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TRIBUNA

Patrañas sobre la inteligencia artificial

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
jueves 07 de mayo de 2020, 20:34h

La soberbia y la estupidez humanas siempre van de la mano. Cuanto más se eleva el orgullo del ser humano, tanto más brilla su idiocia. Lo mismo que, cuanto más en serio avanza alguien en el conocimiento, más consciente se hace de las limitaciones de la inteligencia humana. No era tan ignorante que ignorase su propia ignorancia. Este fue el elogio que hizo San Agustín del obispo nestoriano Fausto.

Podríamos poner muchos ejemplos del pasado. Pero quizá lo vemos más claro que nunca en lo que se dice y escribe ahora sobre los futuros logros de la inteligencia artificial, que abreviaremos por IA.

En palabras de Nick Bostrom la inteligencia artificial eliminará todos los aspectos no deseados e innecesarios de la condición humana, como son el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y hasta la condición mortal. Los entusiastas de la IA nos prometen ahora un paraíso de felicidad mucho mejor incluso que el cielo en la tierra que prometía Kruchev a los polacos.

Según estos visionarios, el actual homo sapiens será superado por el homo cyberneticus. En vez de nuestro deficiente cuerpo de carne y hueso, vivirá en maravillosos cuerpos artificiales proporcionados por la IA. Seremos nada menos que inmortales. Sin enfermedades y además sin envejecer. Swift no podrá reírse de nosotros. Se acerca la era gloriosa y feliz de los transhumanos o posthumanos.

Pero los artilugios de la IA no son más los familiares ordenadores que todos usamos ya. Sólo que mucho más potentes y programados para aprender. Gracias a este autoaprendizaje Deep Blue ganó en 1997 al campeón del mundo de ajedrez Kasparov. Jugaba incansablemente partidas contra sí mismo y procesaba los resultados.

La IA será todo lo potente que se quiera, pero no por eso dejará de ser hard ware y soft ware, artificios construidos por el hombre con la materia inerte, máquinas para emplear la palabra más usada y que sigue siendo la más adecuada. Digamos IA- máquinas.

Aunque las IA-máquinas sobrepasen con mucho la capacidad humana para pensar mecánicamente, memorizar, y aprender o procesar lo memorizado, no por eso dejarán de ser artificios humanos, materia inerte adaptada. Concedamos incluso que lleguen a ser capaces de engañar a los humanos, que ya no saben si están hablando con un hombre o con un robot, como imaginaba Turing.

Sin embargo, y a pesar de toda su impresionante potencia, una IA-máquina, como todo lo artificial fabricado por el hombre a partir de la materia inerte, puede ser descompuesta en todos sus componentes y no por eso muere. No muere por la sencilla razón de que no ha vivido nunca. Una vez despiezada, sus componentes pueden ensamblarse de nuevo como estaban, y la IA-máquina vuelve a funcionar.

En cambio, lo distintivo de un ser vivo es que, si lo diseccionamos en sus componentes, muere y ya no vuelve a vivir. No puede ser recompuesto y vuelto a la vida. Las IA-máquinas pueden estar tranquilas. No mueren nunca. Volverán a funcionar, si las recomponemos tal como estaban. Lo cual es más fácil todavía que construirlas por primera vez.

Sin embargo, y por eso mismo, una IA-máquina jamás se convertirá en un ser vivo. Siempre será materia inerte, aunque muy reforzada o potenciada en lo meramente mecánico y repetitivo.

Uno se maravilla de que una consideración tan sencilla y elemental como la anterior sea pasada por alto en las fantasías de los entusiastas de la IA. Ninguno de ellos se dejaría diseccionar en un quirófano con la promesa de los mejores científicos en IA de que renacerán como homines cybernetici. Saben de sobra que su vida, una vez perdida, no la recobrarán jamás. Están bien seguros de que su vida nunca podrá ser substituida por un robot inerte y pasivo.

Un robot podrá aparentar que tiene vida. Se le puede programar para que realice algunas acciones que remedan a los seres vivos. Podrá engañarnos e inducirnos a creer que está vivo. Pero nada más. Un robot estará siempre muerto por definición. Todo lo artificial lo está. El hombre no es capaz de crear la vida a partir de la materia inerte. Sólo es capaz de trasmitir la vida, si ya la tiene.

