene un tesón que no vuelve a casa renqueando, quiere desde pequeña destacar para ser querida por sus padres. Su infancia no está presente en el film. “Las únicas miradas hacia el pasado en la película cumplen el objetivo de reforzar el trauma y la propensión al suicidio”. Sus anhelos secretos no están en un estado de completa inconsciencia.

Todavía hoy me asombra el trabajo de Amanda Castro. Nos habla de Jean-Luc Godard, Win Wenders, Carlos Saura, Antonioni. La ética distingue entre el bien y el mal saltando al vacío de las abstracciones, es la reflexión con mirada inocente, pero que atrae a personajes de bajos fondos. La ficción es una búsqueda acurrucada, tiene miedo de las montañas que pueden tragársela. Especialmente emotivo es el pasaje donde Amanda rescata al polaco Kieslowski y afirma: “Krzysztof Kieslowski, autor de la célebre trilogía Azul, Blanco y Rojo, abandona el documental para dedicarse en exclusiva a la ficción. Partió de una posición ética, porque sentía que podía perjudicar o dañar a los sujetos filmados, al producir una transformación en sus vidas a través de la invasión de su intimidad cuando eran grabados. Entendía que determinadas esferas de la existencia excedían al documental y que solo a través de los artificios cinematográficos podían cobrar vida”.

La máquina de escribir de Sylvia Plath pensaba transformar el mundo y lo transformó. Que yo sepa sus poemas no se acaban nunca. ¿Prendes un foco que crea un reducido claro de luna que ilumina una maraña de ramas, grajos negros acicalados a modo de bufanda? ¿Descorres visillos y hay rostros vecinos y chismorreos nada enclenques? ¿Hablas por cuartos vacíos de la Enciclopedia Británica, de tus clases, de la lección del día? ¿Tienes de conserje a Anne Sexton? ¿Verás en la puerta de tu pabellón a Enrique Jekyll o a Mr. Hyde?¿Traerá pequeños colibríes a las tres de la mañana? ¿Caminarás deprimida entre gentes sucias y felices hasta amarlo por un instante? ¿Brotarán de tus ojos árboles enraizados y al cerrarlos el mundo quedará extinguido? Sylvia Plath se inclina por encima del hombro de Amanda Castro y observa cómo escribe la verdad. Es el oscuro vacío, el coloso en llamas describiendo su situación mental, a veces está “insatisfecha, resentida, tensa, brillante, tremendamente ambiciosa”, nos dice la directora de los cortometrajes Tierra de guerrilleros y A golpe de tacón, estrenado en la Seminci. Escribe con un compromiso personal hablando consigo misma y con Sylvia Plath, y dirigiéndose a todos los lectores: “En 1998, Ted Hughes publica Cartas de cumpleaños, donde establece un diálogo con su primera esposa en forma de poemas. Lo hace unos meses antes de su fallecimiento, rompiendo así un silencio que había durado décadas, exceptuando los prólogos a las obras de Plath y algunas denuncias de publicaciones sobre su vida privada en relación al matrimonio con Sylvia”.

Vuelve Sylvia con la mirada del País de Las Maravillas, me dice que practica mi primer tipo de lectura, que es el que trasciende la vida del lector. Hay lágrimas de alegría en los ojos de Sylvia Plath cuando regresa en sueños en la honda lucha que libró hundiéndose en la almohada, en la locura, en la Noche, horas sin parar. Los grajos te rondan, te persiguen. Las casas se convierten en escaleras de caracol, el rumor del coloso llega hasta ti y publicas un poema con ocho años y pintas de negro el marco del espejo y obtienes la beca Fulbright y te mudas a Boston y todo lo que es rubio se te parece y todo lo que es pelo largo y ondulado y suelto. Hay versos que perfuman como un bosque. Pensemos, Amanda, que la criatura no se enrosca a la puerta del horno y sí hay manera, sí, sí hay manera de sacarla.

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