TRIBUNA
Un brindis por la Web
miércoles 18 de marzo de 2020, 20:38h
Como el deslumbramiento del amor, como la perplejidad frente al mar, como una proximidad al misterio universal ante un cielo iluminado por la espléndida luna, los modernos sistemas digitales de comunicación nos asombran y deslumbran; aunque también nos inquietan y alteran el modo de vida y de relación. La Web 2.0, difundida como Redes Sociales o, en términos técnicos WWW (abreviatura de World Wide Web) ha pasado de ser una desafiante metáfora -como quizá fuera imaginada por sus artífices-, hasta convertirse en una necesidad universal y paradigmática de la convivencia contemporánea. ¿Qué sería yo sin mi celular y mi ordenador?
Este prodigioso mecanismo de comunicación humana que es el mundo virtual de internet, cuyos sitios y aplicaciones operan desde diversos niveles técnicos, que van desde el profesional al de relación directa entre personas, brinda un intercambio de información que permite el contacto global a una escala que no tiene precedentes en la historia de la civilización. Cada día se agregan aplicaciones nuevas y es raro que alguien no disponga hoy de un celular, un ordenador o una tablet para establecer contacto con el otro. De tal manera que la denominada hiperconectividad entre individuos separados en el tiempo y el espacio, hace que se puedan usar al instante las Redes Sociales para intercambiar -e incluso exponer mutuamente- las ideas, o de manera alternativa las actitudes y los deseos más íntimos e inmediatos.
La alegoría de las Redes Sociales parece digna de la imaginación de Jules Vernes, Franz Kafka o Ray Bradbury. Con sus principios teóricos y sus particulares métodos de análisis de las mismas líneas, el universo de internet se presenta como uno de los prodigios más increíbles del género humano. Asimismo, los especialistas no cesan de estudiar la influencia del todo en las partes y viceversa, y el efecto producido por la acción selectiva de cada uno de nosotros en estos formidables sistemas (desde sus estructuras hasta la relación personal, desde el comportamiento hasta la actitud que encierran y nos involucra). Es así que también, con nobles intenciones quién lo duda, se propone que a través de ellos, seamos mejores ciudadanos, más nobles amigos y ejemplares padres o maestros; al tiempo que el uso contribuye a una eficiente calidad de vida. Tampoco la política y el comportamiento de los poderes que nos gobiernan quedan fuera de este contexto que busca consolidar nuestras formas de convivencia en democracia, haciendo que se fomenten virtudes y se condenen las miserias individuales. El objetivo es claro y las intenciones indiscutiblemente loables, y aunque todavía el cumplimiento deja bastante que desear, debemos tener en cuenta que no son las máquinas ni el sistema los culpables, sino nosotros, los hombres, que seguimos siendo complejos e intolerantes. Y acaso dudosas personas.
“Me dices que ves mal el mundo; te digo que ves el mundo”, reflexionaba el poeta conceptista don Francisco de Quevedo en el siglo XVII. Nada más cierto. La lógica nos dice que cada época tiene lo suyo (sus virtudes y sus miserias); pero el hombre sigue siendo el mismo en cada época que le toca existir. Sin embargo, lo que corresponde es celebrar este estilo de vida moderno y poner todo el empeño para mejorarlo. En especial como homenaje a WhatsApp, la aplicación en la que enviamos y recibimos mensajes mediante internet, que ya supera cómodamente los 1500 millones de usuarios y celebró no hace mucho sus 10 años de vida, transformado nuestra forma de relacionarnos con los otros y con nosotros mismos. Tanto es así que ya nos cuesta recordar la vida antes de WhatsApp (y por qué no también de Twitter y Facebook) En mi caso, que viajo constantemente por asuntos laborales, WhatsApp me permite estar en contacto permanente con mi familia, conversando mano a mano y viéndonos las caras, y hasta acariciar, de manera virtual, por supuesto, a mi perrita Amapola y a mi gato Virgilio, como si estuvieran a mi alcance.