Expresemos lo antes dicho de otra manera.

Como ya indicó Cuvier en los albores dela biología, omnis coelulla ex coelulla. No se puede crear un ser vivo agregando o acumulando elementos inertes. Aparte de la presencia conjunta de todos los ingredientes físicos y químicos hace falta ese algo más que Bergson llamaba élan vital. Es necesaria una fuerza o energía nueva, que subsuma o englobe todos esos previos ingredientes físicos y químicos y los eleve al nivel superior en que se sitúa un viviente individual. Tiene lugar este enorme salto ontológico incluso si se trata del miserable y minúsculo coronavirus, que ahora nos atormenta. Un robot hecho con materia inerte nunca llegará a convertirse en un ser viviente, algo con iniciativa propia, activo y no meramente pasivo.

Por supuesto, no sabemos qué es la vida. Tampoco sabemos qué es exactamente la materia inerte. Pero al menos de esto estamos seguros. La materia inerte está sujeta a la ley termodinámica del desgaste entrópico, mientras que la generación y el crecimiento de un ser vivo van contra la entropía.

Con toda seguridad a Nick Bostrom y a David Pearce, cofundadores en 1998 de la Asociación Transhumanista Mundial, les enseñaron qué era la entropía cuando eran adolescentes y cursaban la enseñanza media. ¿Cómo es posible que luego lo hayan olvidado? ¿O lo silencian para engañar, si no lo han olvidado?

Si la IA jamás podrá crear un ser viviente, estamos dispensados de probar que tampoco podrá crear nunca una persona, y menos aún superarla. Entre la persona y la máquina IA está el paso intermedio de la vida. Y en este mundo la vida es condición necesaria para la persona.

Sin embargo, hay un detalle en este tema de la IA que conviene enfatizar. Reflexionemos un momento sobre qué implica la palabra persona.

Cada persona es única en la historia universal. No hay otro yo en el mundo, dice Don Quijote. Es la consecuencia esperable de un ente dotado de libertad positiva. La persona es la única y exclusiva responsable del bien o del mal de sus acciones. Ser libre en sentido positivo constituye la suprema gloria y excelencia de la persona, su enorme superioridad sobre el resto de la creación.

Tratemos, por tanto, de comparar los conceptos de IA-máquina y persona, olvidándonos por el momento del paso intermedio de la vida.

La primera IA-máquina de la historia fue el ordenador que Claude Shannon construyó en la década de los 40 en los Laboratorios Bell de New Jersey. Ocupaba varias habitaciones llenas de cables y bombillas. Ahora son mucho más reducidos y potentes.

Por persona entendemos aquí el ente que posee los operadores lógicos. Esto implica dos capacidades simultáneas.

Primero, la capacidad de pensar y construir el lenguaje ordinario.

Segundo, la capacidad de decidir, la voluntad o, con más rigor, la libertad positiva. Esta última consiste en la posibilidad de elegir en primer lugar entre la verdad y la mentira, tal como exige el primer operador lógico, el afirmador-negador. Y luego elegir entre el bien y el mal en general.

Usemos la palabra espíritu para denotar esas dos capacidades juntas e inseparables entre sí. El espíritu es pensante y volente a la vez.

Concentremos nuestra atención en el detalle siguiente. La primera capacidad se compone de dos elementos, que están presentes lo mismo en el pensamiento que en el lenguaje.

Uno es formal. Consiste en el cálculo lógico descubierto por Frege y Peano y traducido por Shannon a conexiones eléctricas.

El otro es material. Se trata de la capacidad de dar nombre a las cosas y a las acciones, construir el lenguaje ordinario, y hasta componer una bella poesía.

Sólo el aspecto formal del pensamiento y el lenguaje es traspasable a una IA- máquina. Ya lo hizo Shannon por primera vez. Y yo mismo utilizo mi ordenador para escribir este artículo. Pero es capital comprender que el aspecto material no puede ser delegado a una máquina. Mi ordenador es incapaz de tomar la iniciativa y decirle al ordenador de mi vecino te llamas “ordenador” en español, o “computer” en inglés.

