Distinguido visitante, fantasma que nace del temor: solicito, a punto de perderme, de naufragar, de despertar, lo siguiente: querría que en cada encuentro me escuchases con cara seria, con expresión apenada y compasiva, que mis dramas te afectasen y te crearan llamativas ojeras de vida disoluta. De venir cada noche, no desearía que te movieras como una rama al viento ni bloqueado por una maleza infranqueable. Si vienes en son de paz, podrías dormir por aquí, no resultaría peligroso, podrías decir “Paremos aquí un minuto. Las piernas ya no me sostienen”. Lo escribió renovado Giorgos Seferis: “En las grutas del mar hay una sed, hay un amor, / un embeleso, / sustancias sólidas todo como las conchas / que puedes tenerlas en tu mano”. De esas cosas podrías beneficiarte en mis aposentos, no estarías en largas calles inacabables buscando alguna víctima a la que asustar. Leeríamos a Goethe o Rilke o Valente o Montale en la madrugada, escucharíamos a los grandes compositores que nos harían olvidarnos de la borrasca que azotara fuera.
Soy bien educado, sé que cuando llamas al timbre no se oyen pasos y no galopas en un vigoroso corcel. Me pregunto por qué solo los ángeles andan sin paso y por qué eres como una partícula de luz o una venda para los ojos o un grillete. Con impaciencia aguardo tu llegada toqueteando mi bigote nada canoso delante de la puerta. “¿No escuchas su golpeo?”, le digo a mi gato. “Nadie habita por estos lugares; es el visitante”. No eres un extraño que deambula ni un viejo pelmazo ni un mensajero que llega desde larga distancia. No eres pájaro ni puma, quieres alcanzar la burbuja de mi corazón. La verdad nunca golpea en vano. Cada noche estás en el jardín, a veces no entras y sigues llamando. Los recuerdos no llaman a la puerta. Las voces son como “nuestros ancianos” y por eso hay que escucharlas con atención como las historias, pero sin aliarnos con los psicoanalistas para averiguar que no somos unos analistas.
He de decirte, visitante que puede salvarme sin pausas embarazosas, que me está ocurriendo algo que no me da miedo. No tengo que salir corriendo. Tu llegada, de producirse, me tocará en lo más vivo. Cuando llames otra vez a la puerta, oirás: -Pasa. Atenderé los laberintos de tus necesidades, ideas o los sueños enarbolados que te arrastren. Aprenderemos a edad avanzada a amar el silencio. No recordaremos nombres de tiranos ni cambiaremos nuestra ideología metafísica. Siempre he dicho que para mí los visitantes que no son quejumbrosos son algo más que unos visitantes, son alguien de la familia. A decir verdad, tuvimos el raro privilegio de acompañarnos mucho tiempo sin llegar a asfixiarnos del todo, para siempre jamás. El reencuentro me hará volver la vista atrás, tenderé la colada antes de que sean las once, miraré tras la ventana estrellas pálidas que brillarán como peces. Corresponde a mi obligación dar la tabarra con las nuevas normas que nos llevarán a una bocanada de felicidad, en cualquier día de perros, con viento que haga destrozos. Sin ti estoy más solo que yo mismo, con un aburrimiento crecido y turbulento, en mi aislamiento voluntario. Soñé que había soñado muchas veces que venías de nuevo a mi Plaza de la Vida.
Si te decides, pues que tu mirada al llegar diga: “Dame de comer”. No quisiera contemplar más, horrorizado como un pobre diablo condenado, tus ademanes de la locura que sobrepasan grados monstruosos. Te dejaría hacer alguna tarea del hogar y gozarías de un puñado de responsabilidad como pequeña recompensa. Ayer fue mi cumpleaños. Durante las horas en que lo celebré fui enteramente feliz. Preveo que, si sigues mis instrucciones concretas y enfocas tus impulsos en ellas sin ser diabólicamente retorcido, eso nos proporcionará un supremo poder motivador en la vida. Nos haremos fuertes en mi castillo. Sostendrás tu cabeza rota en mi regazo. Mis ojos sentirán las yemas de los dedos de niebla. Al castillo llegaremos en un tren que irá demasiado deprisa, a ciento treinta, y tendremos que saltar y jugarnos la vida para venir hasta aquí. Saludaremos a viejos conocidos que abran sus brazos desnudos. Habrá senderos a lo lejos que conducirán, respondiendo a la campanilla de la meditación, al monte de la Confusión o al Congelador o al Cuerno de Oro a al Pulgar Doblado.
Yo te quise de verdad y no podré librarme de ti. Superé el daño que me hiciste acudiendo a mi mente en forma de toda clase de imagen absurda. ¿Te acuerdas cuando vimos Time? ¿Hijos de un dios menor? ¿Todo frente a una psique deshecha? La enfermedad que vemos por todas partes es el recuerdo. Si sientes mala conciencia por tu comportamiento, haz caso: todo está preparado. Ven cuando quieras y bailaré al son que toques. El amor es coger de la costilla con la mano, que devores mis labios y yo los tuyos. A tu disposición.