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REFLEXIONES VOLTERIANAS

EL EXILIO DE UN REY, ¿O VOLVER A LAS ANDADAS?

José Varela Ortega
martes 18 de agosto de 2020, 10:58h
Actualizado el: 18/08/2020 11:26h
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Durante mi dirección de El Colegio de España en París apadriné –y algo contribuí también- a un trabajo sobre los exilios españoles en Francia. El propósito de la colección de episodios que pueblan el referido libro (Paris, ciudad de acogida) se centra en la historia del exilio político español en Francia desde principios del XIX: los trabajos, aventuras, venturas y desventuras –que de todo hubo- de los refugiados políticos españoles en la nación vecina.

Se trata, en suma, de una serie de historias de vida, de grupos e individuos muy heterogéneos, de épocas diversas e ideas distintas, procedencias y educación, orígenes sociales y situación económica muy diferentes. Martínez de la Rosa tenía muy poco que ver con los cabecillas carlistas que cruzaron la frontera de Valcarlos con el Pretendiente en 1840. Sagasta, un ingeniero progresista que conspiraba en la “Petite Espagne” de Saint Denis en 1867, no se parecía mucho a los encopetados títulos del partido moderado, como Cheste o Valmaseda, que le sustituyeron en el exilio tras la Gloriosa. El exilio de Isabel II en París fue coetáneo del republicano Ruiz Zorrilla, pero ambos nada tenían en común, como medio siglo después muy poco emparentaba a Unamuno con terroristas anarquistas como Durruti. Los propósitos y ocupaciones de unos y otros también eran muy distintos. Calzado era un banquero republicano que ayudaba, aunque también especulaba, con la revolución, mientras Salmerón daba clases en la Sorbonne y Castelar pronunciaba conferencias. Eran actividades diversas, aunque no del todo incompatibles. Pero todas ellas completamente opuestas a los trabajos revolucionarios del general Lagunero, a quien la policía francesa sorprendió en una pensión parisina con un alijo copioso de armas –lo mismo que les ocurriría a algunos pistoleros anarquistas en los años veinte del siglo pasado.

Sin embargo, unos y otros, conspiradores y refugiados, tenían en común la tragedia que suele escoltar al exilio: el desgarro del extrañamiento, el drama del desarraigo, la desorientación ante lo desconocido, el arcano de una lengua diferente, la extrañeza de otras costumbres, con frecuencia, el rechazo de la xenofobia, la humillación del diferente, las penalidades para subsistir…Y la nostalgia de la patria negada: un sentimiento que los que hemos vivido bajo la Constitución de 1978 –no digamos, las generaciones actuales de Erasmus- tenemos que esforzarnos por comprender. Esa angustia del “trasterrado”, que decía Gaos; ese sentimiento que les llevaba a los refugiados republicanos en México –no obstante la generosidad de la acogida- a no hacer otra cosa, como alguno de los personajes de Max Aub, que hablar de la “pérdida de España”, tener las maletas siempre preparadas o, como Prieto, ir al aeropuerto local a ver aterrizar aviones de Iberia.

El exilio, pues, ha sido, en general, interiorizado por sus protagonistas como un drama. En la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón se custodia, por generoso deseo de su Presidente, Gregorio Marañón Bertrán de Lis, una colección de papeles que sus abuelos, don Gregorio Marañón Posadillo y doña Dolores Moya, fueron recogiendo entre 1936 y1939, durante su exilio parisino. Una simple ojeada al índice del trabajo produce una sensación de vértigo y melancolía. El repaso del citado índice y la lectura de los ensayos aludidos reflejan otro hecho muy destacable: desde principios del XIX y hasta la Transición de 1978, todos los colores políticos están representados en el exilio. De suerte, pues, que, entre 1813 y 1975, los políticos españoles se exiliaban unos a otros. La comprobación más trágica son las interminables columnas de refugiados dirigiéndose a la frontera francesa al final de la Guerra Civil, y cuyo final de capítulo, y comienzo del exilio, son las escenas estremecedoras –escribía Azaña- de los gendarmes y los senegaleses, dando caza al español fugitivo. Un panorama estremecedor que, a escala continental, y entre 1914 y 1945, proyecta la historia de Europa como una tragedia sangrienta entre emigraciones armadas (la expresión original fue de Mussolini), y exilios, protagonizados por millones de desdichados, masacrados, derrotados o liberados; en todo caso, depauperados y famélicos, deambulando como alma en pena, buscando familiares por fronteras y países que habían desaparecido del mapa.