Por supuesto podemos programar una IA-máquina para que emita los sonidos de esa frase u otra cualquiera. Pero entonces el que da nombre a las cosas es el programador, no la IA-máquina. Esta no posee los operadores lógicos, el pensamiento y el lenguaje. Quien los tiene es el programador.

O dicho de otro modo. El hard ware no puede darse el soft ware a sí mismo. No puede autoprogramarse. Sólo puede procesar lo almacenado en su memoria, si la han programado para ello. Toda IA-máquina es completamente pasiva. Carece de la iniciativa que vemos en un mosquito. En cambio, la persona es activa por definición. Se programa a sí misma. Como diría Lavelle, la persona es el ente que se da a sí mismo su propia esencia. Llega a ser lo que decide ser. Es libre en sentido positivo.

Insistamos en lo mismo de una tercera manera. Sólo una mínima parte del lenguaje ordinario, español o inglés que sea, puede formalizarse completamente. Russell y Whitehead fracasaron en su hercúleo intento de formalizar íntegramente la parte literaria de un libro de matemáticas. Mucho menos podremos formalizar el resto del lenguaje ordinario. Y no digamos formalizar una poesía. Intentar formalizarla es ya destruir su belleza.

Por esta misma razón es tan importante y trascendente que al menos una pequeña parte del lenguaje ordinario sí pueda ser completamente formalizad. En esa mínima parte formalizada con éxito se encuentran algunas verdades éticas y metafísicas cruciales. Son nuestra tabla de salvación intelectual, justo el verdadero inicio del pensar que buscaba Descartes. La mayor conquista en toda la historia de la filosofía.

Esto en cuanto al espíritu pensante. En cuanto al espíritu volente las limitaciones de la IA-máquina son aún más claras y obvias. Jamás un juez o un jurado declararán culpable a un robot de un asesinato o un robo. La culpa será en todo caso de quien dirigió al robot. Lo mismo que nunca se condena a la pistola, sino a quien aprieta el gatillo.

Ciertamente nos impresiona, y mucho, lo que podemos hacer mediante las IA- máquinas. Con nuestra mente no lo lograríamos jamás. Pero si nos fijamos en la calidad y no sólo en la cantidad, pasa lo mismo con una palanca o un torno. Movemos pesos que no podríamos mover con nuestros brazos. No hay que asombrarse tanto. Que la IA supere a nuestro pensamiento en su aspecto formal no es algo esencialmente distinto del hecho de que nuestra fuerza física se multiplica usando una palanca o un torno.

Y por otra parte, si Bostrom, Pearce y Compañía dejasen de ser las personas, que ahora son, y se convirtiesen en homines cyberneticos, saldrían perdiendo y mucho. No serían ya los verdaderos autores de los libros que escriben con tanto éxito de ventas. Con toda razón sus editores les programarían para que no protestasen por no recibir sus actuales y suculentos derechos de autor.

Por desgracia, la morbosa atención que el público, excitado por los periódicos y las televisiones, concede a las infantiles patrañas sobre la IA nos lleva a ignorar la multitud de iniciativas que hay en curso actualmente, y en todo el mundo, para poner esa misma IA al servicio efectivo del ser humano. No nos enteramos de lo que tantas personas sensatas están logrando mediante la IA, con avances en aspectos concretos de la medicina, la enseñanza, la solidaridad, etc. Puede obtenerse información al respecto en www.mckinsey.com.

Dijimos al empezar que soberbia e idiocia van siempre juntas. Todo lo anteriormente dicho nos hace ver algo más. La soberbia suele ser casi siempre consecuencia de la ignorancia. Sabios presuntuosos y fatuos los hay. Pero son minoría. Mucho más frecuente es que los sabihondos se hagan atrevidos e insolentes en proporción al vacío de su ignorancia. Cabe invertir aquí la fase de San Agustín y afirmar de ellos que ignoran hasta su propia ignorancia. Resulta asombroso que estas majaderías se difundan en libros. Y más aún que autores y editores ganen dinero con ello. Siempre volvemos a la triste constatación de que stultorum infinitus est numerus.

En conclusión, la IA es para el hombre y no el hombre para la IA.

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José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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