El genial Stanley Kubrick, en su Odisea, Año 2001, dotaba al espacio exterior de un eco inquietante, un fino ruido constante; es lo que los físicos, astrónomos y cosmólogos han denominado “radiación galáctica”, restos de un origen ardiente del universo, una radiación de microondas que acababan de descubrir con su pequeña antena los radioastrónomos Arno A. Penzias y W. Wilson, herencia de una época en que el universo, recién nacido, efectivamente se hallaba en un estado de equilibrio térmico. Un fondo cósmico de microondas, incesante repiqueteo de fotones, productos de electrones libres, fue representado por vez primera en el cine, como un arcano ominoso que ocultaba el milagro de la creación. Tuvo que haber un tiempo en que el Universo estaba tan caliente y denso que los átomos tenían sus núcleos y electrones disociados, y la dispersión de fotones por electrones libres mantenía un equilibrio térmico entre la materia y la radiación. Seguro que HAL, padre ficticio de IBM y homenaje mismo a IBM, nos hubiera dicho que el Universo se expandió y se enfrió, llegando con el tiempo a una temperatura de unos 3000 grados Kelvin, suficientemente baja como para permitir la combinación de núcleos y electrones en átomos. Y es que los núcleos y los electrones nunca habían formado átomos en la Historia anterior del Universo. Hubo un primer Universo dominado por la pura radiación, como forma de energía, que paso a este Universo de ahora, dominado por la materia, en la que la mayor parte de la energía está en la masa de las partículas nucleares. Venimos de una radiación esencialmente sin materia. Las colisiones de los fotones son la fuente de las partículas sobre las que descansa nuestro mundo material, hijo de la luz.
El actual ruido de 3 grados Kelvin es, con mucho, la señal más antigua que reciben los astrónomos, pues fue emitida mucho antes que la luz proveniente de las más distantes galaxias que podemos ver. Hay ahora una partícula nuclear por cada 1.000 millones de fotones en el fondo de radiación de microondas, de manera que el número bariónico por fotón es de aproximadamente un mil millonésimo. Estos asombrosos descubrimientos de la Física del siglo XX ya estaban in nuce en los fragmentos que hemos conservado de Empédocles, Heráclito, Anaxágoras, Demócrito, Epicuro, o en la divina De rerum natura, de Tito Lucrecio Caro. Éste ya habla de los primordios como de los principios constitutivos de la materia. Toma los primordios como el cerrado inventario de un abecedario, que pueden producir millones de partícula distintas. Cada primordio subsiste ileso en tanto no reciba algún choque con otro, que lo transforme en otra cosa, porque la Naturaleza no destruye nada, sino que la muerte de una partícula engendra otra partícula distinta, un rastro. El vacío del Universo crece con la separación imparable de la materia, le dice a Memmio Lucrecio. El tiempo nace con la materia y el espacio. No existe lleno ni vacío perfecto. La temperatura, el frío y el calor, son las causas de las formas en que cuajan las partículas y los grandes cuerpos, y la temperatura varía inversamente al tamaño del Universo. Del fuego de Heráclito salió el Universo. Hoy sabemos que por encima de un umbral de temperatura de un millón y medio de grados Kelvin, el Universo naciente contendría grandes cantidades de las partículas llamadas mesones pi, que pesan aproximadamente un séptimo de una partícula nuclear. A diferencia de los electrones, los positrones los muones y los neutrinos, los mesones pi interactúan muy fuerte unos con otros y con las partículas nucleares; en realidad, al continuo intercambio de mesones pi entre las partículas nucleares se debe la mayor parte de la fuerza de atracción que mantiene unidos a los núcleos atómicos. Según la teoría de las homeomerías de Anaxágoras, amigo de Pericles, todos los cuerpos son formados de la unión de partículas similares. El movimiento continuo de la materia conquista espacio a cada instante. “Siempre su inmensidad deja un espacio que recorra una flecha fugitiva” (De rerum natura). El Universo, no conociendo límites, por todas partes al infinito se dilata. El Universo puede ser infinito ahora, en cuyo caso fue también infinito en el momento de su nacimiento y será siempre infinito. El Universo en expansión al infinito tiene ahora una circunferencia finita, estimada en unos 125.000 millones de años-luz. La resistencia de la materia a la gravedad crea movimientos que rompen las cadenas de los hados y es origen de toda libertad. La libertad como resistencia a la línea recta y al destino del Universo, señalaba el apasionado Lucrecio epicúreo.
Pues bien, del mismo modo que en el Universo físico la radiación de fondo de microondas descubierta por Penzias y Wilson es una remembranza de los mismos orígenes de la Creación, en el universo político la libertad de información y de expresión – eso que Milton llamó la libertad de Prensa en su Areopagítica -, todavía vigente de modo heroico, es un eco o reflejo social de la libertad política que existía en España antes de la emergencia de este gobierno socialcomunista, que la ley gravitatoria de la dictadura comunista irá reduciendo. Ello mismo ocurrió en las democracias griegas tras la muerte de Alejandro Magno y, sobre todo, con las conquistas de Roma tras las batallas de Cinoscéfalas y de Pidna. Durante mucho tiempo aún existieron, como radiación de microondas de fondo, la isêgoría o libertad de expresión política y la parrêsía, o libertad de expresión en general, eco de la gran libertad política perdida, libertades que fueron reduciéndose poco a poco, aunque nunca del todo, incluso en pleno Imperio Romano, porque a la autocracia tampoco le interesa cercenar todo pensamiento cuando todos los resortes del poder efectivo los tiene ella. No nos equivoquemos: la libertad de expresión es la hoja de parra que cubre la última verdad del régimen, pero no es la libertad política. Sólo débil resistencia, pequeño rastro de la libertad.