Guardando cautelas y proporciones, un panorama, por cierto, no muy distinto del que existió en la Grecia pre-democrática, entre los siglos VII y VI, antes de nuestra era, en que los autócratas o “tiranos” se sucedían unos a otros en el exilio y el poder. En esas luchas, la introducción del demos en un sistema político tan volátil e inestable fue –haciendo buena la sagaz observación de Hayek- “una consecuencia” de la competencia, con frecuencia violenta, por el poder. La originalidad de las facciones “democráticas” no hay que buscarla en el hecho de la rivalidad con otros clanes, sino en la estrategia desarrollada (la alianza con el demos) y en las soluciones elegidas (el pacto en derecho). Porque, los tiranos integran al demos por la vía de los hechos, del reparto de bienes, en pos de la igualdad de resultados: la isomoira. Una solución que rechaza Solón –nuestro Moisés pre-democrático- que partía de la desigualdad de resultados, para transitar por un largo camino de reformas legales –que no de rupturas- hacia la igualdad de derechos; de suerte, que la idea de justicia se solapa a la noción de poder, que deja de ser arbitrario. En este sentido, Solón defrauda a quienes esperan de él una igualdad de número y medida. Es un reformador de leyes. En eso consiste el acuerdo, que hoy llamaríamos constitucional: se pactan reglas, no resultados. Igualdad en las leyes (isonomía) y soberanía de la Asamblea popular (empezando por Clístenes, para continuar con Perícles), pero desigualdad en los hechos.

El origen de la democracia, pues, es un pacto en derecho, en el cual, la consecuencia, por vía de los hechos, consiste en que, a mayor participación popular, mayor law inforcement. El título del historiador americano, Martin Ostwald, resume la idea: From Popular Sovereignity to the Sovereignity of Law. Una deducción racional que además se nutría de malas experiencias de gobiernos de reyes-sacerdotes y revoluciones de tiranos, creando una tradición de profunda desconfianza hacia el poder personal. La ley era “el complemento indispensable” de la isègoria y la eleutheria -el derecho a la palabra y la libertad que caracterizaban al régimen ateniense- y, en la medida que era su garantía, “la libertad presuponía el estado de derecho”. No es casual que los tres arjontes (dirigentes) primitivos fueran sustituidos por seis tesmotetes, guardianes y garantes de las thesmoi, las reglas comunes. Desde entonces, “la idea de la democracia no puede separarse de la de los derechos”. En Roma se le dio una vuelta de tuerca a la idea. Somos siervos de la ley ut liberi esse possumus, escribe Cicerón en su Pro Cluentio. De este modo, se convertía el derecho en el principio de organización política, identificando Libertas con ley.

Una peculiar pieza jurídica, el ostracismo, era una de las llaves de seguridad que cerraba el arco de la democracia clásica. Pensada para controlar ambiciones políticas amenazadoras de tiranía, la ley básicamente, se resumía en que cualquier ciudadano podía ser desterrado por votación popular. Sin duda, a ojos de hoy, el singular procedimiento estaba totalmente desprovisto de garantías, en la medida que presuponía un juicio de intenciones. Sin embargo, con el ostracismo –y es este el punto que nos interesa- los clásicos establecen una relación dialéctica entre poder arbitrario y cambio violento, exilio y democracia. El ostracismo fue una manera, arbitraria e injusta, pero expeditiva de evitar los viejos conflictos violentos entre familias aristocráticas; en definitiva, un instrumental democrático para cercenar ambiciones de potenciales autócratas, evitando así la reproducción del ciclo político de la stasis pre-democrática, autocracia-exilio-revolución.

