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MIRADA ESCOLÁSTICA

Parábola del diablo y el relojero

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 17 de abril de 2020, 20:23h

Las grandes y “verdaderas” historias de terror derivan de historias populares, del inmenso océano de la tradición oral. La mayor parte de los relatos de terror del Asinus Aureus, de Apuleyo, proceden de la inmensa tradición popular clásica. Lo mismo les pasaba a las “Saturae Menippeae” de Varrón, cultivador del prosímetro, o al Satiricón, de Petronio, y a muchos episodios de las novelas griegas y bizantinas. Daniel Defoe literaturizó preciosas historias de terror de la tradición popular inglesa, que contaban las abuelas a los niños junto al fuego del hogar. Una de ellas es el brevísimo cuento de El diablo y el relojero, escrita cuando el genial escritor londinense andaba por los 65 años. Es el caso que el diablo, enemigo siempre del bienestar de los hombres, tentó a un pobre relojero para que se suicidara ahorcándose, y así conseguir que muriera en pecado mortal, y tener un nuevo súbdito en las moradas del infierno. El diablo debe considerar a los relojeros gentuza progresista y mecánica, que mina los cimientos de la sagrada Antigüedad, cuyos relojes de sol y de agua no fallaban jamás.

Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con el relojero, y cuando estaban entrando en su taller, que tenía la puerta abierta, vieron con estupor que se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo. La mujer gritó al hombre que corriera y bajara al pobre desdichado. En ese mismo momento desde alguna esquina del taller corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos y que colocó debajo del desventurado y subiéndose rápidamente sacó un cuchillo del bolsillo, y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas a la mujer y al hombre como queriendo decir que ya él lo iba a descolgar, y con la otra mano sostenía el cuchillo con el que debería cortar la soga. Pero extrañamente no empezaba a cortarla, así que la mujer gritó de nuevo a su acompañante: “¡Sube y ayuda al hombre!”, pues suponía que algo impedía su acción. Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de tranquilidad, como diciendo “lo haré inmediatamente”, y dio dos golpes flojos con el cuchillo como si cortara la cuerda y después se detuvo nuevamente. Entonces el acompañante de la mujer, habiéndosele acabado la paciencia, se acercó con la intención de subirse también al banquillo. Pero cuando iba a hacerlo el hombre del cuchillo desapareció, lo mismo que el banquito. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara sin el impedimento de personas piadosas. El hombre quedó tan aterrorizado que se desmayó cayendo al suelo. Entonces la mujer, más resuelta, cogió una banqueta y unas tijeras con la que cortar la soga y bajar al relojero. No se sabe si la mujer pudo o no salvar al pobre relojero, pero está claro que fue el diablo el que se situó allí, como estorbo inútil, con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo.

Este cuadro terrorífico podría representar muy bien, simbólicamente, alegórica y parabólicamente, como una fábula de Babrio, la situación de España en esta peste cruentísima. Es evidente que España sería el pobre relojero ahorcándose. Pero ¿quién es el moroso diablo que estorba la salvación de la Nación? ¿Quién será el acompañante de la mujer, fuerte en un principio, y apocado después? ¿Quién, en fin, la mujer resolutiva? ¿Qué epimýthion tenemos que sacar del cuentecillo? La morosidad en la acción contra el mal supone ya una alianza con el mal. El gentío o pueblo-monstruo (Platón) se disuelve siempre en una democracia en individuos que compran y leen la Prensa.

Los buenos gobernantes, los gobernantes demócratas, temen siempre por el bienestar de sus conciudadanos y compatriotas, mientras que los tiranos comunistas, además de colaborar con la obstrucción sanitaria, temen siempre a sus súbditos, y por eso conculcan sistemáticamente la libertad de Prensa, y eliminan también, porfiadamente, con saña la garantía del secreto de todo tipo de comunicaciones, consagrada en el Artículo 18 de nuestra Constitución. Por eso, la primera ventaja de gobernar los constitucionalistas es no ser gobernados por comunistas. Los tiranos comunistas presentan incluso, como juegos fúnebres, series cómicas en la telebasura pública, abrevadero de champán sucio, para así celebrar la muerte masiva de sus súbditos y la Nación acostada para la larga noche.

Esta pandemia nos ha obligado a recordar que la naturaleza es poderosa, el hombre débil y toda medida política, incluso la liberal, feble. La piel de nuestro porvenir tendrá una cicatriz indeleble. Porque esta peste se habrá llevado a los mejores españoles, a los más útiles y prácticos, a aquella generación noble y trabajadora que fundida en un abrazo generoso superó la visión sectaria de las dos Españas. Y esta pérdida es muy grave cuando hay hijos rebeldes en el gobierno que como Edipo han matado al padre.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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