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TRIBUNA

Clara Campoamor o la viceversa del Congreso de los Diputados 2020 las tres Españas

martes 10 de marzo de 2020, 20:16h

Murió en Suiza, año 1972, exilio y como costurera memorizando a su madre Pilar. Todos lo que esto lean creo que alguna idea tendrán de quién fue y qué sucedió con esta digamos que asturiana, abogada, amante sin amores o mujer ante todas las cosas. Aquí dejo la biografía, sacada, cómo no de Wikipedia. Si bien para narrar lo que viene a continuación doy por buenos los datos que sacaré del libro de Paul Preston Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días: corrupción, incompetencia política y división social -Debate 2019-. Comienza ésta mi aventura, pues aventuras son y nada más estas cosillas que escribo.

Clara, modistilla, dependienta de un ultramarinos, telefonista y otras labores propias para las mujeres -sobre todo jóvenes- de aquellos tiempos de machos y alguna que otra macha, católica y matrimoniada, olvidó la escasez -dormía en pensiones que no podía pagar, la maleta, siempre la maleta en su mano andurreando las calles de Madrid- y se lanzó, cual sufragista única, al porvenir de la política. Se publicó como tal en el año de 1931, año de proclamación de la II República. Había por entonces, según mi parecer, tres Españas, que no dos, como escribió mi poeta con caspa, pero órbita de mi adolescencia, que helaban no el corazón, sino, mejor, hasta las fotografías de aquel sueco amador de una España sin inventos, unamuniana y pobre. Y es que Christian Franzen pronto fue apodado como fotógrafo de reyes y rey de los fotógrafos. Franzen, amigo de Sorolla, fue el que dio luz y retratos a estas tres Españas que estaban entre el republicanismo, el conservadurismo rancio y un liberalismo de camiseta de a cambio, esto es, de chaquetería según el parné se arrimara a sus aspiraciones.

Campoamor y su amor/obsesión por adentrarse en aquella triple Hispania -desgraciadamente tomó carné por el partido más corrupto de aquella época, esto es, el de Lerroux y su Partido Radical: eufemismo muy lerrouxiano- fue la segunda diputada en el Congreso de los Diputados en aquel 1931 junto a una tal Victoria Kent, quien, para mí mal saber, no quiso o se amilanó a la hora de apoyar la trayectoria de Clara. Baste decir que Kent comenzó afiliándose a la Asociación Nacional de Mujeres Españolas y la Juventud Universitaria Femenina, dirigida por una tal María Espinosa de los Monteros -¿Espinosa de los Monteros?: soy yo o esta genealogía nos suena a algo-.

En fin, sin tartamudear más: que Campoamor se quedó más sola que como solo se está quedando este tercermilenarismo político y economicista y coronavirus. Cuenta un amigo mío poeta: “las mujeres enfermas que jugaron con burros / las que cavaron tumbas en las palmas de un trueno / las sólo voz dormidas en los centros solares / las hambrientas de todo / las preñadas con todo, etc. etc.”.

Clara Campoamor, en aquel Congreso de los Diputados con veintiún señores y dos señoritas, interfonó la voz de la calle, la acacia que brotara gracias a la no discriminación por razón de sexo, la misma jurisdicción entre niños y niñas habidos con o sin esponsales, el alumbramiento del divorcio y, lo que la hizo caer de su escaño, esto es, el sufragio universal para comunar aquel pan a tres céntimos que era el feminismo.

Ay, que te ay, que las tres Españas se preñaron de celosías y de cornucopias entre ellas mismas con tal de que Campoamor, por mujer, no fuera a ganar por talento y educación parlamentaria al entonces caballerosismo de Los Jerónimos. Eso es lo que dice ahora nuestra Natividad Isabel Díaz Ayuso, presidenta de un Madrid en Comunidad, esto es, que ella está por encima de imposiciones tanto de mujeres como de hombres, pues doña Natividad está muy por encima del pensar del hombre macho o ultra o sociata o bolivariano o vayan ustedes a saber.

Los periódicos, entre ellos El Imparcial -el mejor periodismo español, a mi entender, se hizo en el primer tercio del XX. Omito nombres- ora la avalaron, ora la traicionaron. Gran oradora y coraje de soltera, Clara Campoamor -disculpen mi insistencia- se trabó con las tres Españas allí representadas. La primera, la de la izquierda -con alguna excepción-, la segunda, la de la derecha disimulada de toda la vida -Lerroux y su disfraz, Gil Robles, el clericalismo, el ejército y, por decir algo, la sociedad civil que ya estaba pergeñando un golpe de Estado-, y la tercera, el socialismo de Pablo Iglesias, los republicanos catalanes de entonces -que nombraban de otro modo- y ese rebaño de dame el voto que yo te invito a mi cortijo a matar toros y a rezarnos un salvapatrias.

Campoamor Rodríguez ganó aquella votación que reformó para reinventarla con denominación de origen, esto es, el artículo 36 en beneficio del sufragio femenino. Pero, ah, los caballeros y las cabelleras, que es que no se quedaron contentos y ya fueron organizándose para ganar en 1933 el Congreso con más conservadurismo: la CEDA, una maraña que lanzaría hacia delante un retroceso al pasado, a todos los pasados de los Reinos de las Españas, como está sucediendo ahora con el Partido Popular, Vox y Ciudadanos -por decirlo suave-.

Al ver lo visto, Clara se puso a escribir un libro cuya lectura me hace sacar mi llanto interno, esto es, Mi pecado mortal. El voto femenino y yo. Y, al entrar los africanistas por Andalucía, la costurera del mejor parlamentarismo español en aquellos tiempos en que las hembras eran cabello de lápida, corresquinadas, titiriteras, hijas del golpe y de los sueños mojados, cogió y se dio el piro a París.

Aquel campoamorismo, como reza el título de este artículo que no sé si es tal, hoy, año 2020, es la contrametáfora de los sonetos del amor oscuro, es decir, un pan de hostias, unas gallináceas y unos gallináceos, un chulapismo entre Zorrilla y don juanes o, por finiquitar, un poder que ya no depende de la política; en todo caso, de las grandes corporaciones económicas.

Una vez fui a ver la tumba de Clara Campoamor en el cementerio de Polloe de San Sebastián y entonces recordé lo que ahora aquí escribo:

Estas tres Españas ya no son tres, sino así suene la corneta de los cuarteles. Es decir, la Gran Banca, la usura de los nuevos lerrouxianos -Lerroux estuvo a sueldo del dictador Primo de Rivera o de Juan March, y envuelto en escándalos como la investigación de la Comisión de Responsabilidades sobre corrupción en 1932-, esta Recesión que no se apaga, pues virus es más contagioso que el COVID-19, más estos ultras de Vistalegre a los que les quedan -Escúcheme mi Dios de Chuang-tzu- cinco películas en la televisión Trece o por ahí, más esas redes sociales que son los nuevos tanques de los que hace uso los Ortega Smith y CIA.

Y aquí acaba el cuento de la Sirenita de Madrid, contado no por Hans Christian Andersen, sino por el que esto firma.

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