Observado desde el punto de vista de sus protagonistas, quizá no sea aventurado afirmar que los señores del poder atenienses componen unas historias de vida jalonadas de amargas experiencias que alternan persecuciones y exilios. Una historia que tiene su punto álgido en el siglo VI a. de C, con las querellas entre clanes aristocráticos y gobiernos populistas de tiranos. No es, pues, sorprendente que el origen de la democracia se asociara a justicia y reglas iguales para todos, arbitraje, conciliación y pacto; en tanto que las soluciones de tiranos, por populares que fueran, se percibieran como traumáticas y efímeras, incapaces de proyectar un horizonte de estabilidad. Y seguridad: aspháleia quería Perícles. Se pide libertad para vivir en seguridad -escribía en los Discorsi Maquiavelo, muchos siglos después, pero en el mismo sentido que también lo hacía Montesquieu doscientos años más tarde. De algún modo, pues, la democracia ateniense tiene una estrecha relación con el destierro y es, en buena medida, una historia de exiliados, de out-siders y marginados, empezando por los balbuceos pre-democráticos de Solón, un noble eupátrida, pero que llevó una vida atípica, según Plutarco. No fue un terrateniente. Se dedicó a la navegación y al comercio, viajando por buena parte del mundo entonces conocido, e intervino en política en Egipto y Chipre.

El caso es que, a caballo entre los siglos VI y V antes de nuestra era, había, al parecer, en Grecia, sobre todo en Atenas, suficientes políticos escaldados de las tensiones crecientes entre los campesinos semi-serviles del “llano” y terratenientes prepotentes y soberbios que se saldaban en revoluciones de tiranos. Eran stasis, rebeliones, enfrentamientos civiles, estallidos, populares y populistas, pero arbitrarios, sin ley. Sin constitución, como los definía Aristóteles. Tenían poco recorrido y terminaban mal. La dictadura –lo explicaría Ortega en 1919- “es sinónimo de anarquía”. No importa de qué signo: “en todas ellas germinan los desastres nacionales”. Pisístrato –un tirano coetáneo de Solón- fue un político popular porque repartió tierras e introdujo un impuesto a la riqueza con el que subsidió a los campesinos más necesitados. Pero no pudo perpetuarse en el poder: sus hijos, que le sucedieron en el gobierno, acabaron de forma dramática. Hiparco fue asesinado. En cuanto a su hermano Hipias, derribado por una revolución apoyada por Esparta, terminó sus días desterrado y al servicio de los persas.

Parece, pues, que debemos interpretar el origen de la democracia clásica como un proceso de conciliaciones, acuerdos y leyes pactadas que vienen a terminar con ese estado de conflicto civil. Por eso, Solón llega como un componedor. Quiere, en efecto, actuar como diallaktés, como un árbitro. Rechaza la posibilidad de convertirse en tirano. Y es dentro de este contexto en el cual la explicación de Solón cobra todo su sentido. La tiranía -nos cuenta Plutarco por boca del legislador- era una buena posición para un dirigente, pero carecía de retirada. La pretensión de Solón consistía, por el contrario, en lograr un acuerdo para un sistema de reglas, algo que le colocaría en una posición mucho más honrosa y afamada que la de cualquier tirano. Es en este mismo sentido en el que Lord Acton (1948) resumió definió el cambio político de Solón como consistente en la sustitución de “la moral de la fuerza” por la “moral de la influencia”; esto es, la auctoritas del vir bonus.

La relación entre temor y poder es un tema antiguo, desarrollado desde el Hierón de Jenofonte. Los tiranos, carentes de constitución y huérfanos de legitimidad, se sienten constantemente amenazados. Y esta es la idea que está en la base de la reflexión de Solón, al intentar escapar de la amenazadora aporía de la omnipotencia a través del acuerdo democrático. En todo caso, se trata de una reflexión enraizada en -y fundada por- experiencias traumáticas. Una lección aprendida por un grupo de políticos influyentes, pero que tiene su pensador en Protágoras –el filósofo de la norma y la medida, frente a la naturaleza descontrolada del poder- y su dramaturgo en Esquilo. La Orestiada está armada con esta misma idea: de que la soberbia (hybris), que está en la base de la prepotencia de los poderosos y es el alimento de los gobiernos hegemónicos, tiene un final trágico. La guerra del 36 fue para Prieto una experiencia aleccionadora (1942), que, al parecer, le condujo a seguir las recomendaciones de Esquilo y a pensar con cordura, predicando una política de concordia, para encomendarse, como el poeta heleno, a aquel dios que dispuso que en el dolor se hiciesen los mortales señores de la sabiduría. Porque, a veces, los mortales aprenden del sufrimiento. Aprenden una nueva justicia divina que surge de la razón, servida por la experiencia y alimentada por la piedad. Aprenden, en suma, la consideración humana, cimiento filosófico de la idea del prójimo, que es próximo porque es semejante: la ciudadanía democrática –nos enseña Fernando Savater- se basa en subrayar lo semejante de la naturaleza humana, frente a lo identitario de la tribu [nacionalista]. La democracia, pues, representa el desenlace feliz, pues se postula como solución pactada o acuerdo equilibrado entre las dos ciudades, de modo tal que la koinonia, la amistad cívica, es el principal bien democrático, su “valor esencial”.

