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TRIBUNA

Mañana

jueves 09 de abril de 2020, 21:08h

No sé si existieron alguna vez aquellos tiempos en que el poder del rey se ajustaba sutilmente a su cintura y podía suprimirse con un golpe de cuchillo o un veneno eficaz, no sé si alguna vez el poder tuvo una dimensión estrictamente personal y corpórea, con su timbre de voz y su modo de caminar. Antes de que el Estado adquiriera una dimensión inatacable y una figura microfísica, capilar y dispersa, antes de la densa retícula que nos observa, gracias a técnicas de gestión combinadas con poderosas herramientas telemáticas, antes de que al Leviatán sólo se le pudiera enfrentar con instrumentos de análoga abstracción técnica y distanciamiento... No sé ya si hubo un tiempo en que no lleváramos dentro el medio de control tentacular y siniestro, como un virus deletéreo y mortal para la acción libre, que sólo puede ser acción en común: comunicacción.

Es posible que siempre hayamos estado sujetos, pero me parece recordar un tiempo en que nuestra servidumbre era consciente y podía ser voluntaria; pero era también susceptible de resistencia y oposición. Hoy no puede ser voluntaria porque no se concede, sino que se ejercita inadvertida y silenciosamente: llevamos el amo en nuestras entretelas.

Recuerdo a los viejos comunistas que, tras cada crisis en la que se vio frustrada su revolución, suspiraban: “todavía no”. A la espera de la crisis final, tras la cual el proceso revolucionario concluiría, por fin, en el Reino del Hombre sobre la tierra. Yo siempre he suspirado “ya no”, desde que el magnífico levantamiento de los hijos de Ned Ludd fuera sofocado a sangre y fuego. La crisis es, desde entonces, el signo de este tiempo que ha hecho de la mutación su naturaleza, que ha hecho de la crisis institución, de manera que, una tras otras, son siempre la misma y delirante ruina. Me temo que reclamar la sustitución del orden impersonal y abstracto del capital por el orden impersonal y abstracto del partido, del nuevo orden o del Estado mundial será uno de esos cambios en los que todo cambia para que no cambie nada. Insisten en oponer Estado y Mercado, como si fueran términos simplemente contrarios y no los dos polos de la dinámica sociedad ultramoderna. Desde China, fábrica del mundo, en la que el industrialismo eficacísimo está conducido por el Estado, a los Estados Unidos en los que el Estado industrial y productivo sigue el pulso que señala el Mercado; de uno a otro una misma realidad desbocada y desoladora.

He predicado desde hace años la enseñanza del desastre, la disposición a la catástrofe que nos venía siendo anunciada desde los primeros pasos de esta forma social desembridada, acelerada y violenta: lo que llamamos sociedad moderna. En sus primeros pasos pareció posible ahogar la criatura reciente en el torrente de la primera revolución. Paradójica revolución tradicionalista de vendeanos o de ludditas, poco “científicos”, sin duda, y dominados por prejuicios incompatibles con el viento desolador del industrialismo en todas sus formas. Héroes vencidos y olvidados.

Mañana el amo nos incitará a salir de casa para volver con energía al crecimiento, como siempre vigilado, y a entregarnos a ese consumo feliz que acaba llevándonos a la desesperación o a la amargura. Poca importa saber si el promotor de ese crecimiento reactivado será un mercado más o menos regulado o si lo promocionará un Estado más o menos regulador, tampoco importa mucho más saber si persistirán los estados nacionales, más o menos ajustados a un mismo horizonte – definido por agencias económicas mundiales –, o si viajaremos hacia ese horizonte bajo la gestión directa de instituciones planetarias que afirmen un nuevo paso hacia la gobernanza mundial. Cambios menores, inflexiones que no modifican el sentido de nuestros pasos.

Desnudarnos del amo no será nunca fácil y acaso sea imposible. No es mucha confianza en cualquier novedad anunciada, cuando reconozco que sería más necesario que nunca “un nuevo corazón, un hombre nuevo”. Yo – como el melancólico y sensible Luis Eduardo Aute, que Dios guarde en su Gloria – también presiento que, tras la noche, vendrá la noche más larga.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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