Pero, antes de brindar, por las virtudes de WhatsApp y de las correspondientes Redes Sociales, quizá es necesario exponer los aspectos enojosos o precautorios de este sistema; empezando por preguntarnos hacia dónde nos lleva. O, mejor dicho, hacía dónde podemos llegar nosotros, sus compulsivos usuarios y portadores, que no dejamos de asombrarnos y turbarnos, ya que en nuestros días cuesta imaginar una herramienta más contundente y poderosa que las bien llamadas Redes Sociales, que también nos secundan en la lucha contra la opresión, los autoritarismos antidemocráticos y la prepotencia oscurantista de ciertos resabios de intolerantes personalismos, que siguen amenazando a los pueblos. Hay que reconocer que este sistema ha sido la herramienta más eficaz y fundamental para articular movimientos emancipadores.
Vivimos los tiempos del “permanente instante universal”, y nunca como ahora “el mundo es un pañuelo”, donde las Redes a través de sus principales instrumentos comunicacionales del “tête à tête” nos facilitan diseñar un propio blog, sin costo alguno, para acceder a una cuenta de correo supuestamente privada, que ofrece en lo social una mejor transparencia y, en ocasiones, una saludable capacidad de movilización. Fenómenos recientes como el de los “Chalecos Amarillos” de Francia y la “Rebelión Chilena” no podrían explicarse sin las Redes Sociales, que no permiten que no haya liderazgos visibles y se nutran de reclamos tan heterogéneos y diversos que cuesta identificar o quienes los encabezan o son ejes de las demandas.
Que yo sepa, en las Redes Sociales hay escasa discreción y se encuentran más o menos librada al azar; son como un viento que impulsado sobre las imaginarias Nubes sopla incontenible en cada rincón, aunque no siempre arrastra tormentas, y hace que aquello que parece bueno a simple vista, probablemente no lo sea. En el caso puntual de la política cumplen una peligrosa función contaminando informaciones con medias verdades que abren puertas a una nueva y más potente metodología de manipulación; apelando, en estos casos, a las herramientas de la competitividad y movilización políticas. Un autoengaño que bien puede colmar algunas plazas, alentadas por discursos demagógicos y venales, pronunciados por frívolos liderazgos que esconden la cara al contacto directo con el ciudadano, o apelando al abrazo virtual y a la gesticulación desaforada tan propia de los artificiosos y maquiavélicos dirigentes. Algo parecido quizá nos está pasando en lo individual, en las formas directas de relacionarnos; sin dejar de mencionar, por obvia, a la invasiva televisión que todavía sigue operando dentro de los hogares.
Otro llamado de atención a este sistema del fabuloso WhatsApp, se hace extensivo a la intimidad y puede ser utilizado -y de hecho lo es- para corromper, buscar pareja o alentar enlaces que hacen que todo se entremezcle casi siempre de un modo ridículo. Si bien las Redes Sociales parecen allanar los caminos hay plataformas como Tinder (lo descubro mientras escribo este texto), que posibilitan otra manera de “acercamiento virtual íntimo”, facilitando y creando la ilusión del encuentro inmediato de dos corazones que desesperadamente buscan amor. Eso sí, conviene tener en cuenta que no sólo de ilusión vive la gente. Sin embargo, los procedimientos parecen cosificar los vínculos cibernéticos y les imprimen fugacidad y fragilidad; es decir, desinhiben, a la vez que degradan, con formatos de aproximación piel a piel de la deseada pareja.
Por consiguiente, creo que es necesario no olvidar que las Redes Sociales nos tientan con la posibilidad del anonimato y el infalible placer de editarnos de manera narcisista a nosotros mismos rodeados de permisivos, cuando no groseros Emoticones, que pueden hacer reír o llorar; pero, no tanto, ya que nadie está impedido de tener en Facebook u otras plataformas una vida más atractiva y seductora de la que en verdad tenemos. Pues bien, en las Redes se alimentan estas formas de ficción, y son ellas las que pueden impulsarnos, o darnos rienda suelta para ventilar nuestra intimidad; aunque también a exponernos a demasiadas iniquidades; vale decir, a posar hasta el punto de fingir. La telaraña digital lo puede todo y todo lo permite, y parece sumergirnos en cierto pantano del más reprochable face to face.