A la luz de los caracteres que discurren en el relato de la democracia clásica, la aventura española podría parecer una historia de familia –que es como las dinastías reales perciben las historias de sus países. La historia de un abuelo que creyó resolver las querellas entre profesionales de la política propiciando una autocracia, para terminar sus días desterrado en Roma; mientras que su hijo permaneció exiliado en Estoril en defensa de la dinastía y de la legitimidad democrática; y su nieto, a quien un tirano le había entregado todo el poder, regresó del exilio transmitiendo todos sus poderes a la soberanía nacional, para pilotar la solución a conflictos y discordias, encauzándolas por vía de la participación democrática. Y, ahí termina la similitud con el mundo de los clásicos. Porque, el resto es al revés, clamorosamente disonante. En estas historias de clanes y oligarcas del mundo antiguo, hemos visto que no era infrecuente que la democracia fuera una construcción de exiliados para no volver a ser desterrados. Pero, lo que resulta sorprendente es que un diallaktés, un árbitro, como era Solón, y lo ha sido Don Juan Carlos, haya sido “ostraquizado”, un procedimiento que estaba diseñado precisamente para prevenir tiranías, que no para exiliar a los artífices y custodios de la democracia.

¡Qué nadie se engañe ni consuele! Aquí, no hay ningún cortafuegos ni busquemos pretextos en necesidades de cohesión de la mayoría parlamentaria o en el republicanismo de las juventudes del PSC. Dejemos esos guiños y quiebros de regate corto para aprendices de brujo y rasputines de la encuesta que confunden la astucia con la inteligencia. Todos sabemos que los populistas carecen de alternativa y no van a dejar carteras (y las mercedes otorgadas con el pre-texto de la pandemia) ni con agua hirviendo: nunca se han visto en otra. Que la película que nos están proyectando los megalómanos y los delirantes tenga una escena posible de OK Corral, con los pistoleros frente a frente, no significa necesariamente que el duelo tenga que producirse ni de que se saldara a favor de la libertad y la democracia. Más allá de la presunción de culpa de Don Juan Carlos, en una sentencia mediática de culpabilidad televisada ab initio, el turbio, imprudente y lamentable asunto, si acaso, corresponde a una administración de Justicia e inspección de Hacienda, que, al no haber imputado a Don Juan Carlos, convierte la idea de una huida en un disparate inverosímil. El resto no es más que el negocio mediático del morbo, alimentado por las estrategias de defensa de una cortesana chantajista despechada y un Fouché carpetovetónico siniestro, en un intento de convencernos que lo normal en ese mundo opaco de las comisiones es que las pague el adjudicador de las obras, en lugar del adjudicatario. Curioso, pero irrelevante. En definitiva, nada que ver con la sustancia política mollar. Porque, aquí estamos ante un paso significativo hacia el objetivo estratégico: liquidar lo que los populistas llaman el régimen del 78, como salto para suprimir la soberanía nacional. En eso está el neo-comunismo populista, una parte del socialismo actual y casi todo el PSC, con el aplauso entusiasta naturalmente del nacionalismo identitario. A las gratificantes protestas del Presidente del Gobierno a favor de la Constitución hay que darles el beneficio de la duda, y celebrarlas doblemente, si esta vez nos sorprende gratamente diciéndonos la verdad, aunque no sirva de precedente.

