Cuando parecía que el coronavirus se alejaba por el horizonte, después de que Pedro Sánchez, él solo, fuera capaz de salvar 450.000 vidas, resulta que el maldito bicho permanecía emboscado, a la espera de proseguir con su expansión mortal. Salvo el espantoso bozal de las mascarillas, todo volvía a la normalidad. Con el abrasador verano, la gente comenzó a salir en avalancha del encierro para respirar a la sombra del los castaños de Indias de El Retiro, huía a la sierra en atascos infinitos en busca de una gota de aire limpio, mientras los cerveceros se agolpaban en las terrazas para refrescar los gaznates y, más de uno, para abrazarse a las farolas.
Y, de pronto, el pánico vuelve a apoderarse de la vida de muchos. De nuevo, la dictadura del miedo lo invade todo. De nuevo los activistas de la mascarilla y la distancia social se erigen en policías broncos que gritan a los que incumplen el protocolo sanitario. Y así se esfumó la paz. Ya nadie puede dar un paso sin perder de vista a los ultras, que te increpan por cualquier descuido con las normas impuestas. Cuando uno camina por la calle sin mascarilla, algunos se alejan con cara de pánico y otros te miran de reojo con pinta de querer degollarte por asesino. Mientras, otros viven aterrorizados por el miedo a contraer la enfermedad.
Esa dictadura del miedo puede ser más letal que el bicho. No se puede vivir aterrado ni por los nazis de la mascarilla ni los hipocondríacos que creen estar contagiados por una simple tos. Hay que intentar eludir la peste con precaución y sentido común. Pero la peste no puede paralizar la vida, salvo del que realmente sufra el aguijonazo mortal, claro. Que son muchos 40.000 muertos, que la vacuna tardará (si llega), que son millones los parados y arruinados por el coronavirus y por los errores de los políticos, en especial los españoles. Que no es exagerado llamarlo tragedia. Pero los paranoicos se multiplican, viven atenazados por el miedo. Un miedo que llega a ser contagioso.
Lo más parecido y cercano a esta pandemia ocurrió cuando apareció el SIDA. Un día saltó desde el corazón de África y comenzó a asesinar en todo el mundo sin contemplaciones. Entonces, como ahora, la gente ni se besaba, y la abstinencia sexual se cumplía tan a rajatabla que algunos llegaron a pensar que era un invento del Vaticano. Pues el VIH sigue ahí. Todavía no hay vacuna, aunque algunos medicamentos controlan razonablemente la infección. Pero ya nadie se acuerda del pánico que provocó aquel virus en la vida cotidiana.
Volvamos a la sombra de los árboles de El Retiro, huyamos a lo más alto de la sierra a respirar a bocanadas gigantes y, eludiendo a los faroleros, disfrutemos en las terrazas de la gente que queremos, de las horchatas o de las cañas. Sí. El coronavirus sigue ahí y hay que respetarlo. Pero no se puede vivir con miedo. Es la peor dictadura que puede oprimir a un ser humano.