No podía conciliar el sueño y salí con evidente preocupación a dar un paseo por las calles oscuras. Antes de pasar adelante he de deciros que presentí, tras el ruido de la puerta al cerrarse a mi espalda, que algo extraño iba a ocurrir, pero me dije, sal y encontrarás una señal, ¿una señal de qué? No sabía muy bien. A veces las señales se nos escapan de las manos. Estos pensamientos, por supuesto, me han surgido otras veces, pero no les doy mucha importancia. La noche estaba ya avanzada y era rica en giros. Hacía bastante frío. Tal vez hubiera algún bar abierto. De vez en cuando me gusta rodearme de una nube de humo, con una copa de gin tónic delante, sobre la barra de madera barnizada. Dejé a un lado el puente y callejeé por el parque. Odio los parques, pero sobre todo a plena luz. No se veía ni un alma. Lo cual me causaba extrañeza y maravilla. Verdad es que caminaba con los ojos muy abiertos, con pasos cada vez más veloces para entrar en calor. De pronto, sin que la viera acercarse, había una muchacha junto a mí ¡Era Jo March! Clavé en ella mis ojos. Mientras me disculpaba, sentí una emoción incontenible. Me acerqué sin vacilar. Apenas podía dejar de mirarla.
Tendría unos treinta años, y no debía de haberse casado ninguna vez. Decía con una gran provocación: “Nunca nadie se olvidará de Jo March”. De sus hermanas, como en la novela de Louisa May Alcott, era la más curiosa. Iba vestida con ropa de otro tiempo lo bastante pobre (y algo quemada) como para ser honesta, pero era bella en sus cinco sentidos corporales. Yo llevaba una americana comprada en una de esas tiendas de ropa de los grandes almacenes. Charlé un rato con ella entre bosques de brisa y un lago congelado. Con voz romántica murmuró, no sé por qué, algo en una lengua que no recuerdo, y me ofreció tranquila y clara su mano generosa mientras me llevaba a caminatas útiles a la audacia. Cerré los ojos para obedecerla a ciegas. Cuando volví a abrirlos, tenso de emoción, estaba siguiendo sus botines de cordones por un jardín grande, no un huerto, sino un jardín de flores, una noche imponente, una hermosa noche de finales de verano, con una infinidad de estrellas brillando sobre el negro manchón de la arboleda. Las manecillas levemente fosforescentes decían que la medianoche estaba cerca. Aunque me costaba creerlo me sentía a gusto en grado sumo, como quien llega por fin al lugar que ha estado buscando durante largo tiempo.
En la casa cercana emanaba, primorosamente, una música de violines por ventanas y balcones. Bailamos porque dijo que le gustaba la idea. Antes de entrar accedió a que fugazmente la besase en los labios, entre la frescura y el marchitamiento. Pero duró poco tiempo mi felicidad sin criterio: me dejó solo en mitad de la fiesta. Baste decir que los camareros iban uniformados con chaquetilla roja. Me dediqué a observar el rostro de los invitados que se entretenían tomando una copa. Uno tras otro me saludaron con un apretón de manos acompañado de expresiones como “un placer”, “encantado”, etc., etc., pero unos segundos más tarde retornaron a sus conversaciones. Sus caras me resultaban familiares pero no acababa de reconocerlas. En ese ir y venir, en ese ser y no ser, comencé a tomar anotaciones de todo lo que me rodeaba para la nueva novela que traía entre manos agrandando mis antenas de luz y mi onda receptora. Acostumbro a apuntar todo cuanto me pasa. Como de reojo vi que alguien observaba mi libreta de apuntes, volví la vista hacia ella y entonces apartó los ojos y se excusó: “Eh, que no estaba mirando, en serio”. ¡Se trataba de Meg March! “No, si no importa”, le dije. “Da igual que mire porque tengo letra de médico y ni yo mismo la entiendo”. “¿De dónde es usted? ¿Portugués?”. Le digo que de España. “¡Ah, España!”, exclamó mientras su voz bajaba al tono de los negocios. “Pues yo solo llevo una noche viniendo aquí, y no sé lo que me queda”. “¿De veras? Ya te irás acostumbrando”, dijo mirándome con un ademán pensativo. “¿Acostumbrando? ¿A qué? Le digo que no sé lo que me queda”.
