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FRACASA MEJOR

El lector pandémico (IV)

Miguel Ángel Gómez
lunes 25 de mayo de 2020, 20:35h
I. El encierro permite, con las salidas, comportarse con normalidad al día siguiente. Amigos me llaman por teléfono, pero ningún sonido rompe el silencio del nuevo Estado de Alarma. Mañana jueves, inconscientemente, lo haremos todo de una manera ritual. Mascarillas apesadumbradas, mascarillas quijotescas superando más dificultades, mascarillas sin paz ni armonía. El mundo se ha vuelto loco. Decía Roger Wolfe: “Esta tarde el cielo / se ha nublado. Esta tarde el cielo / se asemeja a mi conciencia”.

II. Mi relación con P. me lleva al dramaturgo William Shakespeare, al que tomo en serio como el que no es, sin ignorarlo humanamente, soñando porque sueño. Las insignificancias de lo usual producen efectos de mascarada. A veces nos vamos pronto a la cama tras ver alguna película. Ayer no escapamos de la altura de “Atrapado por su pasado”, que me sé de memoria. Era una especie de tarea que no espera. Carlito Brigante (interpretado por un monumental Al Pacino) quiere un amor apasionado, sin rencor, sin mal sabor de boca. Dice Emma (como el personaje interpretado por Penelope Ann Miller) que Carlito debería alejarse de los actos de autodestrucción. La vida es un problema geométrico, una columna gigantesca. Carlito, portorriqueño y sencillo, se desliza de un plano a otro del riesgo tan naturalmente como si utilizara una escalera mecánica. La escena de la estación (tan Brian de Palma en la verdadera “Los intocables de Eliot Ness”) es como un torrente de adrenalina.

III. Los meses vienen sin claridad ni concisión. Me sumo en la contemplación mientras braman de risa. Quisiera ser un piel roja luchando en el barro de los orígenes a lomos de mi caballo. Llevo un rato pensándolo. Sobre las paredes no hay ni tan siquiera una lámpara.

IV. Al despertarme, me encontré encima de la acera convertido en pájaro de la idea. Esa era mi caótica metamorfosis. Ahí está el remedio contra la ira, el contraveneno que la gente ignora. Cuántas y cuántas iras se desvanecen siendo estridentes, altos, susurrantes, cansados y animados. Nada es insignificante si se es un pájaro que ofrece música solemne y pomposamente. Me dio un vuelco el corazón y aterricé en la esquina de la calle Ruiz de Alarcón, justo enfrente de la casa número 12, donde vivió Pío Baroja. Ignoré la casa de ladrillo rojo con su par de miradores, como ignoran los pájaros todo acerca de la historia literaria de esta ciudad o de cualquier otra. No recapacité tampoco sobre el País Vasco, de donde era Baroja. Alcé el vuelo anónimo hasta el Parque del Retiro donde esta vez sí me entretuve largo rato en mirar a las ardillas, enigmas del árbol, comer esmeradas. Pero yo ya había desayunado. Sin poder evitarlo me dejé ir por las alamedas fascinado por el paisaje, me aventuré a atravesar las enramadas de los castaños de Indias, donde cabía de todo. Interesado por la aventura, llegué al
Observatorio donde sobreviví al atropello de una pareja, un salto tras otro salto. Un percance muy serio para un pajarillo como yo que aprendía muy deprisa. Disfrazado de paseante, en la mañana inmensa, me di al vuelo por los cielos altos de Madrid, reciente y caprichoso. Madrid es un buen pretexto para volar. Pasé a ras de la plaza del Duque de Alba. Explorador de mí mismo llegué a Gran Vía, Atocha, Cuatro Caminos, Bravo Murillo, Princesa. Aceras armoniosas o caóticas, rincones ocultos que consiguieron despertar vagamente mi interés de pájaro. Fui a por la vida sin contemplaciones, al oleaje de otra basca de pájaros, donde me encontré con más imágenes, rostros clandestinos. En la Cuesta de Moyano atravesé los callejones de zoco y casi me cae un libro encima, pero lo esquivé tranquilamente como esquivé tranquilamente a librerossimpáticos y antipáticos con los que no tuve que regatear; a bibliófilos, a niños, a miedos, a compradores profesionales, a palabras de légamo, a tenderetes, a mirones, al tic-tac de la luz. En Argüelles perdí la memoria y me olvidé del virus de Wuhan. Pasé por el Gijón. «Qué maravilla» podría haberme dicho si pensara (literariamente siempre) pero no, eso sería ya demasiado, como pájaro de la idea. Ahogado por tanto vuelo y, baudelerianamente, me posé ante mí, joven y responsable, junto al café de mis ojos primeros, de mi corazón de tiempo. Qué hora de silencio. Qué bocanada de felicidad ser como dos contempladores de orillas de un Universo que nos ignoraba.

