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TRIBUNA

La piel de las cosas

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de junio de 2020, 19:58h

La física democriteo-epicúrea, divulgada por Lucrecio en el siglo I a. C. y un veinteañero Carlos Marx en el siglo XIX – ya podía aquél joven romántico de Tréveris haberse dedicado a la Filología Clásica, como lo hicieron otros grandes compatriotas suyos -, sostenía que los cuerpos no paran de emitir como membranas y cortezas de ellos mismos, finísimas pieles o cubiertas que al contacto con nuestros ojos nos hacen verlos. La imagen de las cosas del mundo es el golpe de las sutiles cortezas de esas cosas en nuestros ojos. Lucrecio llamaba simulacros a esas efigies y figuras delicadas que salen continuamente de los cuerpos por todos los lados, separadas de los cuerpos por los aires esparcidas. Esas perennales emisiones nos hieren los ojos, y así percibimos los objetos del mundo, de los que fluyen sin cesar. Esos simulacros deben correr espacios increíbles en un momento, como las estrellas que ven nuestros ojos o que se reflejan en el agua clara. “Tanta certeza/ tenemos de que envían emisiones / de sí todos los cuerpos de continuo,/ que a todas partes giran sin pararse,/ y sin interrumpir jamás su flujo,/ pues tenemos continuas sensaciones,/ ver, oler y aun oír podemos siempre”(…) “No debe sorprendernos que nos hieran/ los ojos simulacros invisibles,/ y no obstante se vean los objetos:/ porque generalmente no sentimos/ las moléculas de aire que recrea” (De rerum natura, Libro IV).

Pues bien, la física de los clásicos fue remozada a finales del siglo XIX por el genial Max Karl Erns Ludwig Planck y su conocida fórmula para medir la radiación del cuerpo negro. Todo cuerpo, si no se encuentra en el 0 absoluto respecto a la temperatura, emite cantidades discretas o “cuantos”; esos cuantos Einstein los llamó fotones, las cortezas o simulacros de Lucrecio. Estos desarrollos “neoclásicos” llevaron con el tiempo, en la década de 1920-1930, a una de las grandes revoluciones intelectuales de la Ciencia: el reemplazo de la mecánica clásica por un lenguaje enteramente nuevo, el de la mecánica cuántica. A cualquier temperatura dada la radiación del cuerpo negro contendrá fotones con determinadas longitudes de onda.

Pues bien, el universo político, que pertenece a los universos mentales o espirituales, tiene el mismo comportamiento físico que los cuerpos materiales. Emite las mismas imágenes mentales en todas las direcciones, sin importar que no haya coherencia entre la manipulación interesada de la imagen y el origen histórico de la propia imagen. Así, existe una imagen, con magia homeopática, que diría Frazer, vinculada a una palabra-ronroneo con la que el mediocre comunista Pablo Iglesias salió por los Cerros de Úbeda para soslayar una pregunta incómoda – por la incomodidad que entrañaba la respuesta – de Teo García Egea, Secretario General del PP. Estas palabras con magia cobran el milagro de poder escapar de cualquier situación, porque se trata de una imagen que es obligatorio percibir con devoción. Son verba utilia omnibus periculis, casi como los neutrinos de la Física. Iglesias pronunció la palabra “fraternidad” y en un birlibirloque nuestro jefe comunista desapareció del trance en el que le había metido García Egea. Pero el significado histórico de la palabra “fraternidad” se corrompe con el aliento totalitario de Iglesias. Es una de las Schlagwörter de la Revolución Francesa, fraternité, que la Gironda tomó del término griego “isogonía”, nacida con la Democracia Ateniense, que representa, sensu stricto, el amor a la Nación y a los hermanos nacionales ( gonoì ), frente a los extranjeros que ponen en peligro su libertad ( Darío, Jerjes ). Esto es, “fraternidad” es un concepto que se fundamenta en el amor a la patria libre y en la solidaridad con los compatriotas dispuestos a defenderla. Es la palabra que usaba la Nación francesa de la Revolución para comprometer a todos los patriotas franceses en su defensa frente a toda la Europa enemiga. Esto es, se sustituye la realidad mental a la que se refiere una imagen acústica por otra realidad mental antagónica y se hace mágicamente que la imagen no pare de radiar por todos los puntos de la Rosa de los Vientos una realidad mental falsa en el infinito Universo Social. Es verdad, como ya advirtiera Hume, que en el mundo físico los sentidos a veces nos engañan por su propia limitación, pero eso no quiere decir que no puedan ser corregidos, como dice el propio empirista escocés, por la razón y aquellos instrumentos que llegan hasta donde nuestros sentidos no alcanzan.

Al origen de las palabras, a su etimología, le pasa a veces lo que a las estrellas más lejanas, que vemos su luz, pero no es tan seguro que sigan existiendo. Y en política esos orígenes casi nunca son exactamente el reflejo de su luz. Así, nuestro modelo autonómico se inspiró en el sistema de las Regiones italianas; pero De Gasperi las ideó precisamente para que Francia no arrancase a Italia el Valle de Aosta, Inglaterra Sicilia, y se pudiese conservar en el cuerpo de Italia el Alto Adigio. Esto es, las autonomías italianas nacen para preservar a la patria de la voracidad de las potencias victoriosas europeas tras la Segunda Guerra Mundial. En España nacen, por el contrario, con un puro ímpetu centrifuguista, aunque aparentemente copien la letra del patriótico modelo italiano. La estrella está en distinta posición que su luz. Las palabras, ya dijo Horacio, dependen del uso, “quem penes arbitrium est et ius et norma loquendi”. El objeto y el observador son perspectivas distintas - a pesar de la etimología de “observare”, que es fijarse en el objeto con la solicitud de un esclavo -, y más en España, en donde hemos llegado a un punto en que ya no se puede derrumbar nada, porque nada está en pie. Ni los monumentos. Mi fe en nuestros otrora infalibles destinos vacila. Sin embargo, España sigue emitiendo a nuestro corazón su corteza maravillosa, singular y entrañable.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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