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TRIBUNA

España, una y diversa

Ciriaco Móron Arroyo
martes 25 de febrero de 2020, 20:17h
Actualizado el: 25/02/2020 20:29h
En nuestra nación están ocurriendo cosas que rayan en lo inverosímil; una de ellas es que políticos movidos por ideologías imprecisas hablen de España como “una nación de naciones”. Según nuestros grandes historiadores, desde la magistral historia de D. Modesto Lafuente (1850-1867), España es una nación en el sentido moderno de la palabra, resultado de la unión de naciones en el sentido que la misma palabra tenía en la Edad Media y todavía en el siglo XVII. Cuando don Quijote le describe a Sancho los caballeros y países que componen los ejércitos imaginados por él ante los rebaños de ovejas, Cervantes comenta: “¡Válame Dios y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían” (Quijote, I, 18). Aquí nación significa una colectividad homogénea con rasgos (¿psíquicos? ¿sociales?) comunes a todos sus miembros: “los atributos que les pertenecían”. La nación moderna, en cambio, es una colectividad formada por la incorporación (con esta palabra tradujo Ortega el término “sinecismo” de Theodor Mommsen) de distintas etnias y aportaciones culturales. Hoy no es utilizable en un discurso serio el término raza, tan popular en la primera mitad del siglo XX. En España, al discutirse la Constitución de 1978, Cela y Julián Marías se opusieron con vehemencia a la distinción entre regiones y “nacionalidades”, advirtiendo del riesgo que la distinción comportaba, como ahora vemos. Al fin y al cabo, el término “nacionalidad” se introdujo como un baciyelmo, precisamente para evitar el de nación, que se reservaba para la España de todos. Según mis conocimientos, la idea de nación se ha entendido desde cuatro criterios: primero, el teológico-metafísico; por ejemplo, la identidad judía a través de los siglos en la diáspora con su reguero de persecuciones. Segundo, las “comunidades imaginadas”, fórmula utilizada en 1983 por el profesor Benedict Anderson (Cornell University) para designar las naciones trazadas con las falsillas de las fronteras coloniales. Tercero, la psicología de los pueblos, o etnopsicología (B. Croce), traducción del término alemán “Völkerpsychologie”. Esta noción fue acuñada en 1852 por Heymann Steinthal, y difundida por la Revista de etnopsicología y lingüística (1860-1890) de Steinthal y Moritz Lazarus, dos pensadores judíos que con su honrada propuesta dieron luego pábulo al nazismo. La idea de España manifiesta en los escritores de la llamada Generación del 98 tiene como fundamento esa supuesta psicología de las “almas” o “espíritus nacionales”. El nacionalismo catalán y el vasco se fundaron en ese tipo de discurso (Lo catalanisme de Valentí Almirall es de 1886 y el PNV surge en 1895), totalmente desprestigiado hoy entre los historiadores. En aquellos años acuñó Sabino Arana el término Euskadi, que Unamuno, amigo de Arana, considera ridículo, ya que significaría “bosque de asfódelos”. De forma inocente o criminal la etnopsicología bordea siempre el racismo. Las lenguas cooficiales no pueden ser fundamento de identidad nacional porque en toda nuestra nación se habla “español”, la lengua que nos permite comunicarnos con 500 millones de hispanohablantes. Ahora bien, tampoco son españoles los argentinos o viceversa, aunque hablemos la misma lengua. Reconocido esto, aceptamos exultantes la riqueza cultural que significa el plurilingüismo de nuestra nación.

