Raca-raca catalán
Ángel Duarte
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aduarteelimparciales/8/1/8/20
martes 19 de agosto de 2008, 22:35h
Desde que tengo uso de razón -cierto que de eso no hace mucho- he recibido alternativamente, y como ciudadano catalán, dos grandes contraseñas. De entrada: ¡tenemos que reclamar una financiación justa! ¡Exijámosla! Para ello, lo mejor es hacer un frente común a fin de que Madrid sea consciente de nuestra fuerza y nos la conceda. A renglón seguido: ¡lo conseguimos! Hemos acordado unos nuevos criterios que van a dar respuesta a las insuficiencias. ¡Se ha hecho justicia! Siempre surgía, en ese preciso momento, alguna voz discordante. Normalmente desde la oposición, pero cabe decir que sin demasiado convencimiento. Nadie quería estropear la fiesta. Entre la recepción de uno y otro lema lo que habitualmente pasaban eran unas pocas semanas. A lo sumo, y a ojo de buen cubero, un trimestre. La duración de la última consigna, la entusiasta, no puede decirse que durase mucho más. En verdad, a los pocos meses, a veces en un par de años, se alzaban voces que aseguraban que Madrid no cumplía, o que lo conseguido era, en suma, el chocolate del loro. Vuelta a empezar.
El carácter cíclico de la cosa –no sabría cómo definirlo con mayor precisión- ha tenido sus efectos. Podemos, después de tres intensas décadas de tira y afloja, hacer balance. Seguramente, se han logrado transferencias importantes. No queda claro si por otro camino -distinto del de tipo “ducha escocesa”- el resultado hubiese sido peor o mejor. Aunque bueno... es lo que hay: recursos. El segundo de los efectos ha sido, sin duda, el de reducir la presión de la ciudadanía catalana sobre la gestión que se hacía de esos mismos recursos. En este sentido, los réditos para la clase política en el govern, fuese la convergente o la tripartita, han sido incalculables: ha trasladado los malestares, o buena parte de ellos, a otros protagonistas de la escena política: a Madrid -como concepto- o a las autonomías “parasitarias”. Un tercer resultado, ha sido, no cabe duda, el de alimentar la percepción de que Cataluña mercadeaba bilateralmente con España. Que las negociaciones acabasen resolviéndose en instancias multilaterales era irrelevante. Lo seguro era que durante meses se había dado la impresión a la ciudadanía de que Cataluña y España estaban en negociaciones. Aparte de reforzar el consenso a propósito del carácter nacional, e irrepetible, de la autonomía catalana ese proceder ha condicionado, hasta extenuarlas, las agendas internas. Acaso con la excepción de 1992, hemos acabado siendo, en términos colectivos, únicamente cuando concertábamos en el ministerio de Economía y Hacienda. Finalmente, la mecánica ha acabado generando, en el resto de España, una creciente hostilidad política -y, por ende, cultural- a todo lo que venga de Cataluña, a lo catalán. En Barcelona, dicen, también tienen su raca-raca. Particular, distinto del de los vascos y vascas, pero no menos fatigoso. A veces es escandaloso y procaz, tipo Huguet, para entendernos. Pero incluso en su mejor vertiente, la Castells, no deja de provocar hartazgo. Y, francamente, es explicable.
Los catalanes todavía no nos hemos enterado que, desde 1980, cuando los andaluces echaron por tierra la posibilidad de un régimen autonómico de dos velocidades, y, en el fondo, de doble naturaleza, lo de la bilateralidad es un cuento chino que nos venden nuestros políticos para hacernos creer que ellos son, casi, casi, como los santos inocentes.
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Catedrático de Universidad de Gerona
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aduarteelimparciales/8/1/8/20
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