V. Juntar palabras tras beber el café todo lo deprisa que se puede sin quemarse. Un libro es volver a llenarse la taza.

VI. Recibo un wasap de Tito. Me recomienda El país de los ciegos, de H.G. Wells y eso me trae a la mente unos versos de un poeta infinitamente superior a los demás, Tomas Tranströmer, titulado “Fórmulas de invierno”: “El autobús se arrastra por la noche invernal. / Resplandece como una nave en el bosque de abetos, / allí donde el camino es un profundo, estrecho canal muerto. / Pocos pasajeros: unos viejos y otros muy jóvenes. / Si se detuviese y apagase las luces / el mundo sería exterminado”. El cielo a medio hacer: un libro que busca la embriaguez y el sueño que deslumbra de blancura. Su autor es un sonámbulo que nunca choca contra los objetos y nunca se cae.

VII. La gente se manifiesta contra el Gobierno en el barrio de Salamanca. Una señora está sola, sobre una vida llena de baches trata de buscar comida sin que nadie le diga: “Te voy a sacar de ese mundo”.

VIII. Escribe en sus “Articuentos escogidos” Juan José Millás: “Es conocido que solo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo”. Miro la luz de la mañana para que nada me duela. La luz no me considera una calamidad. En la barandilla no estoy preso del pánico, respiro. Luego, las noticias, que interrumpen mi optimismo bruscamente. Un vecino me comenta que le gusta el aspecto de las calles que tiene Santander, las en cuesta y zigzagueantes.

IX. Sigo con Millás: “Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa)”. Como le pasa a Millás quiero tener un dolor pequeño, un dolor que no fuerce mi temperamento y que me haga valorar las cosas que me gustan.

X. En mis sueños, cuando dejo de ser ave y de volar extraño y hermoso, gris y dorado, viene Beckett y se defiende de mis preguntas con agudezas, hace juegos de manos con su conversación. No he dejado de soñar en estos meses confinado para que la belleza no se apague. Sueño para abrir todas las puertas y encender todas las luces. En mi sueño Molloy deja de ser vagabundo, y quiere terminar de vivir de una vez por todas. Los sueños me contestan con la mayor afabilidad posible en estos días difíciles de retorcerse como una anguila. En mi sueño Molloy aparece ataviado con una chaqueta china de color rojo, estilo Li Po. Quisiera hacer un libro de sueños.

XI. Estoy oyendo la valentía de mi madre, después de la función del día, sin tono de luz desalentado e inseguro. Dejo de escribir para oírla. He madrugado como un ladrón para ser aquel que ayer no más decía. El ruido de la ciudad no se oye si no lo oímos juntos. Ruidos vagos o memoria de perfume que sigue en pie aunque la vida nos separe. Hay un mundo de riqueza, soy bueno, nada cambia, te quiero tanto como siempre. Oigo la recuperación de tiempos perdidos en el río de la vida anónimo, amorfo y me ahogo en él si no te tengo. Hay más río debajo del río. No sabemos hasta qué punto escuchamos lo que escuchamos porque el
convencimiento está en nosotros. Por una rótula se deduce el universo. Quiero verte caminar, más niña que cuando niña, atravesando las generaciones y las márgenes de ríos remotos, espectador de mí mismo. Escucharé y sonreiré como escucho y sonrío cuando estás lejos, madre. Cuánto has enterrado y estoy oyendo mi pasión de planeta, has enterrado un dolor físico por concluir. Lo ves a él bailando entre las estrellas, definitivamente azulado y lunar, recuerdo
de plata y azul concluido. Desde el presente, enterramos miedos, lo que pasa, la sangre que nos bordan los distantes de zafios modales. Eres buena y estoy oyendo tu actualidad en mi suposición de sentir. Se me marean los ojos y las encías de la mundanidad; parece que río incluso cuando estoy triste. El reino de la literatura es una prisión en la que me siento como en la oscuridad de las cuevas. Canto a tu viejo arrojo. Por el camino del sueño mi único mensaje eres tú misma. Limpias todo tu dolor para que no nos duela, tus acciones son un fulgor de joya.
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