El cuarto criterio para entender el concepto de nación es la razón histórica de Ortega y Gasset. Yo lo acepto y propongo como el único criterio válido. La razón histórica es: primero, el reconocimiento de que nuestro pensar está condicionado por las posibilidades que nos ofrece nuestra sociedad. La razón comienza a pensar orientada y limitada dentro de un diálogo sobre los temas vigentes en cada momento, y en el tipo de discurso que aceptamos o negamos. Y segundo, en el caso de España o de sus regiones—descartada la vaga noción de alma colectiva—la razón histórica nos obliga a reconstruir el proceso de formación de nuestra nación, que en definitiva tiene tres momentos fundamentales: primero, la conformación de la Hispania romana, con sus tres elementos unificadores: el Estado provincial, el latín y el cristianismo. Segundo, la división en distintos reinos y señoríos durante la Edad Media, y tercero, la progresiva unificación desde los Reyes Católicos. A partir de ellos, la “monarquía católica” consolida la “una y diversa España” (Laín Entralgo, Barcelona, 1968) en la que hoy vivimos. Ante esta realidad histórica, social y cultural, fundada hace más de 2000 años podemos preguntarnos: ¿tiene sentido reclamar la idea de nación con el argumento de que algunos habitantes de ciertas regiones “no se sienten españoles”? ¿Qué tienen que ver los sentimientos de algunas personas o grupos con la realidad social conformada durante siglos? D. Américo Castro sostenía que Séneca y los visigodos no eran españoles. Efectivamente, no podían serlo porque España era una provincia dentro del Imperio romano. Pero Séneca y los visigodos se hicieron españoles al ser apropiados como tales según se fue formando la conciencia nacional. En la Hispania romana existía una clara conciencia provincial frente a los habitantes de Roma. En el siglo II cuenta Aulo Gelio que en un banquete ofrecido por un "joven asiático" a los amigos en su alquería, se encontraba Antonio Juliano: “Por su acento se le reconocía como hispano (español, dice el traductor)...jóvenes de ambos sexos cantaron y bailaron poemas de Safo y Anacreonte... Después de este canto, muchos griegos presentes en el festín, hombres amables y que no habían desdeñado el estudio de nuestra literatura [la latina] atacaron con sarcasmos al retórico Juliano, diciendo que no era más que un bárbaro, un campesino que no había traído de España más que una declamación gritona, una facundia furiosa y disputante. ¿Qué se podía esperar, en fin, de sus ejercicios en una lengua sin voluptuosidad, que asustaba, lejos de agradar a Venus y a las musas?” (Noches áticas, cap. 9). Juliano cantó luego algunos poemas latinos e hizo que sus contertulios cambiaran de opinión. Parece indiscutible que entre aquellos jóvenes romanos existía una imagen estereotipada del "hispano" y de la vaga relación entre su carácter y su cultura ("una facundia furiosa y disputante", o sea, fanática y ergotista). Los romanos entraron en territorio español por Cataluña: Ampurias y Tarragona, de forma que Cataluña es el origen de Hispania.Los sucesores de Carlomagno llaman “hispani” a los súbditos de su imperio que viven en Hispania (D’Abadal y de Vinyals). Cataluña se integra en la Corona de Aragón ¡¡en 1137!! con sus propios usos y fueros (Comunidad autónoma, podemos decir). La unión se produce ese año, cuando el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV se desposa con Petronila, heredera del trono aragonés. Esta fecha quita toda fuerza a los que sugieren “un referéndum pactado a la escocesa o a la canadiense”. Es un error comparar Cataluña con Escocia o con la provincia de Quebec en Canadá, territorios unidos por pactos mutuamente aceptados en la Edad Moderna. Y no digamos la comparación con Yugoslavia, conglomerado formado en 1919. Los nacionalistas actuales siguen hablando del “pueblo catalán”, postulando que la nación es la realidad orgánica y viva destinada a tomar cuerpo en las instituciones “exteriores” de un Estado (Prat de la Riba, La nacionalitat catalana, 1906). Ahora bien, una vez más, el discurso de Prat de la Riba es el de la etnopsicología, hoy superado por la diversidad de los catalanes descendientes de inmigrantes de toda España. Lo dicho sobre Cataluña se puede repetir en términos análogos sobre las provincias vascas. España, una, justa y libre; no hace falta una “España grande”, sino de la magnitud que nos venga de un empeñado ejercicio espiritual y una alimentación sana (veraz y solidaria) de nuestra mente.

Ciriaco Móron Arroyo

Profesor emérito en la Cornell University

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