El mundo de la información está inmerso en un desafecto corporativo por los muchos compadreos que se cocinan entre el poder establecido y la renta vital que algunos medios se embolsan. Son los clásicos amancebamientos. Nada que no sepamos. Menos mal que hay quienes a la hora de ejercer profesión saben manejar el bisturí de la verdad con el pulso de lo justo, como es el caso de Vicente Vallés, una autoridad intelectual donde los haya. En realidad Vallés no ha dicho nada que no requiera de la transparencia exigida a otros; me refiero al “grasiento” caso Dina, ya saben, algo que a Pablo Iglesias no parece favorecer o él no quiere que se investigue para no ver empañada su cavernaria manera de tratar lo que está bien o mal según el color que le conviene en cada momento.. Quizás no tenga ni idea de lo que representa la libertad de prensa en este país, pero basta con el Artículo 20 de la Constitución Española:
“1. Se reconocen y protegen los derechos: a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción……………………….. 2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa”
Tratar a los medios informativos que ejercen con el aval de la verdad y el rigor de la libertad bien entendida, no solo es cátedra y debe ser respetada como tal, sino que conviene defender a quien enseña a los demás. Es una simple cuestión de la cultura de los tiempos que tan buen resultado ha dado a la sociedad civilizada y si no que se lo pregunten a los periodistas de investigación Bob Woodward y Carl Bernstein junto a Katharine Graham, propietaria del diario The Washington Post, uno de los más influyentes de los Estados Unidos, cuando revelaron detalles del escándalo Watergate acusando al entonces presidente Nixon de tratar de congelar las investigaciones. Por cierto, a Nixon aquello le costó abandonar la Casa Blanca.
El periodismo no debe ser catalogado de valiente cuando una verdadera democracia garantiza la transparencia de los hechos y no digamos si además los jueces lo respaldan; por consiguiente no se hace necesaria la excepcionalidad dado que la libertad lleva implícita la objetividad informativa, de tal manera que los papeles bien definidos de cada cual deben permitir que el comunicador exponga con rigor e independencia la suerte de la noticia junto a su mejor opinión. Hacer lo contrario es, como queda dicho, formar parte del sectarismo que manda y paga.
Todo lo que se aparte de la no aceptación de la libertad de expresión en un estado de derecho es propio de una dictadura en categoría de países que amordazan, persiguen o censuran a quienes no se limitan a ser simples bustos parlantes de noticias cocinadas al dente. Los que ni se prestan ni se venden al poder establecido son quienes no solo honran a la profesión, sino que dignifican al espectador, al oyente, al lector. En definitiva, los periodistas imparciales son quienes abanderan la cátedra de la discrepancia no por ideología, sino por conocimiento, criterio y riqueza intelectual. Por lo tanto, que a un periodista de primer nivel como lo es Vicente Vallés traten de convertirlo en un facha derechoso por hacer valer la lícita libertad de expresión retrata el nivel de unos y de otros.
Confieso que desconozco la trama del “caso Dina” pero eso no me impide pronunciarme sobre las formas que esgrime Pablo Iglesias cuando la actualidad y lo presunto se vuelve contra él. Es muy del partido morado echar la culpa a todo hijo de vecino cuando las espigas se vuelven lanzas; flaco favor el de eludir siempre responsabilidades y andar a vueltas con el sesgo y el entramado verbal de doble moral. A veces la gravedad del asunto está en las formas de aceptarlas cuando éstas pierden juicio o sitio.
En política de altura conviene encajar los errores con deportiva humildad y si media alguna que otra dimisión, pues se dimite, que eso está muy bien visto en la Europa que manda. Lo digo por aquello de la progresía mal entendida a la hora de valorarnos como se acostumbra en Bruselas. Allí se cuida mucho la imagen y las formas de hacer política de alta gama, prueba de ello es el precio de nuestro perfil bananero y el daño colateral que se desprende de nuestra mediocridad reinante. Y no lo digo yo, el primer ministro de Países Bajos ha instado a Pedro Sánchez a poner orden en casa: “Encuentre una solución dentro de España” En la Unión Europea se juega en otra liga, allí todo lo ven y todo lo saben y fruto de nuestro ordinario modelo político carecemos de un mejor crédito, prueba irrefutable la oportunidad de que la vicepresidenta Nadia Calviño no haya salido elegida para presidir el Eurogrupo. Lástima porque es uno de nuestros valiosos activos en política económica.
De manera que un buen remedio para ganar solvencia en el mundo de lo serio es dejar de echar la culpa a los árbitros, al VAR, a la prensa liberal y a los periodistas que se visten por los pies. Por eso yo también soy Vicente Vallés. Faltaría más.