Me produjo un claro desconcierto. No había forma de enderezar aquella extraña conversación. “¿Por qué ha venido?”, dijo. No supe qué responderle y pasó un ángel. Luego desapareció con el señor Laurence del brazo para unirse al baile y me fijé en una mujer que estaba a mi lado con un vestido de tono rosa suave. Se parecía mucho a Beth March por su aire inteligente y joven y dije para mantenerme a flote: “¿Sabe usted decirme cuál es la música que están tocando? Me parece que usted entiende de música”. De súbito, sin que nadie se percatara, me llevó a un recinto cerrado. No me quedó más remedio que seguirla. Me dijo con una voz fresca y suave: “¿Tú vienes a menudo a estas fiestas?” “Cada noche”. “Pues yo no te he visto nunca: debe ser porque es la primera vez vengo”. Y se rió con una risotada fresquísima mientras se alejaba. Era una sala llena de libros caldeada por una chimenea resplandeciente. No había estado nunca en una estancia parecida. Me senté en una silla para mirar. Las paredes estaban cubiertas de estantes hasta el techo, pero también había montones de libros encima de una mesita y hasta de un sillón. Parecía la casa de un genio o de un chiflado.
Me sorprendió la cantidad de volúmenes, y lo miré todo como miran siempre los niños. ¿Acaso no puede uno soñar con lo que le dé la gana? Es más, me levanté para echar un vistazo a la biblioteca. Miroteé los estantes en los que afortunadamente, se atesoraban libros magníficos de Schiller, Chateaubriand y Shakespeare. Luego di con un pequeño zoótropo que reproducía mi imagen: mi pequeña copia cobraba vida; al bailar, bailaba. Me recordó a la sombra de un poema de Li Po: Canto y la Luna prolonga su presencia, / bailo y mi sombra se enreda. / Mientras me mantengo sobrio, somos alegres juntos, / cuando me embriago, cada uno marcha por su lado / jurando encontrarnos en el Río de Plata de los Cielos. En fin, no nos desviemos del tema. De pronto tuve la impresión de que alguien me observaba a mis espaldas. Se trataba de Amy March, mirándome con sus ojos pálidos. “Prométeme” –me susurró y se inclinó sobre mi rostro para poder hablar al oído- “que no revelarás ni una palabra de lo que has vivido esta noche”. “¿Me has entendido?”, preguntó de nuevo. Yo asentí. No sabía realmente qué responder. “¡Así me gusta!”, exclamó. Se rió. Su risa era más bien juvenil, pero no demasiado juvenil.
Me costó mucho decidirme, pero hábilmente salí de allí, y regresé a la fiesta en la que había un baile de debutantes que parecía el de la película de Greta Gerwig. Me propuse recuperar el tiempo perdido. Me las prometía muy felices, pero entre una cosa y otra la orquesta había dejado de tocar y se retiraba lentamente. Miré por todas partes. Entonces vi con mirada discreta a la mujer que se parecía a Jo March y que durante un par de horas me había llevado fuera del tiempo, charlando incansablemente entre un grupo de jóvenes. Me decidí a acercarme indeciblemente feliz. Pregunté nosequé, pero no parecía entenderme. Insistí. Luego me miró con una sonrisa sin dibujar y dijo en un murmullo: “¿Sabes? Ya puedes volver a casa”. Así pues, con la mente en blanco y con la más triste de las decepciones, sentí la nostalgia de lo que nunca se ha tenido mientras me alejaba desgraciado y ausente de mis pequeños amigos. Encogido de hombros la verdad áspera cruzó como un relámpago por mi mente, y volví a sentir el frío como un infalible pesar al salir de aquel jardín de estampa antigua. No daba crédito a que me hubiera ocurrido todo aquello, vivo y tembloroso. Aflojé el paso –por si querían alcanzarme y pedir que me quedara con ellos- y empecé a buscar un taxi que me llevara a casa (es terrible la cantidad de tiempo que hay para pensar en estas condiciones), pero no encontré ninguno en una primera ojeada. Al llegar a casa encendí mi portátil y escribí este artículo. Hay noches que traen buen sabor de boca y un beso incalculable que nunca se desvanecerá del todo.