Por lo que hace al llamado régimen del 78, que es lo que está en el punto de mira, los hechos son los hechos, y como tales, son incontrovertibles: en la Transición los exiliados regresaban; todos, empezando por la Pasionaria y Santiago Carrillo, y terminando por el conde de Barcelona. Mientras que el acoso y derribo de la Constitución del 78 ha empezado, por lo pronto, con un exilio, una triste práctica abolida precisamente desde la democracia del 78. Debemos tenerlo claro: el exilio de Don Juan Carlos es la expulsión de un sistema de reconciliación, de la koinonia, la amistad cívica, el fundamento de la ciudad democrática ateniense. Por eso, el exilio forzado del rey Juan Carlos lo es de todos nosotros. No se trata sólo de un símbolo. Ni siquiera la cuestión está en abrir un debate monarquía/república. Es un primer rejón: la amenaza cierta que se cierne sobre el sistema político español como una democracia parlamentaria occidental y un estado de derecho. Aquí nos estamos jugando nuestro sistema de vida en el sentido más elemental y primario.

Y, en este punto, el epílogo de esta pequeña reflexión está dedicado a multitud de amigos y parientes, inteligentes, bien intencionados y demócratas de siempre, que esbozan una sonrisa, entre indulgente y conmiserativa, cuando intento transmitir preocupaciones y alarmas que rondan en mi cabeza porque resuenan en mi memoria. “Que esas cosas aquí no pueden pasar; que estamos en Europa y en otros tiempos”, me aseguran. ¿Qué no pasan? ¿De verdad? Aquí, puede pasar de todo. Cualquier cosa. Lo único que se necesita para que el mal prevalezca –escribió Edmund Burke para confiados y escépticos- es que los buenos no hagan nada. Me conozco el estribillo. Lo he escuchado, o leído, muchas veces y sobre los lugares más dispares y en las épocas más diversas. Se lo oí a mis amigos chilenos en los primeros setenta, cuando Fidel Castro se instaló meses en el país andino y destacó un nutrido grupo de para-militares en la base de la Armada en Valparaíso; se lo volví a escuchar a profesores venezolanos en los años ochenta. La Alemania de Weimar era quizá el país más culto, con el sistema jurídico más prestigioso y el funcionariado más sólido de Europa. Los ciudadanos alemanes nunca dieron la mayoría absoluta a Hitler en el Reichstag: el nombramiento del caudillo revolucionario fue una decisión del Presidente Hindenburg; una intriga palaciega, urdida entre las divisiones y ambiciones de una derecha, convencida que manejaría à volonté al tosco “cabo bohemio”, y la criminal consigna estalinista de que la social-democracia era un disfraz del fascismo. En 1921, los fascistas tenían un solo diputado en el Parlamento italiano. En realidad, la marcha sobre Roma -que entregó el poder a Mussolini, por un Rey y unos partidos democráticos atemorizados- se generó por la preocupación fascista de verse eclipsados por la manifestación nacionalista que estaba organizando el gobierno de Luigi Facta. En el golpe de Primo de Rivera no salió un soldado a la calle. Se dio por telegrama y se conculcó una Constitución reformable, entre bromas y chascarrillos, con las consecuencias de todos conocidas. A quien no pilló de sorpresa la botaratada fue a la Reina Cristina: veré a mi hijo destronado, pero no tronado, afirmó, poniendo a buen recaudo en Suiza los ahorros que había heredado de su familia austriaca. Martínez Barrio (un político de centro que intentó mediar in extremis para evitar la catástrofe fratricida) aseguraba confiado a un periódico argentino a principios de 1936 que la posibilidad de un golpe de mano fascista o comunista en España era ínfima. Y, en efecto, muy pocos pensaban que el desastre del Frente Popular –y el colapso clamoroso de la seguridad jurídica en aquella primavera trágica- debía contestarse con el jarabe letal, administrado por una intervención militar incompetente, (porque confundía un golpe con el viejo pronunciamiento), y que liquidó el estado de derecho, precipitando una intensa y sangrienta revolución social y desencadenando la consiguiente guerra civil, saldada con una victoria punitiva y vengativa. Muertes, represión y exilios. Sí, exilios, cientos de miles: la mitad de los catedráticos de la Central acabaron en México. Total, injerimos una medicina mortal, infinitamente peor que los males (indudables) que se querían conjurar (esta ultima reflexión, por cierto, es del propio Azaña). Los comunistas tenían poco más del veinte por ciento de respaldo electoral en Hungría. Y estuvieron lejos de una mayoría electoral en la Checoslovaquia de posguerra: precisamente, porque temían –con razón- que perderían las elecciones previstas para mayo de 1948, el KSČ precipitó el golpe, neutralizando al ejército, purgando al funcionariado y a la policía, asesinando a Jan Masaryk (el ministro de Exteriores, una suerte de Matteotti checo que les hacía frente), y doblegando la voluntad del Presidente Beneš. El resultado fue demoledor y lo conocemos, (repetido, para más escarnio, en la primavera de Praga, marchitada con tanques soviéticos en 1968). Tiranía, muertes y persecuciones, exilios y miseria: antes de la Guerra, Chequia tenía más renta per cápita que Francia; cuando se levanto el telón del paraíso gulag, no llegaba a la mitad de la de España.

