Hasta Hume, en el siglo XVIII, nadie se dio cuenta de este obvio error lógico. De lo que la gente hace mínimamente se deduce que deba hacerlo.
Lo que es llega a nosotros por los sentidos. Podemos verlo, tocarlo o acceder a ello empíricamente. En cambio, lo que debe ser es percibido intelectualmente mediante la conciencia moral, o intuición de valor en terminología más reciente. Por eso es falso el viejo aforismo nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.
Las costumbres sociales mayoritarias, o el poder de los que manipulan la opinión pública en nuestros días, son. Se trata de hechos, de una realidad de este mundo, y que para una persona en concreto es siempre algo externo, algo que viene de fuera. Llamémoslo presión social. Pero lo distintivo de una obligación moral es que viene de dentro. Es una intimación sentida en lo más íntimo de nuestro yo. Por muy fuerte que sea la presión social externa, nunca será sentida en la conciencia como una voz que viene de Dios, o como el daimonion de que hablaba Sócrates.
Los seres humanos somos en general cobardes. No nos atrevemos a plantar cara a los poderosos, o a los usos sociales de la mayoría. Pero bastaría el ejemplo de Thomas More, o el mito de Antígona, para comprender que del hecho de la cobardía masiva de los humanos tampoco se deriva ningún deber-ser.
Kant expresó esta falacia así: aunque todos los humanos asesinasen, no por eso el asesinato se convertirá en una acción noble y digna.
La lógica formalizada nos ofrece la refutación definitiva de este error lógico. El deber ser ético, o la obligación moral sentida en la conciencia, se formaliza lo mismo que el Ser Necesario. En efecto, es la voz de Dios, Valor Valorum.

Las relaciones lógicas entre los tres conceptos éticos -obligatorio, permitido, prohibido- son exactamente las mismas que se dan entre los tres venerables modi del ser. -necesario, posible, imposible-.
Por desgracia, el lenguaje ordinario no tiene un vocablo simple en vez de la palabra compuesta imposible o no-posible. Se hace obligada la doble negación no no posible para llegar a posible. Supongamos que la palabra que falta fuera equis, y tuviera la misma significación que ahora damos a imposible. Entonces los pasos desde equis a necesario con negador detrás, o desde equis a posible con negador delante, serían estrictamente los mismos que prohibido no hacerlo = obligatorio hacerlo o no prohibido hacerlo = permitido hacerlo.
Y se comprende además la llamada dualidad, con dos negadores
necesario = no posible no
obligatorio = no permitido no
Para captar mejor lo esencial, escribamos todo con obligatorio Ob y explicitemos el afirmador +. Como aprendimos de niños al multiplicar números positivos y negativos, también en lógica - - es igual a + , y - + es igual a -

En este tema, los filósofos iban a prácticamente a ciegas antes de la formalización de la lógica. Y siguen dando palos de ciego en la medida que no contrastan el lenguaje ordinario con el formalizado. Por ejemplo, la frase ordinaria no debes hacer eso pone erróneamente no delante de debe. Lo correcto es debes no hacer eso, con el no detrás. Se pretende decir prohibido, pero lo que se dice es no obligatorio o permitido. El lenguaje vulgar desconoce estos detalles, que sin embargo son cruciales para la exactitud del pensamiento.
En mi opinión, los gráficos anteriores son tan elementales que habría que enseñarlos a los niños al mismo tiempo que aprenden las tablas de sumar y multiplicar. Es algo que está en la base misma del conocimiento humano, incluso antes que las cuatro reglas.
Que el deber ser ético se formalice lo mismo que necesario está cargado de profundas y graves implicaciones, que el lector puede fácilmente sospechar. Si la Justicia, por ejemplo, es un valor que debe ser, y en este mundo nunca llega a ser plenamente como debe, tiene que haber otro mundo en que la Justicia llegue a ser de modo perfecto. Es la misma idea que Dostoiewsky expresó de manera negativa: si Dios no existe, todo está permitido.
Por desgracia, pronto tendremos ocasión de comprobar que todo lo antes dicho se aplicará de la manera más necia, banal y burda a la anunciada ley sobre la eutanasia. Del hecho social de que todos los humanos, todos sin excepción, piensen que k0 = 0 mínimamente se deduciría que esa fórmula numérica sea una verdad objetiva o lo que debe ser.
En vez de k0 = 0, póngase la eutanasia es lícita en los supuestos de esta ley, existe el derecho a una muerte digna, cada persona es dueña absoluta de su propio cuerpo, o cualesquiera otro de los clichés, más o menos hábiles y aptos para engañar, que ahora circulan tan profusamente y circularán aún más en el futuro. Lo menos que puede decirse es todos esos clichés incurren en la falacia de inferir lo que debe hacerse a partir de lo que la gente hace.
Cuando esa ley se promulgue, nadie estará obligado en conciencia a aceptarla, y menos aún a cumplirla. Se trata de mera presión externa, de la fuerza bruta de la mayoritaria opinión pública, algo que viene de fuera y mínimamente resuena en lo más hondo de nuestro yo, en nuestra conciencia moral. Estamos simplemente ante el Faustrecht en alemán (derecho del puño), o la ley del más fuerte en español.