Hablar de falta de coherencia en la política y en los políticos ni sorprende ni asusta y, si me apuran, deja incluso hasta de ser noticia. Pero es difícil resistirse a comentar –lo reconozco- el ridículo tan espantoso que hicieron, una vez más, los que antes decían unas cosas y ahora que son casta hacen otras.
Ver a Pablo Iglesias aplaudiendo al Rey no sería nada relevante si no fuera porque lleva a gala su republicanismo y porque nadie de su grupo parlamentario, excepto los que comparten sillón azul con él, movió un músculo para mostrar su aprobación al Jefe del Estado. Aun así, el aplauso laxo del jefe único de Podemos y su cara de pereza eran tan fiel reflejo de un “lo hago porque estoy en la poltrona, porque tengo que disimular y porque esto me paga la hipoteca” como de lo incómodo que se encuentra con chaqueta.
Hay que reconocer, aunque sea porque ahora es un partido que sostiene al Gobierno, que, al menos, sus compañeros de lucha estuvieron. No aplaudieron, pero estuvieron, callados pero presentes, casi firmes, con orden, escuchando el discurso de Felipe VI, al dictado del protocolo del solemne acto de inauguración de la XIV Legislatura. Fuera, en la habitación de al lado, sus amigos en eso de la República, menos obligados porque no negociaron “tocar pelo”, leían cuatro líneas que alguno llamó manifiesto con un inequívoco “el Rey no nos representa”.
No me digan que no resulta curioso que tanto los “obligados” y sin aplaudir, como los que aplauden sin ganas y los que reniegan de la Constitución que les permite expresarse ahí en esos términos y aguantando porque creen que con Sánchez va a ser la única manera de conseguir sus objetivos independentistas, son los socios del Gobierno de España.
Lo que me sigo preguntando es si no sintió ninguna vergüenza el jefe del Ejecutivo y su vicepresidente y si tan alta consideran su misión con España y obligación con la Historia como para dar por bueno el bochorno vivido. Quizá es que estar en un acto presidido por el Rey con tus benefactores fuera criticando a la Monarquía ni le turba ni le produce desazón.
Veremos si tal vergüenza se justifica con una acción de Gobierno brillante, que haga que España encabece los rankings de bienestar, abundancia y progreso, con una economía potente y enriquecedora para una población activa y en plena seguridad jurídica en una España unida y fuerte.
¡Jo, sería la pera! Pero volvamos a la realidad. Todo el mundo sabe que eso no va a pasar y que lo deseable es que con las medidas que se han anunciado España no se arruine mucho y, a poder ser, que no se escinda ninguna parte de ese mapa de nuestro país que estudiamos en el colegio.
Nada me hace ser optimista. ¿Estaré perdiendo la fe en la humanidad? Quizá es que sigo sin entender que no es posible crecer con quien te quiere destruir.