Se me dirá que nada hay tan dramático en nuestros días. Es cierto. Pero, tampoco lo había en otros casos antes de la tragedia: nos ciega el fogonazo de la explosión, una bengala que señala el punto de no-retorno, pero tendemos a ignorar los componentes que la preparan o la toleran. El elemento común a esas asonadas, golpes de mano y movimientos revolucionarios, no importa de que signo, es una fatídica combinación entre la audacia delirante y despiadada de unos pocos, manipulada -aunque también servida- por ambiciones ilimitadas de algunos, y calculada sobre la confiada indiferencia de una mayoría, anestesiada con el cloroformo del que “aquí eso no puede pasar”. Pero, los elementos de la trilita, ante nosotros los tenemos, aderezados con salsa de pandemia y ruina económica. ¿De verdad, no puede pasar? Pues, por lo pronto, están pasando cosas que hace meses su pronóstico provocaría la sonrisa de los incrédulos y la indulgencia de los escépticos. ¿Acaso creíamos que era posible un gobierno con un fuerte componente populista neo-comunista (con acceso al CNI), cuyo objetivo leninista sueñan alcanzarlo plebiscitando la revolución? ¿Era posible siquiera imaginar hace un año que una ministra saliera por la puerta del Ministerio de Justicia para entrar en la de la Fiscalía, o que un ministro de Interior mintiera impunemente al Parlamento? ¿Pensábamos quizá hace menos de dos años que un gobierno socialista (un partido internacionalista de origen) tejería una coalición parlamentaria con el nacionalismo identitario, y hasta con Bildu, los defensores de ETA, asesinos de tantos socialistas de bien? ¿Era acaso probable antes de la pandemia imaginar que el Gobierno ignoraría sus propios datos, que conocía –y publicaba en documentos oficiales desde principios de Febrero- que organizaría vergonzosas ruedas de prensa estilo “aló Presidente”, que nos mentiría en el número de fallecimientos, se inventaría comisiones de expertos que nunca existieron y ocultaría –y falsificaría- informes de organismos e instituciones internacionales, en relación a su gestión de la epidemia en España? ¿O es que ignorando la manipulación escandalosa y el progresivo control de los medios de comunicación, dopados con nuestro dinero, pensamos que esa amenaza a nuestras libertades desaparece?.

Y conste que la pendiente hacia el disparate no se precipita sólo desde la ladera izquierda -por utilizar términos al uso que siempre fueron cortos de alcance y pobres de entendimiento, (sobre todo, desde que los socialistas se han dejado seducir por el tribalismo nacionalista). El centro-derecha, entre corrupciones y estupideces, ha tenido una responsabilidad directa en esta ruta que parece hemos emprendido hacia el despeñadero: bastaba con que Rajoy hubiera solventado sus responsabilidades políticas, (que las tenía hasta por SMS), dimitiendo, para que el monstruo de Frankenstein se hubiera marchitado en el laboratorio; era suficiente con que Rivera hubiera controlado mínimamente su megalomanía para que hoy nos encontráramos ante un escenario social-demócrata medio normal. Y otra cosa hubiera sucedido con que un concierto electoral en la España vaciada hubiera acercado los casi seiscientos mil votos más de centro-derecha a un número más acorde en escaños del Congreso, para no hablar del Senado. En suma, un escenario lamentable de despropósitos que, a derecha e izquierda –y salvando las proporciones- recuerda a la República de Weimar, al menos, en el cúmulo patético de cálculos e intrigas de electoreros astutos, errores catastróficos, ligerezas y frivolidades e… ignorancia. Mucha ignorancia.