Tampoco se debe olvidar que las Redes Sociales han subestimado la amistad, a veces hasta el límite de conducirnos a su fase más compulsiva y degradante; o sea, devaluarla. Twitter y WhatsApp, verbigracia, definen como “amigos” y hasta “amigos entrañables” o “camaradas” a sujetos que, quizá, ni siquiera les hemos visto el rostro una vez en la vida; y con las que, aún menos, hemos compartido vivencias ni emociones, más allá de lo virtual, es claro. ¿Qué observamos en esto? Simplemente que con las Redes Sociales, se han roto los tabiques que separaban el rol de la vida personal de cada individuo. Hoy los estudiantes -y la muchachada en general- ven a través de Facebook las fotos de las vacaciones de su maestra tomada de la mano de un ocasional amante; en tanto que los empleados y los jefes de la oficina, de manera impúdica, se espían mutuamente y se publican a través de WhatsApp y Facebook en sus intimidatorios Celulares. En fin, la privacidad, para no andar con medias tintas, se ha convertido en un valor en extinción. Y esto es lo grave. Hasta en los colegios las Redes Sociales (en estos casos con indiscretas comunicaciones) han contaminado el vínculo entre padres, docentes y alumnos.
Vemos, también, con otro tipo de preocupación, que se han distorsionado mucho los mecanismos institucionales para abordar y dirimir conflictos que no son precisamente meras superficialidades. Hoy en día, demasiadas situaciones problemáticas se someten a un tribunal supremo que funciona primordialmente a través de las Redes Sociales, donde se dicta sentencia o se redime en un santiamén; eso sí -y esto también es grave-, sin medir las consecuencias. La detestable cultura de lo inmediato (que en la Argentina se llama “escrache” o “mandar al frente”) ha reemplazado con inapelable violencia los apacibles cauces institucionales. Y las Redes Sociales son el motor de este atajo peligroso.
Con cierta nostalgia también encontramos que los grupos de YouTube, de Twitter o de WhatsApp refuerzan ciertos lazos de correspondencia comunitaria, pero esas alianzas, en la mayoría de los casos, funcionan como un disparador de malos entendidos y frágiles enjuiciamientos; y, por estos motivos, se convierten en odiosos canales de indiscreta divulgación de asuntos muy personales, por lo general desechables en ciertos casos; vale decir, mera “chatarra de ocasión viralizada”, y hasta con sobreabundancia de onomatopeyas, emoticones e intervenciones redundantes. Muchas veces son útiles, por supuesto; pero, en la mayoría de los casos, son una pérdida de tiempo, con sutiles peligros, además. Se me dirá que siempre ha sido igual y deberé recocerlo. Los vicios del mundo moderno se titula un lúcido poema de Nicanor Parra, donde el aedo de la antipoesía reconoce que:
La verdad, como la belleza, no se crea ni se pierde es simplemente un espejismo del espíritu. Todo esto porque sí, Porque produce vértigo…
Acaso el idéntico vértigo que produce internet (con sus variantes grupales) gratuitamente a nuestra disposición, pero inmiscuyéndose y transformado la vida íntima y laboral.
En el ámbito del trabajo, cabe observar que WhatsApp ha impuesto -sin pedir permiso ni admitir reparos- la más dura flexibilización. Los horarios de oficina se extienden casi sin limitaciones o se descomprimen con total temeridad. Como contracara, se ha incorporado en el espacio y el tiempo de actividad productiva un factor de demanda con alarmante distracción. Digamos que casi permanente. Ya que atender el celular absorbe varias horas al día, y nadie lo apaga por estar trabajando. Se producen de esta forma peripecias graves, casi cotidianas, cuando un chofer, por atender un llamado, provoca un accidente que se cobra inocentes vidas humanas.
Es así como toda una comunidad -y ni hablar de una humilde familia- está atravesada a tiempo completo por los grupos de WhatsApp, que, así como favorece cierta expresividad y ayudan a sostener una comunicación más fluida, también disparan tensiones a granel (sobre todo si alguien no contesta nuestro llamado, o lo hace de un modo que no satisface las expectativas). Enojoso asunto, por supuesto, o dilema que ocasiona brutales rompimientos y hasta escandalosas molestias o, en algunos execrables casos, hasta femicidios, o asesinatos con arma blanca, que van más allá de atropellos virtuales de la peor especie, con los respectivos insultos que afean a las Redes Sociales en cada caso. Y ni hablar de los robos callejeros, que se estimulan y se perpetran celulares en mano.
Los expertos -y sobre todo la psicología-, ya han estudiado estas arduas cuestiones; además, de los efectos de ansiedad, frustración y angustia que muchas veces provoca el hecho de vivir asomados todo el tiempo a la vida de los otros, divulgando imágenes o autorretratos a través de Facebook o WhatsApp, por lo general inoportunos u obscenos; algo que no podemos llamar bien intencionados. Sino todo lo contrario. Y, para decirlo sin eufemismo, son una forma de espionaje.
