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ORIENT EXPRESS

Así se acaba con la oposición

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 12 de enero de 2020, 19:22h

El comunismo, en sus distintas variantes desde el estalinismo hasta el castrismo, ha empleado muchos métodos para acabar con los opositores. Ahora que hay un ministro que se declara «muy contento y satisfecho de pertenecer al Partido Comunista de España» -ese partido que tanto mató en la Guerra Civil Española- es bueno recordar lo que los comunistas han hecho en la historia con los opositores.

En primer lugar, los han exterminado. El empleo de las policías políticas y sus métodos -el agente provocador, la tortura, las ejecuciones administrativas- han servido para infiltrar y neutralizar a las organizaciones opositoras. La STASI de la Alemania Oriental, la Securitate rumana, la ÁVH húngara y todas las policías soviéticas desde la Cheka hasta el KGB compartieron un manual que resultó efectivo, aunque no infalible. A veces, se trataba de matar a millones y, para eso, emplearon el hambre, como en el Holodomor, o los trabajos forzados, como en el Gulag. Otras veces, había que acabar con los líderes y, entonces, recurrían al asesinato selectivo, como hicieron con el sacerdote católico Jerzy Popiełuszko en Polonia. De esta política de muerte del opositor no se libraban, ni siquiera, los propios comunistas que se apartaban de la línea del partido. En “El cero y el infinito”, Arthur Koestler contó cómo ayudaron desde Moscú a acabar con los comunistas alemanes entregándolos a los nazis después de la firma del Tratado Ribentropp Molotov en 1939.

Cuando no podían matarlos o no convenía por la coyuntura política, se los encerraba largo tiempo o de por vida. Hubo periodos, por ejemplo, durante las purgas estalinistas entre 1936 y 1938, en que el encarcelamiento podía ser meramente administrativo e indefinido. Por supuesto, el poder judicial no era en absoluto independiente -todo el Estado estaba al servicio del Partido y sus objetivos- de modo que pasar a disposición judicial no implicaba, en modo alguno, una garantía de protección de la libertad del detenido. La cárcel comprendía distintos niveles de encierro. En la cárcel rumana de Ramnicu Sarat, donde se encerraba a intelectuales, sacerdotes, artistas y otros disidentes pertenecientes a la «inteligencia», el régimen de aislamiento y silencio era absoluto como forma de enloquecer a los presos. En las cárceles de Europa Central y Oriental, así como en las de la URSS, el frío, la desnutrición, los malos tratos y las torturas -por ejemplo, la privación de sueño- eran habituales.

A veces, el encarcelamiento del opositor podía ser utilizado por sus defensores para convertirlo en un mártir. Por lo tanto, era necesario desacreditarlo públicamente bien para que perdiese apoyos -y entonces se lo podría encarcelar sin graves consecuencias-o bien para que, incluso estando en libertad, su influencia quedara anulada. Era la técnica del «kompromat». Para ello, se empleaba información comprometedora que se publicaba en los medios de comunicación afines o se le enseñaba en privado al afectado para chantajearlo. En ocasiones, la información era directamente falsa y el dossier se había construido para destruir al opositor. Otras veces, se empleaba información cierta pero distorsionada, descontextualizada o sometida a otras manipulaciones. Por fin, en algunos casos, se tendía una trampa a la víctima y se la grababa o fotografiaba en situaciones que pudiesen perjudicar su imagen.

Los opositores no siempre tenían un perfil público que pudiese ser vulnerable al escándalo. Había, entonces, otras opciones. Por ejemplo, encerrar a la persona en una institución como si padeciese una enfermedad mental. So pretexto de proteger a la sociedad y a la propia persona, víctima de su supuesta locura, se construían expedientes médicos que concluían con la reclusión del disidente -que, huelga decirlo, estaba perfectamente- y con la aplicación de tratamientos farmacológicos a fin de “curarla”. Peeter Kaasik estudió los casos de aplicación indebida de tratamientos psiquiátricos forzados en Estonia durante el periodo soviético. Los hospitales donde se internaba a las víctimas de esta práctica estaban custodiados por el NKVD -el antecesor del KGB- y en ellos concurrían dos administraciones: la médica y la militar y el director del hospital solía ser un militar y el jefe médico un médico militar. El régimen era carcelario. La persona quedaba encerrada y etiquetada como enferma.

Había otras muchas formas de generar rechazo hacia los opositores. Por ejemplo, era habitual presentar a los anticomunistas como “fascistas” o “nazis”. A quienes criticaban la línea del partido se los podían etiquetar como “revisionistas”, “desviacionistas”, “derrotistas”, “burgueses” o “cosmopolitas”. El calificativo de “judío” era muy peligroso porque nunca se sabía cuando podía venir una oleada de antisemitismo como la que condujo al «Complot de los médicos» en 1953. Por fin, se podían difundir rumores y mentiras -desde la acusación de ser un confidente de la propia policía política hasta la de tener una vida desordenada- que aislasen al opositor por desconfianza o por miedo.

He aquí algunas formas que tenían los comunistas de acabar con los opositores. En estos días, conviene recordarlas.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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