Pues bien, “¡¡Basta ya!! ¿Es que vamos a empezar con todo esto otra vez?”, (le hace decir Abby Mann, en la película de Stanley Kramer, Vencedores y Vencidos, a Burt Lancaster, en el papel de un incriminado –y arrepentido- juez nazi, Ernst Janning, que estalla ante el despiadado interrogatorio de su abogado, en el papel de Maximilian Schell). Y ¡¡basta ya!! también debemos exclamar nosotros, que vivimos la Transición, (con todos sus defectos, el sistema político más democrático y civilizado que se ha construido en este país en el ultimo siglo y medio): ¿es que acaso vamos a tolerar impune, mansamente, que nos devuelvan al tiempo del primitivo ciclo de revolución/reacción, al lóbrego mundo de muertes, persecuciones, cárceles y exilios? ¿Y eso, por qué? ¿Porqué unos niñatos poco viajados, discípulos de un neo-comunista argentino, Ernesto Laclau, maître-à-penser de los Kirchner (y cuya aportación teórica a la revolución consistió en encastrar en el leninismo la estrategia plebiscitaria peronista), nos quieran vender –e imponer- que el gulag de Europa oriental y del Caribe, junto al penoso y eterno ritornello peronista (que, en un movimiento inverso, ha conducido a la gran nación del Plata del desarrollo al subdesarrollo en poco más de sesenta años), han sido grandes experimentos?. Unos jóvenes, sin otra formación ni empresa que no sea la industria del poder, y cuya aportación conocida a la cultura ha consistido en torturar la gramática con giros ridículos, pretendidamente feministas, jaleando la estupidez internacional de una iconoclastia anacrónica que lleva camino de reeditar Lo que el viento se llevó sin esclavos de color, y empeñados en convencernos aquí en España de que al nacionalismo identitario se le apacigua con una política lingüística franquista, pero al revés; es decir, dificultando o prohibiendo a los ciudadanos más modestos la enseñanza en castellano, la segunda lengua materna más hablada del planeta.

Y no digamos luego que nada sabíamos. Porque, la pesadilla orwelliana ya ha empezado, con ese ridículo toque de cursilería progre, en realidad, antifaz de censura. Ha comenzado, suave, tímidamente al principio, pero de forma sistemática siempre, con el pretexto –y la soga jurídica- de la pandemia. Ya sabemos cual es el programa que aboga por derribar una monarquía parlamentaria histórica, para sustituirla por nacionalismos del Antiguo Régimen, también históricos, pero apolillados y, desde luego, mucho menos parlamentarios. Y ya vamos averiguando qué clase de república la sustituirá. Porque, España es un país parcialmente Okupado: donde se cursan más de cuarenta denuncias al día por pisos, casas y locales de negocios, en que se ha violado el derecho fundamental a la propiedad privada, cuestionada por una legislación que incentiva el delito y que los populistas fomentan y los socialistas toleran. Y eso no es más que el principio. El paraíso final, lo conocemos en la definición de Kundera: “un sistema en que todo es al revés, donde se estatiza lo privado y se privatiza lo público” (al servicio y provecho, claro, de la Nomenklatura del Partido, como predijo hasta el propio Trotsky, al comenzar el sangriento experimento estalinista).

¡Basta ya!, pues. Conviene que los Ivanes y Rasputines de ocasión introduzcan en esa probeta mediática que manejan a ritmo de maraca, pero con nosotros dentro, que somos muchas las generaciones, a derecha e izquierda, dispuestas a defender nuestras libertades en un Estado de derecho, una democracia de corte occidental, con separación de poderes, frenos y equilibrios, una justicia profesional independiente, un funcionariado, también profesional, de carrera, y unos medios de comunicación plurales y libres. Personalmente, preferiría –al menos en el punto que sigue- no terminar dando tumbos tristemente como el pobre don Rafael Altamira, historiador y jurista, que exiliado por la guerra de España, y refugiado, primero en Holanda y luego en Bayona, de donde escapó de los nazis para refugiarse en México, ya anciano, el cual, respondiendo, al parecer, a la pregunta del sorprendido funcionario azteca de emigración, “pero, ¿vd. a qué viene aquí?”, “¿yo?, a morir con dignidad”. Pero, sobre todo, queremos evitar que nuestros nietos nos cuestionen, como se reprochaba a sí mismo el jurista alemán Ernst Janning, ¿Dónde estáb[áis] cuando [el flautista nos fue acercando al abismo totalitario]? ¿Estáb[áis] sordos, mudos, ciegos?"

Por José VARELA ORTEGA
Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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