Pedro Sánchez no actúa como un presidente democrático. Ha retorcido la Constitución hasta dejarla hecha un guiñapo para gobernar como un dictador, como el mandamás de todas las Españas. Se ha erigido en el puto amo de los destinos del hormiguero nacional, de los 47 millones de diminutos y amedrentados insectos que no se atreven a sacar las antenas de la colonia no vaya a aplastárselas Marlaska con sus botas de acero.
Por las noches, en sus delirios de grandeza, Sánchez sueña unas tonterías descomunales que al otro día aparecen en el BOE convertidas en leyes. Se lía en su laberinto mental en busca de restringir la libertad de movimientos de los individuos entre franjas horarias, aforos de las terrazas, fases de desescalada por provincias, regiones o comunidades. Solo sabe que en Madrid hay que imponer el toque de queda, el estado de excepción.
El castigo por haber votado al PP.
Pedro Sánchez no cabe en sí de gozo después de dos meses de poder absoluto. Le ha cogido gusto y ahora pide un tercero, que sería su quinto estado de alarma si nadie lo remedia. Pero más que extinguir la pandemia, su objetivo no es otro que atornillarse en la poltrona de la Moncloa.
En representación de esa inmensa mayoría de la soberanía popular, el Congreso debería tumbar la quinta prórroga del estado de alarma y aporrearle la cara por tenerla tan dura; dialécticamente hablando, claro. Pablo Casado ya ha hecho el primo más de lo debido; por no hablar de Arrimadas. El PP, al fin, votará en contra de la prórroga del estado de alarma y es de esperar que haga lo propio Ciudadanos. Con este panorama, Sánchez ahora implora el apoyo a Rufián y a sus secuaces de investidura. Y es que, la cabra tira al monte separatista y proetarra. La jugada saldrá tan cara como siempre. Pero no paga él. Paga España. Torra solo quiere la independencia, Urkullu, “un nuevo marco legal” y Bildu, un guateque con los asesinos etarras en la plaza del pueblo.
No va a resultar fácil. Pero España saldría aliviada si Sánchez cae derrotado en el Parlamento y se desvanece su opresor estado de alarma. No supondría catástrofe alguna. La catástrofe ya la hemos sufrido por las tardías y desacertadas medidas del Gobierno. Nuestra nación no necesita un mando único totalitario que imponga el terror para frenar el coronavirus. Necesita libertad y democracia, como grita media España todas las noches, en todas las calles, de todas las ciudades. Necesita que Pedro Sánchez se vaya por donde vino; por la puerta de atrás de Ferraz. Pero no lo hará mientras campe a sus anchas. Mientras, su control de los medios de comunicación impida que los ciudadanos conozcan la verdad. Es el nuevo régimen. La nueva oligarquía social comunista.
Aun así, millones de españoles están dispuestos a emprender esa revolución tranquila de caceroladas a las 9 de la noche para echar al dictadorzuelo que nos ha tocado en tan mala suerte. Pero el estruendo no llega a la Moncloa. En palacio solo se siente el viento helado de la sierra del Guadarrama, que todavía silba sobre las trincheras de la última batalla de la penúltima guerra. Como si fuera ayer.