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TRIBUNA

Trump, un Yeltsyn norteamericano

martes 07 de julio de 2020, 20:04h
Actualizado el: 07/07/2020 20:09h

Ya ha empezado en los EE.UU la campaña para la elección de su Presidente. Todo se lleva a cabo en un ambiente lleno de tensiones sociales y crispación política jamás vistos desde de la guerra de Vietnam. Tampoco ayuda el clima envenenado por la pandemia del “coronavirus” y por la plaga vandálica de destrucción de los monumentos históricos nacionales, durante las manifestaciones “antiracistas” por todo el país.

Qué poco se parece esta América asustada, dividida y revuelta a un Gran País, el baluarte de la democracia y la libertad, como hemos acostumbrado a verlo a lo largo de los 200 años de su historia. ¿Qué le está pasando a este coloso económico, la envidia de todo el planeta?

Creo que todo empezó cuando el Partido Demócrata estadounidense rompió la primera regla democrática, al no haber reconocido la voluntad popular, el veredicto de las urnas en un país que siempre ha sido un ejemplo de las elecciones libres y democráticas.

No sólo no ha reconocido la elección que ha hecho el pueblo americano de su nuevo presidente, Donald Trump, sino que desde el primer día ha empezado la campaña del acoso y derribo del nuevo Presidente norteamericano. Utilizando todos los medios posibles para desprestigiarlo, denigrarlo y humillarlo. Las falsas acusaciones jurídicas, los bulos en la prensa, los trapos sucios y chismorreos de las cloacas periodísticas y de los medios comprados por los pocos “demócratas” del Partido del mismo nombre. Creo que una actitud tan antidemocrática en un país tan democrático, como los Estados Unidos, jamás había ocurrido antes. Y a mi juicio es preocupante.

Y toda esta parafernalia “demócrata” contra Trump se ha desencadenado, mientras el Presidente estaba haciendo muy bien sus deberes: consiguió el nivel más bajo del desempleo en décadas; luchó contra la deslocalización de las empresas norteamericanas para que volvieran al país y dieran trabajo a sus propios ciudadanos, contribuyendo a mejorar el bienestar de los trabajadores norteamericanos, incluso en detrimento de los beneficios de la oligarquía internacional que sólo está buscando un provecho para sí misma en la economía globalizada y sin fronteras. “¡América first!” - qué mejor objetivo podría proponer un Presidente de los Estados Unidos de América. Y de cualquier otro país si su líder quiere lo mejor para él.

No es mi intención destacar en este artículo todas las virtudes del presidente Trump, sino expresar mi asombro ante la postura extremadamente antidemocrática del Partido Demócrata, que está utilizando contra él, incluso, el desastre natural, como la pandemia del coronavirus, o agitando a la población a manifestarse contra el racismo. En un país, donde la esclavitud fue abolida hace más de siglo y medio, en 1863 (a propósito, en Rusia Zarista las esclavitud fue abolida dos años antes), y los negros hoy en día tienen los mismos derechos y la misma posición social y cultural que los blancos. En un país “racista”, donde durante dos legislaturas su Presidente era negro, sin representar la población negra una mayoría, ni mucho menos, apenas llega al 13%. Es que los “racistas” blancos votaron en aquel momento al candidato negro. Si no, éste jamás hubiera sido elegido. América no es la República Sudafricana. En fin, todo vale contra Trump.

Y aquí me viene a la memoria la figura de otro Presidente, también de un gran país. Muy parecido al presidente Trump, incluso, físicamente: guapo, alto, carismático, siempre de traje impecable, corbata a tono y camisa blanca; con un semblante serio y majestuoso, rozando el soberbio; con un humor muy propio, que muchos no lo entendían y tachaban sus bromas de “groserías”.

Este presidente era Boris Yeltsyn, el primer presidente de la Rusia democrática, quien contribuyó decisivamente a que Rusia totalitaria se convirtiera en una Rusia democrática, se transformara de un país con la fracasada economía socialista en uno con la economía libre de mercado. Y lo consiguió en solo 8 años – dos legisladoras norteamericanos. Transformó un país socialista de 74 años de edad, en un país capitalista que fue Rusia antes de la Revolución Bolchevique en octubre de 1917.

También Yeltsyn, como Trump, fue duramente acosado por sus contrincantes políticos, por medios de comunicación, por el “establishment” ex comunista que no quería las reformas, para no perder sus privilegios. Todos contra Yeltsyn. Me acuerdo perfectamente aquellos años, cuando estaba viviendo en Rusia, y ahora como los estuviera reviviendo, viendo lo que está ocurriendo en Estados Unidos.

Y otra coincidencia. Tanto Trump, como Yeltsyn, ambos entraron en la “gran política”, cuando sus vidas fuera de ella estaban bien resueltas, ocupando los dos unas posiciones sociales en sus respectivos países bien altas. Trump, multimillonario, exitoso hombre de negocios, llevaba la vida de un gran lujo y glamour. Yeltsyn, el Primer secretario del Partido Comunista de la Región de Sverdlovsk, una de las regiones más industriales e importantes de la URSS, con el territorio de unos tres cuartos de España, gozaba de los poderes y privilegios que le proporcionaba el cargo del Jefe máximo de la región.

Sin embargo, Yeltsyn cambió su vida ya encarrillada y asegurada y, llamado por Gorbachiov, vino a Moscú para ayudar al nuevo líder de la URSS a reformar el país por el camino de la democratización del estancado sistema socialista.

Lo mismo Trump, decidió cambiar su lujosa y divertida vida y entró en la política para devolver a los EE.UU el liderazgo en el exterior y reformar la burocratizada administración “demócrata” en el interior.

Espero que Trump consiga sus objetivos, como lo hizo su homólogo Yeltsyn, en una situación mucho más difícil y complicada que la de los EE.UU de hoy.

Sé muy bien que Presidente Trump no tiene buena aceptación en España y también en Europa y en algunos países más, como China o Rusia, por ejemplo, por razones diversas que no son objeto del análisis de este artículo. Pero yo, un testigo presencial de la hazaña que había acometido Boris Yeltsyn en Rusia, quiero apostar por Donaldo Trump en Norteamérica y desearle conseguir su “América First”. Quizá esto resulte beneficioso no sólo para los estadounidenses, sino para otros países democráticos en el mundo entero.

Recordemos cómo “América fuerte” salvó a Europa de la invasión nazi y al mundo entero de la amenaza comunista y totalitaria. Hoy también hay unas peligrosas amenazas a la democracia y a la libertad en diferentes rincones del planeta.

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