Ahora bien, creemos que la culpa no es solamente de la Web (o WWW, o World Wide Wed, o simplemente de las Redes Sociales (“no tiene la culpa el chancho sino quien le da de comer”, dice el refrán), ni debido a esta situación tratar de condenarlas o acotarlas; cosa que nadie imagina, acción imposible desde todo punto de vista. El tema, como tantísimas cosas, me parece, pasa por el paño de la educación. Tal vez deberíamos estar más advertidos de que, detrás de las Redes Sociales, hay poderosos intereses que trabajan para convertirnos en individuos dependientes de ciertas plataformas tecnológicas. Esto hay que advertirlo, poniendo el correspondiente llamado de atención o la intermitente señal de peligro. Es necesario, por consiguiente, tener en claro que una menos escrupulosa que poderosa maquinaria funciona desde secretos laboratorios de “inteligencia artificial” para que cada vez les dediquemos más atención y las necesitemos con más dependencia.
Podría decirse que las Redes Sociales solo exponen lo que somos. Cierto. Pero no somos los mismos después de ser manipulados por los guarismos de una “inteligencia perversa”. Es hora de poner el acento en el uso responsable de nuestro WhatsApp y de las fabulosas Redes Sociales, que lo concretan y lo hacen posible. Pero atención otra vez (y aquí recordamos a George Orwell y su Rebelión en la granja, donde la hacienda del señor Jones: perros, caballos, gallinas etc., son los protagonistas de su distopía.
Hay un tema del que casi no se habla. Los gobiernos, los parlamentos, las universidades, las escuelas, y todos en general, deberíamos estar alertas y reclamar con énfasis una “conducta digital responsable”. Dicho desafío estará dado en encontrar el punto medio; es decir, aprovechar las enormes potencialidades de las Redes Sociales, sin endiosarlas ni permitirles cualquier cosa. Puede resultar un arduo y complejo aprendizaje. Pero no caben dudas que valdrá la pena.
Y como todo se ha vuelto digital (o viral), señalemos para concluir, que vivimos en la era de internet esta primera pandemia ecuménica, que se produce y es difundida por las Redes Sociales. Gracias a este sistema cada caso se conoce casi en tiempo real, al momento. Sin duda WhatsApp y toda la parafernalia comunicacional está ayudando a controlar el flagelo que azota al Planeta. En buena hora. ¡Aleluya, celebremos también esto; pero, sin obviar las críticas, que tenemos todo el derecho de formularl!
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Escritor y periodista
ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.
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Un brindis por la Web
Últimos comentarios de los lectores (4)
11815 | Alfredo BERNARDI - 19/03/2020 @ 15:04:40 (GMT+1)
¡Excelente artículo, Roberto!
11811 | María Alicia farsetti - 19/03/2020 @ 01:44:43 (GMT+1)
Totalmente de acuerdo con los pro y los contra que analiza Roberto relacionado con la eclosión en el mundo de este curioso sistema que acerca y distancia de igual modo. Extraordinario invento, el más importante del siglo. Muy a tono con la celeridad de la época actual, y tan poco propicio para un espíritu que prioriza los sentimientos al materialismo y la frialdad que el mal uso desatan.
11810 | Emilio Porta - 18/03/2020 @ 22:51:22 (GMT+1)
Largo... pero no sobra ni una línea. Qué barbaridad, dicho sea para loarlo, de artículo, en fondo y forma. Espléndido, completo y dialéctico en el mejor sentido de la palabra: tesis y antítesis. Qué grandísimo pensador y escritor eres, Roberto.
11809 | Roberto Ramírez Bravo - 18/03/2020 @ 22:48:37 (GMT+1)
Excelente artículo. La Internet es una realidad indiscutible que tendremos que asumirla de manera reflexiva. Me parece que negar la necesidad de ilustrarse en este tema, sería como negar el valor de la escritura o sustentar los perjuicios que la misma trae para la memoria, como en su momento defendía Sócrates (a. C). Las Tic, en su conjunto, revolucionaron las formas de vivir, de sentir y de pensar, ahora nos compete entender cuál es el mejor uso o la aplicación más adecuada de estos medios para dignificar la complejidad humana, para comprender al otro y lo otro que nos circunda.
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